Un año después recordamos la tragedia en Fundación

En sus barrios, donde no hay parques ni la más mínima posibilidad de recreación, el bus de la iglesia, en el que murieron 33 niños quemados, era lo más parecido a un paseo.
Tragedia en Fundación: una cadena de fatalidades

La caravana con los 28 féretros blancos recorrió los 200 kilómetros entre Barranquilla y Fundación rodeada de miles de ciudadanos que salieron a despedir a los niños. Desde que se tuvo noticia de la tragedia, la indignación fue general. Nadie entendía cómo más de sesenta niños viajaban, sin sus padres, en un bus que no cumplía ningún requerimiento legal. Después de la avalancha de acusaciones y de la búsqueda de los responsables, los colombianos asistieron, en medio de los anuncios de alianzas políticas para las elecciones, a un espectáculo de dolor que no tenía precedentes.

Los angelitos, como los llamaron, recibieron homenajes en cada pueblito por donde pasaba la caravana fúnebre. Y luego de más de cinco horas de recorrido llegaron donde debían estar, al lado de sus padres. La ceremonia se alargó más de lo previsto por las medidas de seguridad que rodean al presidente Juan Manuel Santos, quien llegó a mitad de la misa, se sentó unos minutos y se fue sin musitar palabra.
Además del dolor contenido durante casi una semana para que sus niños descansaran en paz, los familiares se indignaron porque, sentados en primera fila, estaba una corte de funcionarios públicos que ni siquiera conocían, y que no estaban en capacidad de entender la cadena de infortunios que dio lugar a la tragedia.

 

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En cada calle de los barrios Altamira y Faustino Mujica hay una o varias familias afectadas con la tragedia.

 

El día del culto

Ese domingo 18 de mayo. Kendry se levantó a las cinco y media de la mañana; despertó a Keilyn, su hermana mayor, y buscó la ropa para que las dos lucieran ese día en la iglesia. Estaba ansiosa. No le bastó con que Rosa María, su mamá, le prendiera el televisor y la pusiera a ver El chavo; no se calmó. «Es domingo, mamá, día de ir a la iglesia». La madre entredormida le preguntó por qué tanta alharaca si apenas había ido una vez a la escuela dominical de la Iglesia Pentecostal. «Es que allá nos enseñan a dibujar y nos dan desayuno», dijo, y se fue en volandas a bañarse solita.

Keilyn no tenía muchas ganas de ir, pero ya estaban acostumbradas a hacer todo juntas. Compartían una cama en el único cuarto de la casa –sus padres dormían en otra y los separaba un viejo armario–; iban al colegio José Antonio Nariño, la una a segundo y la otra a transición; compartían a Diego y a Mateo, los peluches que bautizaban con los nombres de los primitos. Los regaban en la cama o los colgaban de una puntilla en la pared sin pañete.

Rosa María le ató el lacito del vestido a Kendry y le hizo la media moña que le pidió. Una de ellas le besó el cachete al papá. Wilson no supo cuál de las dos fue, no logró abrir el ojo, solo la despidió con un «adiós, mama». Las hermanitas Bonet Meza se fueron dichosas porque montarían en bus otra vez.

Un par de cuadras más abajo, en la casa de Ana Isabel Hernández, otros niños empezaban el día a la misma hora y con el mismo entusiasmo. Selena Patricia Urbina Díaz, de seis añitos, fue la encargada de levantar a sus hermanitos y primitos para ir a la iglesia. «Vamos, vamos», gritaba por la casa. Ellos eran asistentes habituales de la escuela dominical. «Les gustaba cantar», dice Ana, la abuelita.
Osiris, hermana de Ana, una mujer de 41 años muy devota a la Iglesia Pentecostal, era la encargada de recoger los niños de la calle 11, en el barrio Faustino Mujica. Salía cada domingo con un racimo de muchachitos colgando de cada brazo y los llevaba hasta el bus que los dirigía a la escuela dominical. Para ella y para otros hermanos de la Iglesia, fue un gran alivio contar con un bus para transportar a los niños. Había crecido tanto el grupo de infantes, que no era fácil llevarlos a pie. Y el sol, a eso de las once y media, cuando se devolvían, les pegaba muy duro.

