Coronavirus en Europa

Pruebas de vida en tiempos de crisis: un relato desde Madrid

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España ha sido uno de los países más golpeados por el coronavirus, ubicándose siempre entre los primeros lugares en el promedio mundial. Esta es la historia de personas que superaron la enfermedad y hoy pueden contar su experiencia.

Hasta el momento el Ministerio de Sanidad español ha notificado un total de 232.469 casos confirmados de COVID-19, 27.709 fallecidos y 144.783 recuperados. Estas cifras significan que en España el virus ha golpeado de manera directa al 0,5% de una población de 46,94 millones de personas; pero también, de acuerdo con expertos, que el país tiene un alto número de casos superados.

Pedro Alsina hace parte de los que tuvieron la enfermedad pero lograron sobreponerse, aunque los efectos colaterales de la enfermedad en su cuerpo siguen presentes y, según los médicos, deberá esperar por lo menos seis meses para superarlos.

La historia de Alsina comenzó el 3 de marzo, cuando la COVID-19 se veía todavía como algo lejano, a pesar de que ya cobraba miles de vida en Italia. En Madrid, por ejemplo, en aquella época todavía se salía a trabajar o estudiar, la gente se pasaba las tardes en los parques o en las terrazas acompañada de unas cañas y unas buenas tapas.

Los comunicados oficiales de entonces señalaban: “En nuestro país no se ha detectado ninguna persona afectada. Todos los casos analizados hasta el momento han sido descartados. El ministro ha insistido en que España está preparada para afrontar cualquier eventualidad”.

Alsina asistió a un evento sanitario, industria en la que trabaja, mientras en varias ciudades se realizaban conciertos, marchas, protestas y hasta concentraciones políticas. Este hombre recuerda que incluso él bromeó sobre el virus. Ese 3 de marzo le dijo a otro asistente que todos eran un “grupo de suicidas”, porque había más de 200 personas a menos de un metro.

La risa pasó y llegó la preocupación; a los pocos días comenzó a sentir los síntomas: fiebre, dolor de cabeza, malestar de estómago, falta de apetito y pérdida gradual del gusto y del olfato. Vea también: Coronavirus: ¿Por qué es tan difícil dar datos fiables de la pandemia?

“El primer diagnóstico que me dieron fue el de una gripe, a lo que respondí que no podía ser, porque yo me había vacunado y, como respuesta, me dijeron que daba igual, que se podía repetir. Así que me recetaron paracetamol (acetaminofén) contra la fiebre, me dijeron que me hidratara y descansara. Así estuve unos diez días. No me podía mover”.

Cuenta Alsina que al cabo de unos días recuperó el olfato y el gusto, pero el malestar en el cuerpo seguía presente. “Todos los días me hacían seguimiento telefónico. El 20 de marzo me dijeron que si me podía tomar la saturación de oxígeno”. Farmacéutico de profesión, se sorprendió con la petición porque era algo que pocos podían contestar.

“Por el medio en el que trabajo, sé qué es y cómo tomarla, pero muchos otros te dirán: ¿eso qué es? El punto es que cuando me la tomé estaba en 89, lo que sea por debajo de 90 hay que preocuparse”. Dado el mal resultado, se dirigió de inmediato al Hospital de la Puerta de Hierro, en Madrid, “me hicieron pruebas de sangre, un electrocardiograma, una placa. Me diagnosticaron una neumonía bilateral, pero en la prueba del coronavirus había dado negativo”.

A pesar de eso, a Alsina lo ingresaron y lo trasladaron a una sala exclusivamente habilitada para pacientes con la COVID-19. “En esos momentos tener ciertos conocimientos te juega en contra, a mí no me preocupó tanto el tema de tener coronavirus, sino los efectos colaterales del tromboembolismo pulmonar; me asustaba mucho ‘lo que pudo haber sido y no fue’. Tenía un trombo en la arteria pulmonar, silenciosa, porque no sentía dificultad para respirar y si hubiese seguido más días en cama y no me hubiera tomado la saturación de oxígeno… ya no estaría acá”.

