Opinión

El coronavirus y el poder del amor: Pensamientos desde casa, día 21

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Uno de los mayores retos de esta cuarentena es si somos capaces de consolidar los afectos con nuestros seres queridos y con los demás. En la literatura hay ejemplos de cómo enfrentar tragedias y salir fortalecidos.

En las últimas semanas estamos reinventando el amor a distintos niveles. Primero, aprendiendo a valorarlo frente a una situación extrema como esta pandemia y bajo confinamiento obligatorio. Valorarlo como nunca, por el miedo real a perderlo. Luego demostrando, como nunca antes, cuánto amo a mi familia y a los demás, lo que ya no se mide en besos y abrazos, sino en cómo lo expreso en el aislamiento en mi propia casa o en la distancia con quienes no podré interactuar durante meses. Es fácil decirlo y difícil revalidar ese compromiso cuando está en riesgo la salud de todos y el futuro laboral, por ejemplo en el caso de los matrimonios que prometieron amarse en la prosperidad y la adversidad, en la salud y la enfermedad. (Recomendamos más de esta serie: De coronavirus y resurrecciones).

“La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad”, es el punto al que llegan los personajes de la novela La peste, de Albert Camus. De repente pierden el contacto físico: “Hubiera querido volver a ser aquel que al principio de la epidemia intentaba correr de un solo impulso fuera de la ciudad, lanzándose al encuentro de la que amaba. Pero sabía que esto ya no era posible…. Al final de aquel largo tiempo de separación, ya no podían imaginar la intimidad que había habido entre ellos… No tenían más que ideas generales y su amor mismo había tomado para ellos la fisonomía más abstracta”. Aún así, “en la desgracia general, el egoísmo del amor los preservaba”.

Algo similar sucede con las víctimas de la radiación por la explosión de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, en 1986, la misma región donde hoy arden los bosques poniendo en riesgo de nuevo a esa antigua nación soviética. Voces de Chernóbil (sello Debate), la novela de Svetlana Alexiévich, empieza con el testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero Vasili Ignatenko. “No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”. Se amaban tanto que ella violó las restricciones de contagio y fue al hospital a acompañarlo en su agonía:

“Me acerqué a él y lo besé.

—Amor mío. Cuánto te quiero.

Y él, protesta y me dice:

—¿Qué te han dicho los médicos? ¡No se me puede abrazar! ¡Ni se me puede besar!”.

Estaba embarazada y quien absorbió la radiactividad fue su bebé. “Ella me salvó… Mi alma era más fuerte que mi cuerpo... Mi amor... El amor y la muerte. Tan juntos”.

Ese libro está lleno de lecciones de fortaleza de los sobrevivientes desde el afecto: “Tengo miedo de una cosa, de que en nuestra vida el miedo ocupe el lugar del amor”, dice uno. “Había leído en los libros que el amor podía vencerlo todo. Incluso a la muerte”, dice otro. “Él no quería morir. Estaba convencido de que mi amor lo salvaría”, dice una viuda. “Él sabía que iba a morir. Se estaba muriendo. Pero se juró que viviría solo en la amistad y el amor”, dijo otra.

También podemos aprender de ello leyendo El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez. Incluso en medio de la epidemia y la vejez, Fermina Daza y Florentino Ariza hubieran querido morir de amor, porque “el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”. Ellos nos enseñan cómo reconstruir sentimientos todas las mañanas desde antes del desayuno, cómo “el amor se hace más grande y noble en la calamidad”.

La historia de la literatura y de la humanidad es la historia de la superación de adversidades con base en el amor, por encima de calamidades. El que vivimos ahora es un capítulo más en el que podemos reivindicarlo desde cada uno de nuestros hogares con acciones de ternura, dulzura, cariño, paciencia, convivencia, tolerancia, tranquilidad, armonía, resistencia, esperanza en el porvenir. Si sumamos a esas cualidades los gestos y mensajes cariñosos que podemos compartir cada día, reinventaremos el amor intrafamiliar y lo multipliclaremos a nivel social. En sentido opuesto, quienes persistan entre rencores, impaciencia, depresión, angustia, intolerancia, agresividad y confrontación, cosecharán dolor y odio.

@NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com

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