Dani Alves: “No soy lateral derecho sino socio de todos”

En el fútbol la diferencia se hace con la cabeza y no con los pies, asegura el capitán y figura de Brasil en la Copa América 2019. Según él, su éxito comenzó el día que entendió cuál era su papel en la cancha. A sus 36 años sigue marcando diferencia y va por su título 40 como profesional.

Dani Alves fue el mejor jugador de la selección de Brasil en el triunfo 2-0 ante Argentina, en las semifinales de la Copa América 2019. EFE

Tiene 36 años, su carrera está llegando al final, aunque su fútbol parece decir lo contrario. Dani Alves es el jugador más querido por la afición brasileña, de los 23 que están disputando la Copa América. Acá se dice que no hay cracks, que extrañan a figuras de la talla de Pelé, Garrincha, Zico, Romario, Rivaldo, Romario, Ronaldo o Ronaldinho, que no hay jogo bonito y que este Brasil no enamora, pero después del juego de semifinales ante Argentina, el nacido en Juazeiro, en Bahía, demostró que es de esa vieja escuela que se divierte con la pelota y a pesar de ser lateral derecho sabe jugar para el equipo. En palabras del propio Dani, él es la combinación de la técnica de Jorginho o Carlos Alberto Torres con la raza de Cafú. Un jugador histórico que merece, más que nunca, un nuevo título con la selección.

El secreto no está en los pies sino en la cabeza. Eso lo ha confirmado a lo largo de su exitosa carrera. Cuenta con una inteligencia superior a la media para crear y resolver las situaciones que se presentan, tanto en la vida como en el fútbol. Este juego, en resumen, consiste en una serie de problemas que los futbolistas deben resolver en pocos segundos. El buen jugador es el que toma las decisiones que crearán las mejores condiciones para los equipos, no el que tiene más recursos con el balón o una habilidad para eludir rivales con quiebres de cintura.

Claro que él mismo reconoce que la inteligencia para estar al servicio del equipo no siempre ha sido su fuerte. Antes del juego ante los argentinos explicó que cambió un poco la forma en que jugaba cuando se dio cuenta de que los extremos comenzaron a abrirse más, llenando el espacio que generalmente quedaba en el costado. “Tendría más sentido jugar más adentro. De esa manera, podría extender la carrera, correr solo en el rango central, y también tendría una mayor variedad de opciones para jugar: es por el centro que los volantes y atacantes están cerca”.

Y es de esta manera como un lateral termina en posiciones de creación. Es así como Alves se convierte en 10, en socio de todos y en ese crack que tanto extrañan en este futbolero país. “Soy muy consciente de lo que puedo hacer dentro y fuera del campo. Tuve que reinventarme porque el fútbol se reinventó a sí mismo, ya no se juega con equipos de apoyo todo el tiempo. Las selecciones juegan con consejos, tengo que entender esto muy rápidamente. Hoy, juego en la forma en que siempre pensé que debería, en la creación y el servicio de los compañeros”, aceptó el bahiano más querido por estos días.

“No soy lateral derecho, sino socio de todos. Creo que logré captar los mensajes que el fútbol estaba enviando a los jugadores de mi posición. Me considero un jugador inteligente en este sentido”, explica el futbolista profesional que más títulos ha ganado en su carrera, un récord que quiere ampliar el domingo en el Maracaná. Si alza su segunda Copa América (la ganó en 2007), llegaría a 40 festejos, un número difícil de alcanzar.

La mejor cosecha

Con diez años, dormía en un colchón que era igual de ancho a dos dedos de su mano. Vivía en una pequeña casa junto a su familia en Juazeiro, un municipio rural del estado de Bahía. Antes de salir a la escuela debía madrugar a ayudarle a su papá con las labores en la granja. Con uno de sus hermanos apostaban día a día que el que más trabajara se ganaba el derecho a irse en bicicleta al colegio, el que perdiera debía caminar cerca de 40 kilómetros de ida y vuelta. La última palabra la tenía don Domingos.

Cuando Dani perdía, se devolvía corriendo para poder llegar a tiempo al partido de fútbol de la tarde junto a sus amigos. Llegaba a casa, veía a su padre con un pesado tanque en la espalda, regando los cultivos, y seguía su camino hacia la cancha. Cuando llegaba a casa, su padre no estaba porque por las noches trabajaba atendiendo un bar, con el objetivo de conseguir los recursos suficientes para sacar adelante a la familia y, lo principal, conseguirles a sus hijos las oportunidades que él no tuvo.

Ver fútbol en casa era común, como también lo era oír las promesas de Dani diciendo que algún día verían partidos de él por TV. A los 13 años se fue de casa a buscar su sueño. Su primera prueba fue en un equipo en Salvador al que se fue con una pequeña maleta en la que iba un uniforme, unos guayos y una ropa para cambiarse cuando no estuviera jugando. Después del primer día de entrenamiento dejó su nuevo uniforme en el casillero; a la mañana siguiente no estaba. Alguien lo había tomado. Ahí fue cuando se dio cuenta de que no estaba más en su granja. “Este es el mundo real, y la razón por la que lo llaman mundo real es porque allí la mierda es real”, recuerda el capitán de la selección brasileña.

Regresó a su cuarto, estaba hambriento. Entrenaba todo el día y no había suficiente comida en el campamento. Realmente extrañaba a su familia, además no era el mejor jugador. Entre cien había cincuenta por delante de él. Pero justo en ese momento hizo una promesa: “No voy a volver a la granja hasta que haga que mi papá esté orgulloso de mí. Quizá no sea el futbolista más hábil, pero voy a ser el número 1 o 2 en fuerza de voluntad. Voy a ser un guerrero”.

Efectivamente no regresó, porque fue a jugar al Salvador de Bahía. Comenzó su carrera y con ella los títulos que hicieron enorgullecer a su padre. Con el paso de los años y de los éxitos deportivos, Domingos sigue viviendo en Bahía, pero con el apoyo de Dani ha hecho una gran empresa agrícola. Está cosechando todo lo que sembró en su hijo, que con 36 años es una leyenda del fútbol. Este domingo, por primera vez, lo podría ver dando una vuelta olímpica con la selección en el mítico Maracaná.

 

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Luis Guillermo Montenegro / Enviado Especial a Río de Janeiro

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