25 Apr 2020 - 6:03 p. m.

Estamos en cuarentena: ¡Leamos nuestras fotografías! Pensamientos desde casa, día 32

Inspirados en el filósofo alemán Walter Benjamin y la Nobel de Literatura polaca, Olga Tokarczuk, aprendamos a redescubrir nuestra historia desde el álbum familiar.

Nelson Fredy Padilla *

Les propongo un plan de fin de semana: revisar con calma, no a la velocidad impuesta por los entrenados dedos que vemos moverse a toda hora sobre los teléfonos celulares, las fotografías de nuestra familia. ¿Tienen viejos álbumes empastados? Empiecen por ahí. ¿Tienen archivos digitales en la internet y en memorias? Esa será la segunda fase. Este viaje por el tiempo pueden hacerlo solos y también conviene hacerlo en compañía, y cada vez tendrá sentidos distintos. (Recomendamos más columnas de esta serie: La pandemia nos reta: ¿qué tan valientes somos?).

Me inspiro en “La pequeña historia de la fotografía”, bello ensayo del filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940), uno de los grandes pensadores de la historia. Antes de cumplirse un siglo del descubrimiento de los franceses Joseph Niépce (1765-1833) y Louis Daguerre (1787-1851) -por él el daguerrotipo y la daguerrotipia-, Benjamin revisa el surgimiento e industrialización de las imágenes y pregunta: “¿No el que ignore la escritura, sino el que ignore la fotografía, se ha dicho, será el analfabeto del futuro?”. “¿Pero acaso no debe pasar con mayor razón por analfabeto quien no sabe leer sus propias imágenes?”. Ahí me detengo. ¿Aprender a leer nuestras propias imágenes?

Pienso que en la era digital que vivimos no las pasamos por alto, porque el siglo XXI es absolutamente audiovisual. El problema radica en que consumimos, tomamos y compartimos tantas en un día que no tenemos capacidad ni el tiempo de procesarlas con rigor a través del ojo y la mente. Una persona promedio empieza el día pendiente de las fotos que le llegan a su celular y desde ahí revisa e interactúa a través de varias redes sociales: Facebook, Instagram, Flickr, solo por citar algunas.

Asistimos a la frenética innovación de las formas de narrar la existencia desde las imágenes, pero muy pocos se dan tiempo para revisar desde ese punto de vista su alma refundida en la historia. La invitación de hoy es, retratos hogareños a la mano, detenernos no tanto en aquellos posados sino en las instantáneas accidentales para hacer preguntas de modo tiempo y lugar. Démosle tiempo incluso a las borrosas, porque nos fuerzan a que el ejercicio de memoria sea mayor y en ese juego redescubramos cabos sueltos de nuestro pasado.

La segunda inspiración, para que se vayan emocionados a hacer el ejercicio, es este fragmento del discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de la polaca Olga Tokarczuk, leído en diciembre pasado y que nos sugiere otras formas de indagarnos y tratar de entendernos a partir del álbum familiar: “La primera fotografía de la cual fui consciente es una foto de mi madre antes de que ella me diera a luz. Desafortunadamente, es una fotografía en blanco y negro, lo que significa que muchos de los detalles se han perdido, convirtiéndose solo en formas grises. La luz es suave y lluviosa, probablemente una luz de primavera, la clase de luz que se filtra a través de una ventana, manteniendo la habitación con un brillo apenas perceptible.

Cuando de niña miraba esa foto estaba segura de que mi madre me había estado buscando al girar el dial de nuestra radio. Como un radar sensible, penetró en los reinos infinitos del cosmos, tratando de averiguar cuándo llegaría y de dónde. Su corte de pelo y su atuendo (un gran cuello de barco) indican cuándo se tomó esta foto, es decir, a principios de los años sesenta (Sulechów, Polonia, 1962). Mirando desde algún lugar fuera del marco, la mujer encorvada ve algo que no está al alcance para una persona que mira la foto después. Cuando era niña, imaginaba que lo que estaba sucediendo era que ella estaba mirando el tiempo. Nada sucede realmente en la imagen: es una fotografía de un estado, no un proceso. La mujer está triste, aparentemente perdida en sus pensamientos. Cuando más tarde le pregunté acerca de esa tristeza, lo cual hice en numerosas ocasiones, siempre buscando la misma respuesta, mi madre dijo que estaba triste porque yo aún no había nacido, pero ya me extrañaba. “¿Cómo puedes extrañarme cuando todavía no estoy allí?”, le preguntaba. Sabía que extrañas a alguien que has perdido, que el anhelo es un efecto de pérdida. “Pero también puede funcionar al revés”, respondió. “Extrañar a una persona significa que está allí”.

Este breve intercambio, en algún lugar del campo del occidente de Polonia a finales de los años sesenta, un intercambio entre mi madre y yo, su pequeña hija, siempre ha permanecido en mi memoria y me ha dado una fuerza que me ha durado toda mi vida. Porque elevó mi existencia más allá de la materialidad ordinaria del mundo, más allá del azar, más allá de la causa y el efecto y las leyes de la probabilidad. Ella colocó mi existencia fuera del tiempo, en la dulce vecindad de la eternidad. En la mente de mi hijo entendí que había más de lo que había imaginado antes. Y que incluso si dijera: “Estoy perdido”, entonces todavía comenzaría con las palabras “Yo soy”, el conjunto de palabras más importantes y extrañas del mundo. Y así, mi madre, una joven que nunca fue religiosa me dio algo que alguna vez se conoció como un alma, y ​​me proporcionó el narrador más tierno del mundo”.

* @NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com

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