El peligroso experimento con el que los ingleses intentaron atajar al coronavirus

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El Gobierno de Boris Johnson mantuvo hasta el viernes una estrategia que consistía, en contra de los otros países, de no poner muchas barreras al virus. El viernes, tras un vuelco en la idea inicial, se ordenó el cierre de pubs y restaurantes.

Brighton fue la primera ciudad en donde se duplicaron los casos de Coronavirus en el Reino Unido. El 10 de febrero el Gobierno anunció que gracias a que en esta ciudad se confirmaron cuatro nuevos casos, dos hombres y dos mujeres, el número de personas afectadas en todo el país había pasado de cuatro a ocho. Brighton, también, es la ciudad en la que estoy viviendo y estudiando desde septiembre del año pasado. 

El virus acá - o para mí, más bien - se hizo visible primero en la residencia estudiantil en donde vivo. Después de regresar de un viaje en Navidad, los ascensores y espacios comunes del edificio se llenaron de unos carteles que advertían que, si uno había estado en China, en Wuhan o en la provincia de Hubei, debía estar pendiente de síntomas como el dolor de garganta y la fiebre. También decían que, si estos síntomas aparecían, era mejor evitar el trasporte público, ir a la universidad o recibir visitas en la casa. Estaban firmados por el NHS (el sistema de salud público del Reino Unido) y escritos tanto en chino como en inglés. 

Desde entonces hasta hace unas pocas semanas parecía que el virus era algo que se hacía material sólo en los carteles. Algo que sucedía en las noticias o que solo preocupaba a los dos compañeros chinos con los que vivo. Cuando uno se asomaba a la ventana o salía a hacer dar un paseo en bicicleta, la vida de los ingleses era la misma, trascurría normal. Pero en medio de esa aparente tranquilidad pasaban dos cosas: los casos seguían incrementando mientras que el gobierno del Reino Unido tomaba un camino distinto a los demás países para afrontar el novedoso virus. Se trataba de la “la estrategia de mitigación”, como le han llamado algunos.

Hoy los casos confirmados llegan a 3,983, con 233 muertes, y sólo hasta el lunes que acaba de pasar Boris Johnson se atrevió a hablar de la una estrategia de distanciamiento social. Los colegios apenas cerrarán hasta la semana que viene y son sólo algunas las universidades que han decidido irse a clases virtuales voluntariamente, incluyendo en la que estudio. Para poder hacer un paralelo, en Colombia el gobierno cerró los colegios cuando aún no se había ni llegado a los 80 casos confirmados. El escenario daba la sensación de que los que habitábamos en Reino Unido éramos como una especie de grupo de control: la población en la que se iba a analizar qué pasaría con el coronavirus si no se hacía mucho y, en cambio, se priorizaba la economía. 

Fueron varias las veces que el Gobierno se pronunció y dejó esta sensación. En principio, según las palabras de los consejeros de Johnson, sólo debían distanciarse aquellas personas con síntomas similares a la gripa por un periodo de siete días. También se recomendaba a los mayores de 70 años quedarse en casa. Ese era el plan. De resto el país seguía igual. 

La razón detrás de esta decisión, que muchos expertos consideraban extremadamente laxa, era simple: incrementar la inmunidad de la población. ¿Cómo? Permitiendo que el virus se propagara sin tantas barreras. Sir Patrick Vallance, el principal asesor científico del gobierno llegó a advertir que esperaban que alrededor del 60% de la población se enfermase para alcanzar un buen nivel de inmunidad. Pero, aunque en palabras el experimento sonaba lógico, llevado a la práctica cargaba con tintes de locura. La “inmunidad del rebaño”, como le dicen los científicos, es algo que se ha demostrado en programas exitosos de vacunación, pero jamás dejando a un virus fluir en medio de una pandemia. Era, un poco, como ir experimentando en tiempo real. 

