Opinión

Del coronavirus a nuestro futuro virtual: Pensamientos desde casa, día 18

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Esta pandemia nos deja más dependientes de un mundo cibernético que se intensificará generando consecuencias malas y buenas dependiendo de las decisiones de vida que tomemos.

Frente a la pantalla, completando un mes de teletrabajo y 18 de cuarentena obligatoria, el futuro inmediato de la humanidad parece ligado más que nunca a las posibilidades de un mundo virtual más que de carne y hueso. Hace una semana analizábamos en la edición dominical de El Espectador cómo el aislamiento obligatorio para huir del nuevo coronavirus nos transformó la vida social, académica y laboral. Con una intensidad nunca antes vista, la mayoría de la humanidad está hiperconectada mediante conferencias de video y audio.

Mi mamá y mi papá viven a una cuadra de nuestra casa y llevamos un mes viéndonos por la aplicación Zoom, como si estuvieran tan lejos como mi hermano en Brasilia o mis sobrinos en Iowa y Nueva York. Con mis alumnos de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional terminaremos el semestre conectados vía Skype. Todos los índices de consumo digital, de televisión y telefonía se dispararon, junto con la lectura en todos los formatos. Es un horizonte con buenos y malos augurios, con muchas inquietudes que deben ir más allá de nuestros entornos familiares y locales. En estos momentos la tecnología nos mantiene más unidos que antes, pero ¿seguiremos dependiendo cada vez más de este tipo de contacto en un mundo tal vez más asocial?  (Más de esta serie: El coronavirus, los muertos y los vivos).

Retomo la impresión que me dejó hace dos años la lectura del libro ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización (sello editorial Debate), del influyente periodista argentino radicado en Estados Unidos, Andrés Oppenheimer. Son crónicas rigurosas que nos llevan de viaje desde su edificio en Miami, donde reemplazan a los porteros por máquinas, hasta lugares como Oxford, en Inglaterra, y hoteles automatizados en Tokio, Japón. Con testimonios de primera mano y datos verificados, nos acerca a un mundo cada vez más cibernético que impone nuevas conductas a un ser humano que llegará a ser dependiente de robots.

Parte de un estudio de la Universidad de Oxford que pronosticó que 47% de los empleos corren el riesgo de ser reemplazados por robots y computadoras con inteligencia artificial en Estados Unidos antes de 2040, fenómeno que supongo aumentará con el efecto coronavirus. Claro que el fenómeno no es nuevo, pero nunca antes se había dado tan aceleradamente. El libro advierte que la tecnología ha venido destruyendo empleos desde la Revolución industrial de fines del siglo XVIII, pero hasta ahora los seres humanos siempre habíamos logrado crear muchas más fuentes de trabajo que las que habíamos aniquilado con la tecnología. Por eso desarrolla el interrogante: ¿Podremos seguir creando más oportunidades de las que eliminamos?

La respuestas surgirán cuando decidamos si nuestro futuro estará ligado a la tecnología o en resistencia a ella. ¿En cuál de los dos escenarios se ve usted? ¿Volviendo a oficios originales como la agricultura o metiéndose de lleno en la era de los bots? Según los expertos consultados por Oppenheimer, antes de 2030 se definirán nuevas fronteras en el mundo laboral y social.

Casualmente entre los perfiles que predominarán en la vida profesional puso en primer lugar a “los asistentes de salud”, ahora más requeridos, junto con los científicos médicos, en una sociedad enfrentada a nuevos virus como el Covid-19. Cito: “El aumento de la expectativa de vida y el envejecimiento de la población mundial harán que los trabajos que tienen que ver con el cuidado de la salud —incluyendo los consejeros médicos que nos ayudarán a interpretar los diagnósticos de las computadoras, además de las enfermeras, los psicólogos, los nutricionistas, los masajistas y los entrenadores físicos— sobrevivan a la automatización y sean cada vez más importantes. A los trabajadores de la salud tradicionales se sumarán varios otros que tendrán una formación interdisciplinaria, como los expertos en medicina robótica, que se encargarán de manejar los robots cirujanos en los hospitales; los graduados en ingeniería médica, que tendrán a su cargo la impresión de piel con impresoras 3D en cirugías reconstructivas a partir de las células de los pacientes, y los farmacéuticos expertos en robótica, que supervisarán la fabricación de medicamentos personalizados basados en la genética de cada persona”.

