Análisis

El efecto mariposa del coronavirus en la economía global

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El balance entre retos de la salud pública, libertades individuales y permitirle a la población generar los ingresos que necesita es muy complejo. Pero es un balance. El Estado no puede centrarse en el primero y desentenderse del último.

En los años 60, Edward Lorenz, meteorólogo estadounidense, fue a tomar café. Antes de hacerlo redondeó unas milésimas de los insumos usados para unos pronósticos y dejó sus equipos repitiendo unas proyecciones. Cuando volvió con el tanque de cafeína repuesto descubrió que el minúsculo redondeo en algunos insumos cambiaba totalmente las predicciones de sus modelos. Había nacido la teoría del caos.

Lorenz solo saltaría a la fama más de una década después, cuando en una sesión de la American Association for the Advancement of Science logró condensar sus investigaciones en una frase con visos poéticos: el aleteo de una mariposa en Brasil -declamó- puede producir un tornado en Texas. Ahora, seis décadas después del fortuito café, con el mundo sumido en el caos, sus palabras resuenan como nunca antes. Un virus, que según algunas teorías saltó de un aleteo en alguna plaza de mercado en China a un humano, ha causado un huracán global.

El virus ha infectado a más de 130.000 personas en 126 países y ha sido catalogado como una pandemia por la Organización Mundial de la Salud. Cerca de 5.000 personas han muerto y los sistemas de salud de los países en donde el virus se expandió, sin que se tomaran medidas de contención, como Italia, han colapsado.

Los médicos han pasado allí al espantoso dilema de decidir a qué paciente asignar el último equipo de ayuda respiratoria disponible y a cuáles dejar sin él. Algunos especulan que ese colapso del sistema de salud explica la alta letalidad del virus en Italia.

Los países, uno tras otro, han ido implementado una cascada de medidas para evitar que haya picos de contagio que colapsen sus sistemas sanitarios. Las cuarentenas, restricciones a la movilidad, cancelaciones y prohibición de concentraciones están a la orden del día en cada rincón planetario. El miedo, la incertidumbre y las restricciones han tumbado la actividad económica.

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A ese golpe se sumó esta semana una guerra de precios en el mercado petrolero global. La caída de la demanda por hidrocarburos había ido desinflando los precios. Para mantenerlos, el cartel de los productores (OPEP) intentó un recorte en la oferta de crudo. Los rusos se opusieron y Arabia Saudita decidió abrir el grifo.

El Gobierno colombiano, que había hecho sus cuentas contando con el petróleo a más de US$60 por barril, ahora ve cómo el crudo cierra la semana por debajo de US$35. El peso cerró a más de $4.000 por dólar: perdió la quinta parte de su valor en pocos días. La Bolsa de Colombia ha perdido casi un tercio de su capitalización. Los ahorros pensionales de los colombianos reflejarán en los próximos extractos la debacle reciente. Desde la óptica de la economía los daños y los retos de política son sustanciales.

El Gobierno enfrenta un reto fiscal. La reforma tributaria aprobada en diciembre prometía, a partir de 2021, una serie de reducciones en los impuestos que, visto con lentes optimistas, lucían retadoras para el recaudo. Opacados esos lentes por los acontecimientos recientes, se abre una enorme pregunta sobre las fuentes para financiar al Estado y mantener la estabilidad en sus cuentas. Estas reciben cinco golpes: primero, por cada dólar que pierde el precio del petróleo caen los ingresos del Estado en más de $400.000 millones. Segundo, la devaluación del peso vuelve más caro el pago de la deuda externa. En solo esos dos rubros se pueden haber esfumado $7 billones este año. Tercero, la tasa de interés de la deuda pública se ha trepado más del 2 % en estas semanas. Cuarto, el enfriamiento de la actividad reducirá el recaudo y las contribuciones a los sistemas de seguridad social. Quinto, la caída en la actividad económica hará lucir ese déficit y la deuda pública más gorda en relación con el PIB. La segunda se mostrará más inflada desde ya por cuenta de la devaluación.

El sector empresarial enfrenta la caída en la demanda interna y externa, y los problemas en suministros. La incertidumbre aplazará muchos planes de compras y proyectos. Los hogares verán reducciones en sus ingresos y aumentos en el desempleo. Para ambos, hogares y empresas, el encarecimiento del crédito dificultará el ajuste.

El sector financiero también enfrenta retos. Muchos planes de inversión, de crecimiento empresarial y de ingresos de los hogares se trastocarán tras el aleteo. Las garantías que contaban con precios de los activos, como los que había hace unas semanas, se redujeron. Es previsible un deterioro de la cartera de los bancos, que se agravará si las tasas de interés se mantienen altas: los nuevos créditos o las renegociaciones enfrentarán recursos más escasos y costosos.

El Gobierno y el Banco Central han reaccionado con dos medidas. La primera, con el aplazamiento de algunos pagos y una línea de crédito subsidiada para el sector turismo y aviación. La segunda, con provisiones recargadas de liquidez para el sector financiero y un empujón a los cubrimientos cambiarios.

Ambas reacciones son tímidas e insuficientes. La del Gobierno enfoca la ayuda en un par de sectores productivos específicos. Pero el problema que se viene no se puede circunscribir a esas empresas. Además, la asistencia ofrecida está enfocada en las empresas, no en la gente. Mientras duren las medidas de restricción por motivos de salud, habrá miles de ciudadanos que no podrán llevar a cabo las actividades que les reportaban sus ingresos diarios. Sobre esas personas es que debería estar enfocada la mirada del Gobierno. ¿Cómo? Ya existen mecanismos de transferencias a los hogares más vulnerables.

Por ejemplo, Familias en Acción les transfiere recursos a esos hogares con niños en edad escolar; Adulto Mayor, le transfiere recursos a la tercera edad sin otras fuentes de ingreso. En ambos programas tenemos la infraestructura montada para, durante algunos meses, inflar esas transferencias y atenuar el impacto del parón económico. Las empresas pueden ir al banco a negociar cómo navegar la crisis; esas familias, mientras tanto, necesitan pagar cuentas y llevar el pan a la casa.

Y por parte del Banco Central, una reducción drástica en la tasa de interés de política es urgente. Los problemas empresariales y crediticios que podrían asomarse serán menos graves si la política monetaria lucha contra el incremento en las tasas de interés que hemos observado esta semana. El Banco no se ha atrevido, temiendo que esa reducción se refleje en más inflación.

Si bien, en efecto, la depreciación podría encarecer los productos importados, el enfriamiento de la actividad económica (que podría ser enorme) y la reducción del precio de la gasolina empujarán la inflación hacia abajo. Y, de otro lado, poca gracia tiene sacar pecho por un número reluciente de inflación si es a costa de una economía desmoronada: no sobra recordar la triste declaración del presidente del Banco Central Europeo en 2011 cuando, en medio de la debacle económica tras la crisis financiera, pedía aplausos por haber mantenido un récord impecable en el frente inflacionario.

El aleteo de una mariposa china desató el caos predicho por Lorenz. El balance entre retos de la salud pública, libertades individuales y permitirle a la población generar los ingresos que necesita es muy complejo. Pero es un balance. El Estado no puede centrarse en el primero y desentenderse del último.

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