Un mes atrás, el líder espiritual de la congregación, Manuel Salvador Ibarra, había tenido la idea de contratar un bus para que los niños no tuvieran que caminar las cinco o seis cuadras entre sus casas y la iglesia. Los chiquitines estaban felices. Nunca montaban en bus porque esos vehículos no suben por esas calles destapadas. Además, podían llevar a sus hermanitos y primitos más pequeños.
El primer domingo el hermano, como le decían al señor Ibarra, se apareció en los barrios con una busetica pequeña, más nueva que la que se incendió. Pero resultó insuficiente. Cada vez salían más y más niños con ganas de montar en bus, de ir a cantar, de pintar y tomar la merienda. A la semana siguiente, Ibarra llegó en un bus más grande, destartalado, pero con cupo para más niños.

La mayoría de los padres no se dieron cuenta del cambio de bus. Muchos ni siquiera supieron en qué condiciones iban sus hijos a la iglesia. «Es que aquí la que se encarga de los hijos es la mamá y nosotros los hombres nos desentendemos un poco y nos vamos a trabajar», dice Osman, quien perdió un par de sobrinitas. «Es que aquí todos tenemos culpa».
 

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Las calles de los barrios donde viven la mayoría de las familias afectadas se han convertido en lugar de encuentro. En ellas reciben las ayudas sicológicas y hasta les han servido para compartir el dolor.

 

El bus, según reposa en los testimonios recogidos por la Fiscalía, salió ese 18 de mayo, poco antes de las ocho de la mañana, conducido por Jaime Gutiérrez, un mecánico de profesión y todero de oficio, que ya había hecho los mismos recorridos dos domingos antes. Era la tercera vez que le prestaba el servicio, por 20 000 pesos, al señor Alfredo Esquea, dueño del bus.
Jaime sabía que el automotor solo se movilizaba con gas, así que intentó tanquear, como lo había hecho antes, usando el chip de otro vehículo. El bus ya no tenía vida útil, según las normas colombianas. Debió ser chatarrizado, pero como sucede en nuestros pueblos, estos carros viejos se van a pequeños poblados para trabajar de manera informal.
Jaime se estacionó en una bomba, esperó varios minutos, pero no llegó nadie que le pudiera ayudar. Manuel Salvador le dio 10 000 pesos para que comprara gasolina en una pimpina y se la echara al carburador con una manguera.

«Aquí eso es normal, mi seño», dice Edilberto, un mototaxista que está acostumbrado a ver que hasta un niño puede comprar gasolina en una pimpina en una estación de gasolina. Es normal, también, que los carros aquí no tengan la revisión tecnomecánica, que la gente conduzca sin pase, que los motociclistas no usen casco. También es normal que se «envenene» el carburador de un vehículo que no tiene tanque de gasolina.
Primero, el bus recogió cerca de treinta niños del los barrios Juan XXIII y Yumbo. Fray Luis Camacho, de trece años, se subió con sus primitos y vecinos. Era la primera vez que iba. Quería montar en bus. Para muchos, aquello era una fiesta. En estos barrios donde no hay parques ni la más mínima posibilidad de recreación, el bus de la iglesia era lo más parecido a un paseo.

Lizeth, una prietica muy vivaz de diez años, se embarcó porque no quería quedarse en casa solita con su abuelita; su mamá, madre soltera, estaba trabajando. Pero notó que algo no andaba bien. «El bus olía mucho a gasolina y se varó aquí arribita al frente de la llantería». Los niños de este barrio, que está muy cerca a una planta de Fenoco, recuerdan que el conductor se bajó a comprar gasolina y se la echó a la buseta con un manguerita. Los niños cantaban y jugaban sin percatarse mucho de lo que pasaba.

Yaneth Fernández los recibió en la iglesia. Había llegado antes de las ocho para limpiar los salones donde los cerca de 200 niños que esperaban ese día recibirían la enseñanza. Preparó los termos de agua y verificó la merienda que repartirían.  Los pusieron a cantar mientras esperaban a los de Altamira y Faustino Mujica. Don Manuel, un abogado litigante que llevaba varios años organizando actividades de la Iglesia Pentecostal, llegó feliz ese día a los barrios Altamira y Faustino Mujica, pasadas las ocho de la mañana. Saludó de beso a Isabel y le dijo que con Dios les traería a sus niños de vuelta.

