Del Mundial de Rusia a la Copa América de Brasil

La notable evolución de Wílmar Barrios

Luego de la fase de grupos de la Copa América Brasil 2019, el volante fue el jugador con más pases acertados, con un 95,6 % de efectividad. Así ha sido su crecimiento según Henry Calderón, su formador en Cartagena.

Wílmar Barrios, volante de marca de la selección colombiana de fútbol. / EFE

Al barrio La Candelaria de Cartagena le dicen La candela. “El que nace ahí tiene más opciones de ser un malandro que una persona destacada”, dice Henry Calderón, el formador de Wílmar Barrios en el Club Ciclones. Esta zona tiene cinco instituciones educativas, pero también siete pandillas integradas por jóvenes menores de 20 años. El índice de adolescentes embarazadas aumenta vertiginosamente y cada vez es mayor la cantidad de estudiantes que desertan de la formación académica debido a los problemas económicos de sus familias, fenómeno que los obliga, desde muy pequeños, a rebuscarse la vida trabajando de manera informal o, en su defecto, a dedicarse a la delincuencia, que termina siendo lo más rentable.

“El que quiere, puede. Me enfoqué en lo mío, el balón. En un barrio en el que se vive en condiciones difíciles pude salir adelante. Hay violencia, matanzas. Muchas veces quedé en medio de tiroteos y la tentación de la delincuencia siempre estuvo”, explica Wílmar, una de las figuras de la selección colombiana en esta Copa América de Brasil 2019, quien se ha ganado la confianza del técnico Carlos Queiroz y se ha convertido en ese volante central que no solo quita la pelota, sino que apenas la recupera es el responsable de armar el juego ofensivo.

Su pasión por el fútbol se la inculcó Alfredo, su padre, un futbolista aficionado entregado a este deporte y quien lo llevaba a la cancha del barrio a verlo jugar en diferentes campeonatos. Wílmar no se podía quedar quieto, mucho menos cuando los juegos eran al mediodía y el calor hacía que fuera complicado estar en un mismo lugar bajo el rayo del sol. Corría a celebrar los goles del equipo de su padre para refrescarse y no desaprovechaba la oportunidad de tener un balón en sus pies para emular las jugadas que veía en la cancha.

Desde niño fue el mejor futbolista de su curso y por eso se ganó un cupo en un programa de integración social que organizó Comfenalco, para ser parte de un equipo de niños de La Candelaria. Claro que el limitante era que los entrenamientos eran lejos y muchas veces no había plata para los buses ni mucho menos alguien que lo pudiera acompañar. Se frustraba y le daba rabia no tener con qué hacer lo que quería, así que su única salida era llorar, llorar y no parar hasta que alguien se apiadara de él.

La abuela Celia, mamá de su padre, fue quien lo educó. Alfredo formó una nueva familia, mientras que su madre viajó a Venezuela. Entonces en la casa de los Barrios el consentido era Wílmar, a quien los tíos le alcahuetearon hasta donde pudieron, hasta donde sus billeteras alcanzaron. Llegó el momento en el que él entendió que debía luchar solo por sus sueños. Llenaba bolsas plásticas de agua y las metía al congelador para luego salir a las calles a vender hielo. Con esa plata tenía garantizado el transporte hacia los entrenamientos.

En uno de los partidos con Comfenalco fue visto por Henry Calderón Hernández, quien se lo llevó a la escuela Ciclones de Cartagena. “A él lo escogemos por su talento, pero en ese momento había mejores que él. Teníamos en su categoría dos equipos y él era suplente en ambos. Pero poco a poco se fue ganando el puesto”, recuerda su formador.

Él se frustraba por no tener lo que quería, pero no dejó de luchar. Así como en su vida había que remar de atrás para sobrevivir, en el fútbol también. “Cuando con 12 y 13 años jugó el campeonato nacional Sub-15, se comenzó a destacar y se convirtió en uno de nuestros jugadores top”, asegura Henry. En esa época tuvo la oportunidad de ir a probarse a la sucursal de su escuela en Cali, pero en los días que estuvo no le fue bien. Llegaron a pensar que definitivamente no le daría para llegar a ser profesional, pero él solo pidió mayores oportunidades.

Luego Tucho Ortiz lo vio para llevarlo al Deportes Tolima, pero tampoco estaban tan decididos por él. Se interesaron en Sergio Blanco y Antony Pérez, y Wílmar fue de ñapa para Ibagué y hoy en día es el único que terminó siendo profesional. Llegó siendo 10 y extremo por derecha o izquierda, pero en su proceso en el equipo vinotino Alberto Gamero lo pasó a ser volante de marca y es en esta posición en la que ha rendido. Fue campeón con el equipo pijao, birlló en Boca Juniors de Argentina y ahora, en el Zenit de San Petersburgo de Rusia está viviendo un proceso de adaptación al fútbol europeo, para luego dar el salto a un club de primer nivel.

“Él es una persona con un carácter muy fuerte. Nada lo achicopala, de las situaciones negativas saca provecho. Es un hombre de retos, le gusta lo difícil. Siempre se ha sobrepuesto a las adversidades. Creo que esto es porque creció en un entorno difícil, un barrio en el que el que no lucha está destinado al fracaso y él de manera innata siempre ha sido un muchacho que busca el éxito. Pisoteó al vicio, al pandillismo, la vida sexual a una temprana edad y todos los males con los que crecen los de ese entorno tan pesado”, explica Henry en diálogo con El Espectador.

Luego de la fase de grupos de esta Copa América de Brasil 2019, Wílmar Barrios fue el jugador más preciso del certamen, con una efectividad del 95,6 %. “En el Mundial quitaba, pero no entregaba bien. Eso me extrañaba porque él siempre fue un jugador exquisito con el balón, buen regate, buen pase y eso lo está demostrando hoy por hoy. Este es un tema que ya venía hablando con él, porque en Boca lo veía con fuerza, temple, pero sin claridad en el pase inicial. Me dice que en el Zenit le han dado más libertad para jugar y estamos viendo muy buenos resultados”, concluyó un orgulloso Henry Calderón por la notable evolución de su pupilo.

 

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2019-06-26T08:45:41-05:00

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2019-06-27T21:33:42-05:00

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Luis Guillermo Montenegro /Enviado Especial Sao Paulo

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