Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Copiar, pegar y volverse máquina

Ya que estamos en tiempos de convenciones, de finales que no son finales de nada y de comienzos que sólo son una quimera, quiero jugar a un juego que se llame Volver a empezar, y empezar de cero.

Quiero jugar en serio un juego que pase por encima de las cifras y rescate a los individuos, a los seres humanos que hay detrás de cada gran número, con sus angustias y anhelos. Un juego muy serio que deje a un lado lo cuantificable y le dé paso a las cualidades, que tenga como lema una vieja frase de un viejo filósofo que decía algo como Todo lo que tiene precio poco valor tiene, y cuyo gran principio sea la vida. Quiero jugar a lo humano, con humanos, no a los robots, y menos, con robots. Quiero jugar a la creación, al inventar,  más allá de que los guardianes de los manuales determinen si lo que hago es bueno o malo, y jugar en serio, muy en serio, a ser capaz de eliminar de mi vocabulario las palabras mejor y peor, y los términos de Lo más y Lo menos.

Quiero jugar en serio el juego de la rebelión, para que la rebelión comience conmigo, por mí, como debe ser, y empezar a hacer una re-evolución de uno en uno, porque nadie va a cambiar el mundo solo, pero por lo menos, sí puede ayudar a cambiar en algo la vida de alguien, y esto va mucho más allá y es más trascendente que romper vitrinas o salir a pedir y exigir. Quiero jugar al juego de la aritmética, y sumar fuerza, dureza, dignidad, lealtad, trabajo, honestidad y cientos de manos y de voces, y restar mezquindad, cobardía, trampa y odio. Sumar diferencias, porque de lo diferente y por lo diferente es que nos enriquecemos, y restar lamentos, porque cada uno de mis lamentos le da más poder a quien ya tiene el poder y trafica con mis lamentos, entre otras tantas cosas.

Quiero jugar en serio, y en serio, proponerme cambiar cientos de hábitos que fui adquiriendo en los útimos tiempos y por las últimas invenciones, como estar pendiente de las mediciones y dejarme llevar por la programación que los algoritmos hacen por mí, y sobre todo, dejar de copiar y pegar, pues cada día que pasa me siento más como una máquina que copia y pega y copia y pega. Empezaré por volver a escribir cuanto nombre tengo que escribir, y degustar el viaje que significa tipear Julio Cortázar, por ejemplo, en vez de trasladarlo de un lado a otro. Viajar a Chivilcoy, imaginarlo de profesor, recorrer con sus largos pasos los caminos polvorientos de las calles por donde pasó, saltar al cielo de su Rayuela ante su mirada, y luego, impregnarme de sus luchas, de sus ideas e ideales, de sus textos, y de todo eso que suelo echar a la basura cuando solo copio y pego.

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Copiar, pegar y volverse máquina

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