Turistas varados, sin salida y sin culpa

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Miles de estos turistas de todo el mundo están ahora varados en Colombia. Algunos describen en los grupos de Facebook como fueron echados de sus hostales y que ahora no encuentran alojamiento por ser “gringos". La visión de un alemán que vive en Colombia desde el año pasado sobre lo que el COVID-19 ha generado.

Cerrar las fronteras y los aeropuertos del país puede parecer la medida más fácil para frenar una pandemia. Lastimosamente, un virus no pide visa ni permiso para ingresar al país. Haber cerrado las fronteras es un eufemismo. La mayoría de las más de 6300 kilómetros de frontera terrestre de Colombia son verdes y atravesados por cientos de trochas. Hace unas semanas viajé con migrantes haitianos y africanos por tierra desde Ecuador hasta Panamá. Presencié y comprobé la precariedad en los controles migratorios en las fronteras.

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Cerrar una frontera puede tranquilizar la población pero no va a parar un virus que ya está en Colombia. Para esto se necesitan controles y más controles y – si estos no funcionan – una cuarentena obligatoria, como la que empieza este martes. Todo el mundo sabe que significan estas medidas para la economía de un país que depende mucho del turismo. En 2019 más de 4.5 millones de turistas visitaron el país, es decir, en promedio más de 12 mil por día.

Miles de estos turistas de todo el mundo están ahora varados en Colombia. Algunos describen en los grupos de Facebook como fueron echados de sus hostales y que ahora no encuentran alojamiento por ser “gringos". Muchos más cuentan que ya los colombianos los miran con sospecha y que les tienen miedo. Otros pocos mencionaron que fueron interceptados por policías que querían cobrarles más de un millón de pesos por no llevar tapabocas.

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Los primeros que aprovecharon de esta situación fueron las aerolíneas. Los precios para pasajes de avión desde Bogotá a Múnich se multiplicaron. Cobraron hasta 18 millones de peso por un vuelo – evidentemente solo ida – que normalmente ni cuesta dos millones. Es un aprovechamiento tan descarada que uno entiende qué muchos turistas no quieren volver a Colombia. El viejo eslogan del Ministerio de Turismo de que “el único riesgo es que te quieras quedar” ahora se lee como “el único riesgo es que no te quieran dejar ir”. El bienvenido con que los colombianos hasta hace poco recibieron visitantes de todo el mundo no debe callarse en tiempos de crisis.

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No quiero generalizar, hay todavía muchos colombianos que no se dejan vencer por el miedo y que siguen ayudando a los turistas. Pero se siente un cambio en la percepción. Hace pocos meses los turistas eran más que bienvenidos al país para conocer sus maravillas y, claro, dejar dólares y euros. Ahora parece que para unos son parias y que mucha gente se aprovecha de su situación. Pero de cómo los tratamos en la crisis depende su regreso. Algo que nos debe importar no solo por la imagen del país sino porque el turismo es el “motor” de la economía nacional, del cual dependen 1.9 millones de colombianos.

Las noticias falsas de viajeros que supuestamente rompieron la cuarentena ahora inundan las redes sociales. Parece que los turistas se vuelven blancos de una xenofobia provocada por el miedo ante COVID-19, una actitud que es una vergüenza para un país multiétnico.

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Muchos extranjeros y turistas ahora no tienen la oportunidad de volver a su país y reunirse con sus familiares quienes igual enfrentan este reto mundial. Los colombianos con su entendimiento de familia son los que mejor pueden entender qué tan grave es ahora estar lejos de sus seres queridos. Es la primera vez en nuestra vida globalizada que los puentes al mundo fueron cortados. Debemos ser solidarios con los turistas como con las poblaciones vulnerables y no cerrarles las puertas, porque ellos y nadie tiene la culpa que Colombia y el mundo confrontan el COVID-19. Nos debemos cuidar de buscar culpables fáciles porque la discriminación y la xenofobia son un virus peor que cualquier pandemia.

* Estudiante de doctorado en la cátedra de Historia de Latinoamérica en la Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt, Alemania. 

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