La Paradoja de Teseo: el impacto del Covid-19 en la educación

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Algunos expertos en educación se debaten en estos días entre la posibilidad de permitir que los niños y jóvenes se mantengan en el aislamiento o puedan salir a convivir con sus pares.

Para quienes hemos dedicado buena parte de nuestras vidas a la educación, lo que estamos presenciando en tiempos de Coronavirus es verdaderamente preocupante. Nos debatimos entre permitir que los niños y jóvenes puedan ser niños y jóvenes, lo que significa salir, independizarse de sus padres, interactuar con sus pares y formarse para poder convertirse en adultos con capacidades emocionales y académicas, o aislarlos para evitar el contagio inmediato e impedir que trasmitan el virus que trastornó la vida de todos, sin distingo de género, edad, nacionalidad, o nivel socioeconómico. 

 

Sólo hasta que pase la crisis y aprendamos a vivir en este nuevo contexto sabremos si la cuarentena valió la pena.  Lo que es cierto, es el impacto que tendrá sobre la educación de millones de niños y jóvenes por el cierre de las instituciones educativas a nivel mundial, desde los jardines infantiles hasta las universidades. En épocas modernas, siempre, hasta en las peores crisis -guerras, hambrunas, desastres naturales-, se ha hecho hasta lo imposible por mantenerlas abiertas o reabrirlas rápidamente. Lo que está sucediendo es inconmensurable. La Unesco estima que actualmente un tercio de los niños y jóvenes a nivel mundial están fuera de las escuelas (aunque afortunadamente países como Dinamarca, Francia y Alemania empezaron a abrirlas, y otros, como Suecia e Islandia, nunca las cerraron).

 

Está ampliamente demostrado cómo los cierres de las instituciones educativas deterioran significativamente el desempeño emocional y académico de los niños. Se ha comprobado que, cuando se ausentan por periodos incluso menores a los que estamos viviendo, obtienen peores resultados en las pruebas, son más propensos a perder el año y muchos terminan desertando. Fue el caso de Bélgica en 1990 cuando los profesores del área francesa estuvieron en huelga y sus resultados pudieron ser comparados con los del área flamenca que no interrumpieron clase, o el de Estados Unidos cuando debido a razones climáticas los colegios permanecieron cerrados varios días y los niños obtuvieron malos resultados en las pruebas de Estado; o el de África Occidental cuando, como consecuencia del Ébola, se cerraron las escuelas y aumentó significativamente el embarazo adolescente y por consiguiente la deserción escolar.

 

Mientras las familias solventes tienen acceso a todo lo que se requiere para que la escuela virtual opere, los menos favorecidos cuentan con poca o ninguna conectividad, comparten un teléfono o computador, si es que tienen, no cuentan con libros, ni logran acceder a recursos educativos. Adicionalmente, sus padres poco pueden apoyarlos porque por lo general cuentan con menor formación. En países con sociedades equitativas como Dinamarca, Eslovenia y Suecia, el 95% de los jóvenes tiene computador en casa; en México el 94% de las familias de nivel socioeconómico alto, y sólo el 29% de los de los de bajos recursos. En Colombia, según datos del Censo 2018 (DANE), el 50,8% de los hogares en las cabeceras municipales cuenta con computador y sólo el 9,4% de las familias en centros poblados y en zonas rurales dispersas. 

 

El acceso a los recursos necesarios para la educación virtual no es la única limitación. Corea del Sur, experto en educación virtual, demostró que por más buena que sea, no logra alcanzar la calidad de la presencial. Muchos otros elementos contribuyen a esto; los maestros, por ejemplo, en su gran mayoría, siendo sin duda el caso de nuestro país, están capacitados para enseñar presencialmente.  Por lo tanto, el reto que les ha implicado esta situación ha sido inmenso, pues están poco preparados para afrontarla. Adicionalmente, muchos de ellos tampoco cuentan con los recursos tecnológicos que se requieren. No es de extrañarse entonces que tanto maestros como alumnos estén desubicados. Los primeros, replican de manera virtual sus clases presenciales y los segundos deben hacer lo mismo que hacían en el colegio, pero ahora sin compañeros, sin el espacio adecuado, sin los recursos necesarios y, lo peor, sin un maestro que los guíe. 

 

Nunca la educación virtual, ni siquiera aquella bien diseñada e impartida, y el acompañamiento de los padres, por bien intencionado que sea, podrá remplazar a los profesores de verdad o brindar las habilidades sociales que se adquieren en los espacios de juego y recreo. El impacto económico será devastador. Un cálculo conservador realizado por el sistema nacional de estadísticas de Noruega estima que el cierre escolar, desde el jardín hasta el bachillerato, le está costando a su economía 161 millones de dólares al día debido a la pérdida de productividad que actualmente tienen los padres y a la pérdida futura de ingresos que sufrirán los niños de hoy, asumiendo que están aprendiendo la mitad de lo que normalmente aprenderían.

 

Ahora, más que nunca, el país debe invertir en educación. Hoy el sistema educativo debe acompañar a los profesores y debe asistir a los padres de familia de manera virtual con sesiones diseñadas para ellos, para ayudarlos a sobrellevar esta circunstancia. Se debe contextualizar el proceso educativo de tal forma que se utilicen los recursos y el espacio que se tienen en casa. Aprenderá más de matemáticas un niño siguiendo una receta, que copiando ecuaciones en un cuaderno o accediendo a algún recurso virtual que sin contexto suele ser aburrido e incomprensible. Hay que asegurar que los recursos estén disponibles para todos los colombianos. La educación por radio y televisión debería ser la herramienta principal, mientras se logra dotar y conectar a todo el país.  Hoy es cuando necesitamos un sector educativo que se arriesgue a proponer “impensables” como lo hicieron algunas universidades que entendieron que lo que importa es aprender a vivir esta nueva realidad. Por esta razón, decidieron eliminar la evaluación cuantitativa enseñando a los estudiantes lo lindo que es aprender por aprender, no por la calificación. En el mismo sentido, se debería considerar la posibilidad de que ningún estudiante pierda este año escolar, y así eliminar una de las principales razones por la cuales los niños desertan. Este es un momento extraordinario, y cuando todo cambia, la educación está obligada a reinventarse.  

 

Esperemos que no sea cierto lo que al parecer afirmó la Ministra de Educación: que los niños debían preparase para estudiar en casa por lo menos hasta final de este año, porque lo que debería estar haciendo en este momento el sector es buscar alternativas para reabrir lo antes posible. Claro está, que este proceso se debe hacer de manera responsable, con las condiciones de sanidad necesarias para evitar la propagación del virus, y aprendiendo de las experiencias de aquellos países que ya reabrieron o nunca cerraron. Adicionalmente, debería estar construyendo un programa para aquellos niños que necesiten ponerse al día (serán casi todos) y capacitando a los docentes y orientadores para que puedan ayudar a niños y jóvenes a superar las afecciones emocionales que la pandemia y el confinamiento les causen.

 

Es ahora, en esta “guerra” que nos tocó afrontar, que se necesita que los colegios y los jardines infantiles vuelvan a ser espacios protectores donde los niños y jóvenes aprenden, comparten y socializan. Como el barco de Teseo, esta crisis obliga al sector educativo a adecuarse mientras navega y seguramente serán tantos los cambios que se necesitarán, que cuando lleguemos a nuestro destino el barco ya no será el mismo. Ojalá sea esta la oportunidad para que el sector se empodere y asuma la gran responsabilidad que tiene sobre nuestra reconstrucción.

* Exviceministra de educación, gerente general Jardines Infantiles Origami

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