Zepelín entre dos edificios

El estado quieto de las cosas, visto desde la ventana de un alto edificio, no es simple ni es alentador.

Allá abajo una muchedumbre dispersa, que responde al movimiento de las volutas de humo y toda su incipiente matemática del caos, lleva toda sombreros negros y marrones, de un material, desde esta altura, similar a la pana.

¿Son los años 40? Puedo mirar aún al cielo, celeste, de súbito anaranjado, y descubrir un zepelín con información comercial sobre: Coca-Cola (20 segundos), Kodak (20 segundos), The New York Times (10 segundos)... Dirijan su mirada al frente, un poco más allá, a la izquierda del edificio bancario en metal y vidrio reflectores, hasta ese pequeño –no más de 20 pisos— edificio residencial. Mujer, unos 30 años, dos rulos, dos hijos (hijo uno: pequeño, de brazos, a la mesa comiendo compota; no lleva camisa. Hijo dos: edad indeterminada, pelo oscuro, ve televisión desde el sofá, fucsia).

Cuelga una sábana blanca-amarillenta en el marco de la ventana, hacia el exterior del edificio. Se acoda en el vano, y observa. Lo hace, intento suponer desde aquí, como yo observo. Saco la cabeza fuera del límite de la pared desde la que miro a la mujer y caigo despacio, otra vez, sobre la multitud. Es noche. Las luces de los faroles se han encendido; puedo ver todavía encenderse en un orden de dominó las luces de la gran avenida, una vía lenta, no obstante. La pintura de los autos resplandece. El edificio de antes, de antes de ese antes, refleja esos colores y los hace más vívidos, más reales. Dos colores predominan: rojo y amarillo, pero es superior la cantidad de rojo. El azul es escaso, sin embargo están la patrulla, ambulancia, bicicleta. La muchedumbre se ha despojado de sus sombreros y aparece con largos gabanes negros y marrones, similar material. Ruido. Un centenar de canciones se agolpan allá abajo y se pelean por subir hasta aquí. Empiezan a ganar espacio los gritos, silbidos, los insultos a viva voz, taxis amarillos, un vendedor grita la última oferta, megáfonos, a decir verdad hay un exceso de megáfonos y un taxi amarillo ha chocado contra otro taxi amarillo y un tercer taxi amarillo se detiene detrás dejando un rastro de goma sobre el asfalto. La muchedumbre se concentra alrededor de los dos taxis amarillos colisionados y el tercero a punto de. Las opiniones están divididas. La señora del gabán y bufanda rojos ha dicho que el taxi amarillo delantero se detuvo cuando la luz del semáforo estaba en verde. El señor con la gorra de empleado de correos recuerda que la norma exige mantener una distancia prudente con el auto de adelante para evitar que accidentes así pasen. El señor de corbata estropeada por una mancha de, seguramente, mostaza, plantea una solución ecuánime, eso imagina: cada conductor pagará los daños ocasionados en su correspondiente taxi amarillo. El conductor del taxi amarillo delantero se opone, y enfatiza en que el señor con la gorra de empleado de correos tiene razón y a él no debería tocarle pagar un solo centavo. El otro conductor recuerda la opinión de la señora del gabán y bufanda rojos. Una nueva señora sin gabán pero con bufanda, gris, adhiere a la señora anterior. Se forman dos bandos extremistas, uno a favor del conductor de taxi amarillo delantero, y otro a favor del otro conductor. Un estruendo seco se oye cerca del edificio que refleja las luces de la calle y la multitud y los autos estacionados. Señoras y señores miran; nadie acude; no debió de ser nada. Alzo la mirada. La mujer de unos 30 años que colgaba la sábana no está en la ventana y el hijo mayor mira hacia abajo y gimotea, se retuerce. Bajo la mirada. La mujer está tirada muerta sobre la oscura acera de su calle. El zepelín reaparece por entre dos altos edificios: es hora de tomarse una Coca-Cola con hielo. 20 segundos después es hora de fotografiar a una rubia feliz con tres globos de helio. Aparto la mirada definitivamente. El New York Times reportará mañana el incidente de los dos taxis amarillos sobre la avenida, el monumental embotellamiento posterior, quizá la riña entre los dos bandos. Ya tendré ocasión de leerlo.