Las críticas de expertos llovieron y la estrategia del Reino Unido empezó a ser cuestionada. El editor de la prestigiosa revista médica The Lancet escribió en The Guardian que solo con hacer unas cuentas sencillas era evidente que la medida ponía en riesgo a gran parte de la población. “Con una mortalidad del 1% y en una población de unos 66 millones de personas, si 60% se enferman se podrían esperar casi 400.000 muertes”. Pero quizá Johnson lo dijo más claro que cualquiera de sus críticos. “El virus se va a extender más y debo ser transparente con ustedes, debo ser transparente con el público británico: muchas familias más van a perder seres queridos antes de tiempo”. 

¿Las posibles 260.000 muertes que lo cambiaron todo?

Hace ocho días, durante el fin de semana, en mi cuenta de Twitter apareció una tendencia que, aparentemente y por primera vez en un mes, no tenía que ver con el coronavirus. Era el #ImperialCollege. Pero se trataba en realidad, de un nuevo estudio publicado por el grupo de respuesta al virus de la Universidad, el Imperial College COVID-19 Response Team, junto con la OMS, en el que se modelaban distintos escenarios para intentar predecir cuál sería el número de afectados dependiendo de las medidas que los gobiernos tomaran. 

Las matemáticas tienen mucho de probabilidad, de jugar con posibles escenarios si se alteran y cambian variables, y ese era el propósito del estudio. En este se plantearon distintos escenarios en los que se modificaban cinco posibles intervenciones que podían elegir los gobiernos. (1), Aislar a las personas que tenían fiebre y tos por siete días; (2) obligar a la cuarentena a familias enteras en las que un individuo tenía un síntoma, durante 14 días, para permitir a los otros mostrar los síntomas; (3) distanciamiento social o restringir el contacto social por 75%, incluyendo mantener distancia en los colegios, trabajos y casas; (4) distanciamiento social solo para mayores de 70 años, pidiéndoles que se queden en casa y, (5), el cierre de todos los colegios y universidades.  

Recordemos: el Reino Unido solo había hablado de dos, la 1 y la 4. Juntas, advertía el estudio, podrían llegar a reducir la demanda de atención médica en dos tercios y reducir la cantidad de muertes a la mitad. Sin embargo, esto seguía implicando que 260.000 personas morirían, incluyendo las que no lo harían por el coronavirus pero que dejarían ser atendidas por un sistema de salud terriblemente saturado. 

El día después, el lunes, en la rueda de prensa que está dando Johnson diariamente, el tinte de sus palabras cogió otro tono. En un mismo día y casi que en un solo paquete se habló de evitar el contacto no esencial con otros así como los viajes que no fueran estrictamente necesarios. Habló también de evitar lugares como los tradicionales pubs y los teatros. Ese mismo día en la universidad nos cancelaron clases, la mayoría de mis compañeros europeos se devolvieron a sus países y las calles, de alguna manera, se sintieron un poco más vacías. 

Esto, claro, no significa que el plan de Johnson ya haya cogido el camino adecuado – si es que este existe en medio de una pandemia. Tampoco significa, como muchos medios lo han dicho, que la ciencia cambió y por esto las decisiones de Johnson cambiaron. Antes, como lo hizo el editor de The Lancet, al Primer Ministro se le habían mostrado cuentas de lo que sus tibias medidas implicaban. Quizá dio un reversado más por la presión social y el número de casos que se le salía de las manos. Pero la ciencia ha estado ahí desde el principio. 

Queda una vez más una sensación de incertidumbre. Los bares, los pubs y los restaurantes cerraron el viernes y el gobierno asumirá los salarios de los que no podrán trabajar por esto. Aunque se dice que lo peor está por llegar, no se sabe cuándo. También dicen que estamos dos semanas detrás de Italia. Y queda también la duda sobre si las primeras medidas, tibias como fueron, nos pusieron mucho tiempo en riesgo. Más del que era necesario. Un viernes en la noche las calles en Reino Unido empiezan a estar más solas. Parecería, ahora sí, que, con 3,983 casos y 233 muertes, el coronavirus saltó de las noticias a la vida real. 

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