«Es que él se dedicó tanto a los niños, les organizaba un culto especial, por eso nosotros se los entregábamos con confianza». Isabel recuerda que el hermano se despidió, ya subido en el bus, mientras animaba a los niños a cantar. Con los más de sesenta niños, solo iban cuatro adultos: Jaime Gutiérrez, el conductor; Manuel Salvador Ibarra, su esposa, Josefa Ortiz; y Osiris Hernández.
Ese día el tema fue «Dios es vida eterna» y por eso, después de recibir la enseñanza, los niños hicieron estrellas en papel. Yaneth recuerda que Lizeth llegó algo mareada. Le propuso llevarla a su casa, pero la niña se negó, quería seguir allí con sus amiguitos. Al terminar, jugaron y repartieron la merienda: jugo de mora con galletas. 

Hacia las 11:30 de la mañana debía salir el primer grupo, el de Altamira, el más grande. Pero Lizeth estaba enferma y los adultos decidieron llevar primero al grupo de Juan XXIII. Así que los cerca de 35 niños se embarcaron de regreso a casa. El bus se volvió a varar y los niños, en medio de su fiesta, se dieron cuenta de que el conductor volvió a comprar gasolina.
No le prestaron mucha atención, pero le alcanzaron a reclamar al señor porque hacía mucho calor y seguía oliendo mucho a gasolina. Llegaron a sus casas. Y unos minutos después escucharon los gritos y el escándalo del pueblo.

Mientras el bus hacía el recorrido, los niños de Altamira se fueron a la tienda de doña Cedonia, que queda diagonal a la iglesia. Compraron dulces y agua. Estaban contentos porque,  por cuenta de la niña que estaba enferma, los llevarían más tarde a sus casas y el paseo se alargaría unos minutos. Al fin, llegó la hora de irse a casa. Se subieron en medio de la algarabía y hablando del partido de Junior, que esa tarde jugaba contra Nacional el primer partido de la final de la Liga. El bus seguía oliendo a gasolina porque el combustible se había regado varias veces. Los niños que iban atrás, sentados de a tres y de a cuatro en cada banca, bromearon con el tema. En esas estaban cuando el vehículo se varó. Manuel Ibarra le dio 7000 pesos al conductor para comprar gasolina y poder terminar el último viaje. Ya casi terminaba la jornada y con eso sería suficiente.
 

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La ciudad no ha vuelto a ser la misma desde el 18 de mayo. Los bares y billares no han vuelto a abrir, no se hacen fiestas, el comercio cierra temprano. Los habitantes no saben cuándo volverán a la normalidad.

 

El conductor buscó a un mototaxista para que lo acercara a la estación de gasolina, a escasos 500 metros. Al regresar, el señor Gutiérrez repitió la operación que había realizado varias veces en ese día: puso el tarro encima del motor, chupó la manguera para succionar el combustible y luego introdujo la manguerita en el carburador, ya que el bus no tenía tanque de gasolina.
Don Evaristo, un anciano desdentado de sesenta años que, además de criar a sus dos hijas se hizo cargo de dos nietas, abandonadas por el padre, no supo que sus tres hijas –las llama así sin distinguir entre hijas y nietas– iban en el bus que, por casualidad, él vio pasar por la carretera, cerca del estadio.

«Yo salí como a las cinco de la mañana a cazar, a rebuscarme para el desayuno de mi niñas. Vine a buscarlas a la casa y no estaban, me fui a encontrarlas a la salida de la iglesia». Cuando llegó a la carretera, vio un bus varado, escuchó que unos niños gritaban a favor de Junior y pensó que venían a jugar al estadio y podría ver un buen partido infantil mientras esperaba a sus hijas. Dice que vio cuando el conductor intentó prender el bus y este prendió en llamas. Corrió para auxiliar a los niños, que ya no gritaban ni cantaban. Por unos instantes un silencio pesado solo dejaba oír las llamaradas que se tomaban el vehículo de adelante hacia atrás.

