Opinión

Para días de coronavirus: El regreso de la historia, por William Ospina

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Republicamos una columna del poeta, escrita en 2018, pero que ahora tiene más vigencia que nunca en una crisis que cada vez se hace más compleja.

¿Qué creyeron? ¿Que íbamos a intercomunicar el planeta entero, que íbamos a obrar la revolución de las comunicaciones, la revolución del transporte, la uniformización de las costumbres, sólo para que los grandes capitales se apoderaran de todo y las fronteras estuvieran abiertas para todas las marcas y los ricos del mundo se desplazaran por los reinos bebiendo champaña y tomando fotografías? He aquí que se ha cumplido plenamente el proceso de globalización que todos alaban, el aprovechamiento de la naturaleza, la generalización del consumo. Ahora pasamos a las consecuencias.

Se dice que ya no hay naciones, ni fronteras, ni patrias. ¿Por qué de repente hay que movilizar los ejércitos, por qué hay que alzar muros en las fronteras, por qué hay que detener esos barcos cargados de gente? (Lea la reciente columna de William Ospina: Del miedo a la esperanza).

Creyeron que la gente se iba a quedar quieta, confinada, ya sin tierra, sin trabajo, sin hogar, sin futuro, viendo cómo las grandes corporaciones se apoderan del mundo, viendo cómo el uno por ciento de la humanidad se hace dueño de la mitad de la riqueza planetaria. ¿Y qué hacen las corporaciones? Arrasar las selvas para devorar sus maderas, sembrar para hoy cultivos artificiales y para mañana irrescatables desiertos, arrebatar el carbono a las entrañas de la tierra y devolvérselo a la atmósfera, recalentar el planeta, cambiar el petróleo en plástico, el plástico en basura, llenar de partículas microscópicas de plástico los ríos, los océanos, el intestino humano, el torrente sanguíneo.

Podemos admirar nuestro talento: nunca estuvo la basura mejor diseñada, nunca nos comunicamos más, nunca más inútilmente. Cuando éramos aldeanos podíamos cuidar la aldea, ahora somos planetarios, pero no sabemos cómo cuidar nuestra casa. Porque una cosa es proteger el pequeño bosque y otra es cuidarse de males que no sabemos quién produce y quién alimenta.

Al parecer, ya nada depende de los pequeños lugares y ya nada depende de los individuos. Kafka lo supo: el emperador está demasiado lejos y su carta no llegará jamás al hombre común. Y si antes los alimentos eran las medicinas, ahora los alimentos nos enferman y las medicinas nos enferman todavía más. Podría llegar el día en que la vida y la enfermedad sean la misma cosa. (Recomendamos nuestra serie Pensamientos desde casa: El coronavirus y el milagro de la lectura).

Es verdad que nunca supimos tanto del mundo, pero nunca estuvo el mundo más en peligro. Antes podían decir que era alarmismo, y se tranquilizaban no mirando la realidad sino las estadísticas. Ahí estaban los titulares de los medios para ofrecer un panorama tranquilizador. Ahora los titulares son alarmantes y las estadísticas son escalofriantes.

Hasta las noticias aparentemente bellas tienen un hemisferio oscuro. Si nos dicen que están floreciendo los cerezos en invierno, si nos dicen que hay bellísimos témpanos de hielo derivando hacia el sur, si nos dicen que hay garzas en las ciudades, si nos dicen que ya los ruiseñores cantan de día. Ahora de noche en París en verano vuelan graznando los cuervos. ¿Cómo pintar un cuadro romántico en México o en Pekín, si la gente anda con mascarillas entre el smog? Este ya no es el mundo de Leonardo, sino el mundo de Banksy.

La edad del optimismo nos vendió la ilusión de que un montón de males habían quedado atrás. Los éxodos, las guerras, las torturas, los déspotas ignorantes y prepotentes eran cosa del pasado. Atrás habíamos dejado a Calígula, atrás habíamos dejado las diásporas, el racismo de los Reyes Católicos, los potros de la Santa Inquisición.

Y nos acostumbramos a encontrar una explicación local para los males que inventaba el presente. Pero tal vez es Borges el que tiene razón, tal vez el tiempo es cíclico, y tal vez “en edades futuras”, “cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita noche de su palacio fétido el Minotauro”. Tal vez todavía nos espera todo lo que ya hemos vivido. Tal vez sólo hemos vivido el prólogo, y apenas está a punto de ocurrir la historia universal.

Para nadie sería grata la posibilidad de que Hitler o Stalin estén agazapados en el porvenir. Pero es que el futuro es algo que tenemos que merecer por nuestros actos, no algo que debamos abandonar a las inercias de la historia.

Si algo nos está diciendo el presente, es que la humanidad nunca alcanzó sus grandes conquistas para siempre, que cada generación tiene que defender lo que hicieron sus padres, que se requiere solidaridad entre las generaciones humanas y que vivimos en una edad ingrata y estúpida donde no valoramos los esfuerzos del pasado, sus grandes gestas y sus grandes sueños, y estamos embelesados de maquinitas y de espectáculos mientras el milagro de la civilización, de las civilizaciones, es despreciado y arrojado como un fardo inútil. Una humanidad incapaz de aprender de su historia la repetirá miles de veces; en ausencia de los dioses reinan los fantasmas.

¿Qué pasa con esos miles y miles de africanos que se lanzan en sus pateras suicidas a buscar el sueño de la Europa del bienestar y de los Derechos Humanos? ¿Esos que se arriesgan a convertir el Mediterráneo en un cementerio y que están conservatizando a Europa? ¿Qué pasa con esos cientos de miles de venezolanos que están haciendo entre incontables penalidades el viaje a pie por las naciones vecinas? ¿Y qué significan esos miles de centroamericanos que avanzan a pie hacia las ciudades del sueño americano? ¿Tendrán sólo una explicación local estas cosas, o serán las crecientes señales de un mundo que ya no es patria para sus hijos, de una época que produce opulencia para unos pocos y miseria para millones y millones?

Creímos que estábamos en la época de los transbordadores espaciales y de los trenes de altísima velocidad, pero las muchedumbres que huyen viajan a pie. Creímos que íbamos entrando en el Apocalipsis, pero apenas estamos llegando al Éxodo.

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