«Luis Carlos fue un ejemplo de vida y tuvo un efecto en la gente» Gloria Pachón de Galán

Gloria Pachón nos contó los detalles íntimos de su vida familiar. Recordó sus gustos, sus preocupaciones, los momentos compartidos en pareja. Revivió el día en que lo mataron y reveló lo que ha pensado en estos 26 años. En primera persona.
«Más allá del reconocimiento, Luis Carlos fue un ejemplo de vida y tuvo un efecto en la gente» Gloria Pachón de Galán

«Pude haber hecho más para protegerlo. No lo digo como un reproche. Tampoco como un reclamo contra mí misma ni contra nadie. No nos dimos cuenta. Ninguno de los que lo rodeaba se dio cuenta. Sí, estaban las amenazas que llegaban a la casa; sí, sucedió el atentado frustrado en Medellín y, sí, hubo después más amenazas. Se escuchaba por las noticias que mataban a este y que mataban al otro. Sin embargo, no éramos conscientes de lo que estaba pasando del otro lado. No lo sabíamos. Y fue tal vez la buena energía que sentimos de tanta gente que lo quería, o tal vez el mecanismo de defensa que nosotros nos fuimos creando sin darnos cuenta, pero estábamos convencidos de que a Luis Carlos no podía pasarle nada.

Él sí lo sabía. Solo que nunca quiso reconocerlo conmigo. Es que yo me cansé de repetirle, una y otra vez, que se cuidara, que no asumiera tantos riesgos. Y después de mucho tiempo de discusiones sin salida, yo resolví no mortificarlo más. Era inútil. Empecé entonces, por el bien de los dos, a creerme las historias que él mismo se contaba: que él tenía una responsabilidad que no podía evadir, que su misión en la vida era cumplirla.  

Entonces me moría de rabia cuando de la nada sacaba un «Gloria, a mí me van a matar». Me llamaba de ese modo, Gloria, o Sumercé, como buen santadereano que era. «¡Cómo así! ¡Un momentico! ¡Cómo vamos a permitir que eso suceda!», le decía. Pero después nos quedábamos callados y él se ponía a pensar en su campaña, en sus responsabilidades, y yo me dejaba llevar por la idea de que nada le iba a pasar. Hasta que esa noche, en Soacha, nos demostraron lo contrario: a Luis Carlos lo mataron con los brazos en alto, como un Cristo. Su discurso lo había preparado con minucia y apenas pudo decir el comienzo. Yo salí corriendo del país, con maletas y tres niños, y ese discurso se quedó esperando a ser pronunciado. Lleva 25 años esperando. 

 

 

«Si no fuera por mis hijos, quién sabe qué habría pasado» 

Irnos. No había otro camino. Teníamos tan claro que eso era lo que debíamos hacer que ni siquiera nos detuvimos a considerar la decisión. Juan Manuel tenía 17 años. Claudio y Carlos Fernando eran mucho más pequeños. Si no fuera por ellos, quién sabe qué habría pasado. ¡Fueron tan valientes! A pesar de su edad, superaron la tragedia de una manera increíble y para mí eso fue definitivo. Ellos fueron los que me salvaron. 

No era la primera vez que viajábamos juntos al extranjero y, aunque esta vez cargábamos con el peso de su vacío, yo ya sabía cómo funcionaban las cosas. Habíamos vivido en Roma, por un tiempo, cuando Luis Carlos fue nombrado embajador de Colombia allí. En ese momento, Juan Manuel estaba recién nacido y Claudio estaba por nacer. Se llamó Claudio en honor a Italia, porque fue un país que nos vio recorrerlo y escuchó nuestras largas conversaciones, analizando muchos de los temas políticos que Luis Carlos debía enfrentar cuando regresáramos. La política, entonces, se convirtió en la base de todo. Desde ese momento y para siempre.  

Por eso cuando me preguntan si alguna vez lo puse a escoger entre la política y la familia, yo les digo que no. Que era imposible. Que no era algo que yo pudiera darle a escoger. La política era tan parte de nosotros como un brazo, como una pierna, como la pata de la cama o la mesa del desayuno. Esa mesa donde nos sentábamos y, entre huevos y café recién preparados, se hablaba de lo inimaginable. Era el momento más importante del día. Él hablaba de política, de lo que tenía que hacer, de la responsabilidad por el país; y los niños hablaban del colegio, del deporte y de los profesores. Todo hacía parte de un solo mundo. El de nosotros. Por eso era tan normal acompañarlo durante las campañas políticas. Siempre fue el paseo más divertido para los niños. Luis Carlos se entregaba a su trabajo y a ellos los mimaban, les daban de comer, les hacían sentir que la labor de su padre era importante. A medida que fue pasando el tiempo, se turnaban para ir. A veces uno, a veces otro. Siempre alguno. 