Después todo fue caos.

La calle estaba muy sola. En medio del desespero, vio que un mototaxista llegó a tratar de sacar los niños. «Ahí vi que mi niña se botó del bus, como que un niño la empujó. Le dije, “Dayanita, mija, qué hace ahí, dónde está Silvana”». La niña no le contestó, tenía el pelo chamuscado y detrás de ella un niño saltó también.

Fue Juan David Barrios, de diez años, reseñado en varios medios de comunicación como uno de los héroes de la jornada porque alcanzó a empujar a varios niños antes de saltar del bus y romperse un brazo. Cerca de cuatro niños salieron saltando por una ventana que, al parecer, Osiris Hernández había roto. En medio del desespero llegaron más personas a tratar de ayudar a romper los vidrios, ya que el bus no tenía puerta trasera. Don Evaristo logró rescatar a sus otras dos nietas. Estaban quemadas, pero vivas. Agarró una en cada brazo y se las llevó para el hospital.

Marcela Pabón Montero estaba a esa hora trabajando en el Motel Luna Roja. Era la encargada de llevar el servicio a las habitaciones a este sitio, el más grande de Fundación y que, por cosas del destino, estaba ubicado justo frente a donde el bus se quemó. Escuchó la algarabía, pasadas las doce del día, y mientras Merardo, el celador, descargaba infructuosamente los dos extintores que tenía, ella descubrió que su hija estaba allí quemándose entre el bus.

Los dos hicieron parte de los valientes ciudadanos que, junto al conductor y a Manuel Ibarra, ayudaron a sacar niños del bus en llamas. Marcela logró rescatar a su pequeña Neydis Montero y llevarla, ya sin piel, al hospital. El lugar se llenó de gente en pocos segundos. La histeria se tomó a la multitud, que quiso tomar justicia por sus manos contra Manuel Ibarra y Jaime Gutiérrez. Asustados, los dos se fueron. El líder espiritual se fue a una clínica privada a que le atendieran una herida en su mano izquierda; perdió una falange. Estaba desconsolado porque no logró rescatar a su única hija, a la luz de sus ojos, Luz Celia, que murió calcinada sin que él ni su esposa pudieran hacer algo. Josefa había logrado salir, pero llegó en muy mal estado a una clínica de Santa Marta.

Jaime Gutiérrez, asustado porque la turba amenazaba con lincharlo, se fue a la estación de policía y se entregó. Ibarra fue capturado en la clínica y protegido para que no lo agredieran. Mientras el pueblo entraba en histeria colectiva y el sistema de salud intentaba atender los heridos, la policía se vio a gatas para contener el desorden.

De manera clandestina sacaron del pueblo a Jaime y Manuel para Santa Marta. Otros intentaron evitar que la gente sacara los cadáveres calcinados del bus. Doña Isabel fue una de las que intentó hacerlo, porque creía que una de sus sobrinas podría estar con vida. Al final, el dictamen de los peritos de la Fiscalía fue el siguiente: la temperatura del vehículo subió, la manguera se dilató y esto provocó un escape de gasolina dentro del motor. Al intentar prender de nuevo el bus, se produjo una chispa que desató el incendio.

Tal vez si estos barrios tuvieran alcantarillado, vías pavimentadas y parques en los cuales los niños pudieran jugar, no tendrían que salir corriendo a montarse a un bus cualquiera buscando un refrigerio y una oportunidad de jugar y aprender. Solo así se entiende la molestia y la indignación de los habitantes de Fundación cuando las autoridades del Estado intentaron tomarse el protagonismo del sepelio colectivo en el que enterraron a 28 de los 33 muertos esta semana. La visita del presidente Juan Manuel Santos, de apenas unos minutos, trastocó la ceremonia al punto de no permitir que los familiares de las victimas, venidos desde diferentes ciudades de la costa, entraran al sepelio de sus angelitos.

 

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El sepelio colectivo de 28 de los 33 niños conmocionó a la población. La caravana con los féretros partió de Barranquilla en horas de la mañana y la inhumación concluyó hacia las cinco y media de la tarde.

Fotos: Inaldo Pérez