A quienes les interesan las ciencias exactas, los investigadores les recomiendan especializarse como analistas de datos, ingenieros de datos y programadores. Incluso, prepararse como “policías digitales para prevenir o enfrentar guerras cibernéticas”  o como “cuidadores y programadores de robots”. Actividades tradicionales como la asesoría de ventas debe transitar a una economía global dependiente de las decisiones en línea, por lo que se requerirán más creadores y diseñadores de contenidos comerciales web.

Del lado de las humanidades, los profesores y maestros recobrarán importancia en la medida en que se preparen para educar a la gente en el manejo de los robots y la realización de tareas cada vez más atomatizadas, porque “habrá dos tipos de empleos: aquellos en que los robots supervisarán a los humanos y aquellos en que los humanos supervisarán a los robots”.

Pensando en salud mental, vendrá el apogeo mayor de “los consejeros espirituales”: “Los sacerdotes, imanes y rabinos tendrán su trabajo asegurado durante mucho tiempo, así como todos los demás guías espirituales. Como ocurre desde hace varios años, la disgregación de las familias y la creciente soledad de la gente en la era de las comunicaciones digitales están generando una mayor necesidad de contratar gurúes espirituales para que le encontremos un sentido a nuestra vida. Y será muy difícil que los robots o los algoritmos, por más que tengan casi todas las respuestas disponibles, puedan reemplazar el toque personal y la calidez de un guía espiritual”.

Los artistas, deportistas y creadores de entretenimiento también podrán reinventarse puesto que la mayoría de la gente trabajará menos horas y tendrá cada vez más trabajos temporales y flexibles. “Habrá más tiempo para el ocio y más necesidad de contratar trabajadores en industrias creativas como el cine —ya sea en pantallas o en visores de realidad virtual—, la música, el arte y la literatura”, dice el libro ¡Sálvese quien pueda! 

El futuro dependerá en buena medida de si la tecnología del siglo XXI se consolida hacia la investigación de energías alternativas y la formación especialistas en ellas: “Con la creciente alarma mundial por el cambio climático y el abaratamiento de los costos de las energías limpias, como la energía solar y la eólica, surgirán decenas de carreras relacionadas con las nuevas industrias verdes”.

El escritor colombiano William Ospina se prgunta en su libro La lámpara maravillosa: “¿Y qué pasaría si de pronto se nos demostrara que el modelo de desarrollo tiene que empezar a ser el equi­librio y la conservación del mundo? ¿Qué pasaría si el saber cuantitativo que transforma es reemplazado por el saber previsivo que equilibra, si el poder transformador de la ciencia y la tecnología se convierte en un saber que ayude a conservar, que no piense sólo en la rentabilidad inmediata y en la transformación irrestricta sino en la duración del mundo?”

Es evidente que la civilización posterior a esta pandemia estará más abocada a una realidad virtual, pero dependerá de cada uno de nosotros qué tan autómatas seremos. Nos lo advirtió desde 1951 el escritor y físico argentino Ernesto Sabato, impresionado con la revolución industrial producida por la Segunda Guerra Mundial paralela a un proceso de deshumanización e irracionalismo. En Hombres y engranajes dijo: “Triángulos y acero, logaritmos y elec­tricidad, sinusoides y energía atómica, unidos a las formas más misteriosas y demoníacas del dinero, constituyeron finalmente el Gran Engranaje, del que los seres humanos acabaron por ser oscuras e im­potentes piezas”. Esa lectura deja un cuestionamiento final: ¿Seguiremos obsesionados con la conquista del universo objetivo, al precio de un total sacrificio del yo, de la humilla­ción de los valores verdaderamente humanos?

@NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com

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