 

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Y cuando, por fortuna, a Luis Carlos lo encontraba el día en la casa, había mucho por hacer. Jugaban futbolito o se sometían a emocionantes torneos de Pacman. Él arrasaba con todos y no le gustaba perder. Eventos como los mundiales de fútbol o las Olimpiadas eran de importancia extrema. Y era tanta la emoción que alguna vez un cumpleaños de Claudio coincidió con unas Olimpiadas y él le organizó unas al pequeño, como parte de su fiesta. Tuvimos todas las pruebas. Hubo medallas de oro, de plata y bronce. Como tenía que hacerse. 

 

 

Lo que fuimos 

La vida se fue encargando de cambiarlo. Las obligaciones y los peligros le fueron quitando esa espontaneidad tan suya y lo fueron transformando en alguien estricto. Estricto con él, con sus cosas. Muchas veces demasiado. La persona que, contra todo, decidió ir a Soacha esa noche, no era la misma que yo había conocido años atrás, en la sala de redacción de El Tiempo. No era el periodista que hacía reír a todos con su sentido del humor ni el que los llevaba a hablar de la conquista espacial, el tema que era furor en el momento. 

La primera vez que lo vi, me pareció espontáneo y pensé que debía ser una persona transparente. Nada más. No llamó significativamente mi atención. Con el tiempo, me encontré con que Luis Carlos, como yo, tenía un pensamiento liberal. También supe que le gustaba la equitación y empezamos a practicarla juntos. Entonces se me fue colando entre los ojos. Más allá de la política y de su contundencia con las cosas que le apasionaban, me gustaba él como persona. Al final todo fue culpa de la Luna. Terminamos haciendo juntos el especial sobre la famosa llegada del hombre a la Luna, de la que tanto le gustaba hablar, y ese día, el 20 de julio de 1969, cuando el pie de Neil Armstrong se posó sobre esa superficie, nosotros formalizamos nuestro compromiso. 

Desastrosa fue la primera vez que salimos. Luis Carlos se estrelló en el carro contra un poste de la carrera 13. Desastrosa fue nuestra luna de miel en una casa de campo, sin agua y sin luz. Desastrosa fui yo siempre en la cocina y él con tanta paciencia y un apetito a prueba de todo, acostumbrado a comidas dudosas durante las campañas políticas. Desastroso él, aún más, con su torpeza para manejar, con su impuntualidad y con su terquedad absoluta frente a lo que sentía como su responsabilidad. Nos entendíamos bien. Compartíamos todo. Además de hablar con él de política, yo lo ayudaba a corregir sus artículos, sus columnas de opinión y sus eternos discursos. Él me acompañaba a mí, sobre todo cuando estuvimos fuera, a reportear los temas que me pedían para la revista CROMOS, para la que trabajaba como corresponsal. 

Tenía muy buen gusto. Se sabía vestir, de traje y camisa sencilla, como aquellas de la época, y unos zapatos que siempre le regalaba su mamá. Cada vez que podía, evitaba la corbata. El bigote era fundamental y aprendió que no se podía peinar: su pelo solo quedaba bien cuando estaba en desorden. A mí me regalaba vestidos de moda, de cada uno de los lugares a donde viajaba. Yo le mostraba libros de Dostoievski y de Thomas Mann, que había leído de niña, y él, por momentos, se salía de su política para comentarlos conmigo. Pero siempre volvía a ella. Hasta que no lo dejaron volver. 

Extraño todos y cada uno de los detalles de la vida que tuvimos y de las experiencias compartidas. Extraño sus gustos que permanecieron a pesar de los cambios en su semblante. Lo extraño cada vez que vemos en casa Amadeus o El último emperador para recordarlo. Para acordarnos de cómo fueron esas veces en las que fuimos los cinco a cine por última vez. Ya se sentía la presión de las amenazas y las cosas se volvían cada vez más difíciles, pero él se empeñó en que los niños vieran esas películas. Amadeus, por la música; El último emperador, por su valor histórico. Y, sin proponérselo, dejó en ellas su nombre y su rostro. Es el recuerdo más nítido que conservamos nosotros, que le sobrevivimos. 

La gente habla de Luis Carlos me recuerda a Luis Carlos. Después de 25 años dicen su nombre a donde sea que yo vaya. Y para mí la satisfacción es grande. Porque siento que lo que hizo Luis Carlos no se perdió del todo. Que, más allá del reconocimiento, dejó un ejemplo de vida y tuvo un efecto en la gente. Que el país entero, a pesar de la rabia y el dolor, no necesitó de ese último discurso para recordarlo como era».

 

 

Escrito por: Adriana Marin
Fotos: Inaldo Pérez