Desde el epicentro de la tragedia en España

En las noches, desde mi balcón en Madrid (España)

Una periodista colombiana que llegó en noviembre a Madrid (España) para cursar una beca, hoy resiste desde el encierro en un apartamento, como todos los españoles, el ataque del coronavirus. Crónica de sus reflexiones, de sus dudas y de sus aplausos diarios a los médicos que todos los días se están jugando la vida.

EFE

Quienes me conocen saben que la valentía no es una de mis más grandes virtudes. Le temo a las alturas, a las agujas, a las enfermedades y, a veces, a la soledad. Pero como todo en la vida, en algún momento llega la hora de enfrentarnos a lo que nos asusta. Llevo trece días en cuarentena en Madrid y, como a todos, si hace un año me hubieran dicho que hoy estaría sola en esta ciudad, en la que más rápido avanza el coronavirus y que, según el diario británico el Financial Times podría superar incluso a Wuhan en China donde se originó el Covid 19, por supuesto que no, realmente no me lo habría creído.

Hace más de un año, en la sala de mi casa en Tunja (Boyacá), aburrida de la rutina cotidiana y un tanto perdida a nivel personal y profesional, cansada de que los días se parecieran tanto a los anteriores, decidí que era tiempo de irme de la ciudad, incluso del país, y de empezar de nuevo en otro lugar del mundo. Aunque el hecho de perderme, de presentarme una y otra vez, de preguntar direcciones y seguir indicaciones, me causaba ansiedad, en el fondo era lo que me emocionaba. Siempre había tenido afán por encontrar una historia propia y de llenar mi vida de momentos para atesorar.

 
 

Fue así como luego de buscar opciones y de obtener una beca, todo empezó a tomar forma. ¡Era un hecho! Le conté a mi mamá y a mi hermano, al resto de mi familia y amigos. La vida no me dio hermanas, pero sí una prima que es casi lo mismo. La noche antes de mi viaje, ella me visitó y me preguntó: ¿Qué te asusta?, a lo que respondí: “A lo que pueda pasar” y, entre carcajadas, me dijo: “Lo peor que puede suceder, es que te guste tanto que luego no quieras volver”. Hace unos días hablamos de ese momento y, lejos de ser un mal recuerdo, ambas reímos tanto, la extrañé como nunca.

Emprendí mi viaje y llegué a España el 13 de noviembre del año 2019, justo un mes antes de que en China se presentarán los primeros casos del coronavirus, que para ese entonces era catalogado como una neumonía. En un principio, todo fue parte de la aventura. Era mi primera vez en Europa, empezaban las clases y con ellas conocí a diferentes personas, a las que hoy llamo amigos y, entre trabajos y lecturas, con sus ocurrencias en desarrollo de las videoconferencias, tratamos de reír como quienes buscan ahora ponerle una mejor cara, a estos días grises.

Días antes a la cuarentena

China pasaba por uno de sus peores momentos y ya en las noticias se hablaba de casos en Italia. Sin embargo, la creencia común era “es una gripe”, incluso se escuchaban comentarios como “nadie va a morir por una gripe”.  Como de costumbre, iba para clase, pero al llegar había un ambiente distinto. Algunos ya comentaban que en sus trabajos se tomaban medidas, pues el departamento de recursos humanos estaba enviando a trabajadores con síntomas de gripe a laborar desde casa. Para ese entonces, acciones como toser eran blanco de chistes. Como “¡Uy! el coronavirus”. Algunos, de manera anecdótica, contaban cómo se habían aguantado los estornudos en el Metro para no asustar a la gente.