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Lo mismo le sucedió a Estefanía Longarela, quien asistió a una clínica de Ibiza —lugar en que reside— debido a un cuadro de fiebre y malestar general. Allí le diagnosticaron una infección respiratoria. “Me aislaron y se dieron cuenta de que tenía principios de neumonía, yo no lo notaba, porque no tenía problemas respiratorios”. Aunque no le hicieron pruebas de la COVID-19, le hicieron otra de virus comunes y le salió negativo. “Me dieron antibiótico, paracetamol y un broncodilatador y me recuperé bien. Nunca supimos qué fue”.

Era 20 de marzo y en España la curva comenzaba su ascenso. Ese día, dice Alsina, ya se podía presagiar lo que iba a pasar, porque pasaron casi dos horas antes de que lo llevaran a la sala habilitada para infectados con coronavirus. “Cuando finalmente el camillero me trasladó a dicha sala me preguntó: ‘Ha dado positivo?’, le dije que no, pero que tenía los síntomas. Y entonces entendí el miedo que sentía el personal, con apenas una mascarilla de protección, de ir al pabellón especial de COVID-19”.

Una vez en la habitación, Alsina tenía ciertas instrucciones a las que debía atender de manera imperativa: al ingresar alguien debía, siempre, ponerse la mascarilla; cuando hablara con alguien debía responder hacia el lado contrario; y solo podía quitarse la mascarilla cuando estuviera solo. “Cuando iban a ingresar, desde la puerta anunciaban: ¡mascarillas, todos con mascarillas!”.

De acuerdo con el doctor que lo atendió, la mayoría de afectados cursan la enfermedad prácticamente sin sintomatología. “El 15 % como usted precisan de hospitalización. Un 5 % pasan por la UCI y eso es lo que tenemos que evitar”, le dijo. De acuerdo con los datos más recientes del Ministerio de Sanidad español, los casos de COVID-19 que han precisado hospitalización son 124.571, los ingresos en UCI han sido 11.493 y los fallecidos de comunidades autónomas en el país son 27.459.

Pedro Alsina duró siete días en el hospital. Para él, los pequeños detalles cobraron una importancia única. Por ejemplo, las cartas que le llegaban dándole ánimo de personas que no conocía, pero que le daban fuerza todos los días, las conversaciones con sus amigos y su mujer, hasta la primera vez que, acostado en la camilla, su médico de cabecera le ofreció una mano. “Recuerdo la primera vez que pasó porque además de sonreír y tener palabras de ánimo siempre, me tendió la mano y yo no supe qué hacer. ‘No te preocupes, llevo doble guante’”, relató el hombre.

Todos los días les hacían pruebas en la habitación, a él y a su compañero, que llegó un día después de su ingreso. “Con mi compañero nos hacían placas, exámenes de sangre, intravenoso y arterial, electrocardiogramas... A mí me hicieron un ecocardiograma, en fin”. Diez días duró la hospitalización hasta que después de una notable mejoría lo dieron de alta.

“Salí de la habitación, los médicos me aplaudían y aunque tenía poca voz, les dije: ‘Soy yo quien os tiene que aplaudir a vosotros, yo no he hecho nada’. Afuera mi mujer esperándome, me subo a la parte de atrás del coche, bajo la ventanilla, llego a mi casa, me ducho, entro de nuevo y sé que se vienen quince días más sin poder salir no de casa, de mi habitación”, recuerda.

Fueron quince días en los que estuvo confinado en su habitación, recogiendo la comida que su mujer o su hijo le dejaban servida en una bandeja afuera de su puerta, compartiendo con ellos por videollamada y viendo el mundo de una manera muy distinta.

“Para estar quince días en mi habitación tuve que crear rutinas, hacía los ejercicios para mejorar mi capacidad pulmonar, también algunos ejercicios con bandas elásticas, porque perdí cerca de quince kilos, escribir por la mañana, por la tarde lo repasaba y así salió mi crónica sobre mi experiencia, que se hizo viral en redes”.

Sobre sus reflexiones en cuarentena, dice que lo más relevante fue entender que puedes perderlo todo en poco tiempo.

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