Ese día, teníamos organizado una salida a Ifema, un recinto donde se llevan a cabo ferias y congresos. Y nosotras asistiríamos a la feria de arte contemporáneo. Recuerdo que, de tantos asistentes, solo una mujer llevaba tapabocas, lo cual de alguna manera nos dio tranquilidad. No parecía tan grave el tema, y todos lo estábamos tomando con calma. Esa era una medida un poco extrema, creíamos. Este año, el tema de Arco fue “It’s Just a Matter of Time” o “Es solo cuestión de tiempo”, una obra basada en un artista cubano. Un título que hoy lleva a preguntar si la vida todo el tiempo estaba hablándonos.

Recorrimos, una a una, las obras. Caminamos los pasillos hasta al cansancio sin saber que el lugar que por esos días se encontraba cubierto de arte, hoy es un hospital de campaña donde se atienden casi 200 pacientes afectados al día. Y si lo piensan, uno de los cuadros más tristes en muchos años. La fase más común entre las personas era “nos tienen que poner en cuarentena”, pero todos pensábamos que lo que estaba sucediendo en Italia no iba a repetirse en Madrid. Pero ya íbamos tarde.

Un día las farmacias amanecieron con letreros contundentes que decían “No hay tapabocas, ni gel antibacterial”. Poco a poco, las compras apocalípticas se tomaron los supermercados y sí, aunque aparentemente el virus no causa molestias estomacales, el papel higiénico en España también desapareció en cosa de horas. De hecho, escuché una frase en la calle (cuando se podía salir) y con la que hoy estoy totalmente de acuerdo: debe ser que todos estamos cagados del susto.

Nunca me han gustado las series o las películas de ficción, en especial las de zombies o muertos vivientes. Me parecen aburridas y un poco predecibles. Sin embargo, la sensación que tuve de estar en una de estas fue tan abrumadora que seguramente debí parecer el personaje torpe al que persiguen y tropieza con todo, el que carece de coordinación. Así llegó el sábado 14 de marzo. Ese día, el Gobierno anunció el estado de alarma y, como medida adicional la cuarentena. ¿Y ahora? ¿Será muy grave? era lo único que preguntaba a los conocidos. Por primera vez tuve miedo de no poder salir.

Desde mi balcón

En principio traté de calmarme y me repetía una y otra vez que solo eran 14 días. Sin embargo, el miedo de pelear contra un enemigo invisible y que además trajo consigo en mi caso la temida soledad, me tuvo en pánico. Los primeros días fueron duros, de lágrimas, de añorar hasta el cansancio a los míos. Sin Dios en mi vida y la fuerza que me da, no estaría escribiendo esta historia. El himno de España sonando en las calles y las autoridades con altavoces pasando en la noche y en la mañana recordándonos que hay que permanecer en casa, me hizo extrañar la mía.

Ahora, me emociona la hora de los aplausos, es casi como cita. Creo que me he convertido en una persona más puntual. Minutos antes ya estoy atenta en el balcón esperando a que todos salgamos a darle ánimo al personal médico que está dejando su vida en los diferentes centros de asistencia. Pero no todo acaba ahí. Uno de mis vecinos es el encargado de la música. Lo malo es que solo pone una canción y es la misma todas las noches. Luego de aprenderla sin querer, ahora la escucho y me anima. En alguna parte dice: “cuando sienta miedo del silencio, cuando cueste mantenerse en pie, resistiré”. Y así estamos todos: resistiendo.

Los días pasan, aún llevo la cuenta, pero ahora que ampliaron el tiempo de encierro, he decidido no volverlos a contar. Sí, veo noticias, pero solo una vez al día, tal como lo recomiendan los gurús de la cuarentena, “los instagramers”. Por un momento pensé que efectivamente, como dice el cantautor Joaquín Sabina en uno de sus temas. “Hubo una epidemia de tristeza en la ciudad, se borraron las pisadas y se apagaron los latidos”, pero ya son las ocho en Madrid y es hora de aplaudir.

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2020-03-24T18:50:54-05:00

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2020-03-24T22:37:47-05:00

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Paula Quintero. /Especial para El Espectador

El Mundo

En las noches, desde mi balcón en Madrid (España)

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