El sueño que Faryd Mondragón le confesó a CROMOS en el 98 se cumplió

Faryd Mondragón fue nuestra portada en  julio de 1998 y nos contó en qué pensaba mientras lloraba la derrota que eliminó a Colombia de Francia 98. Sueña con volver al Mundial desde ese día, y hoy, 15 años más tarde, estamos dentro del mundial.
El sueño que Faryd Mondragón le confesó a CROMOS en el 98 se cumplió

Publicado el 6 de julio 1998, edición 4.196

Por: María del Rosario Arrázola

Las lágrimas que Faryd Mondragón Alí derramó sobre el campo de Lens después de que el árbitro mexicano pitara el final del partido ante Inglaterra, contagiaron de dolor y tristeza a toda Colombia. Era el adiós de la Selección Colombia de Francia 98. Era también el adiós de una era del fútbol colombiano en la que este arquero se convirtió en una de sus grandes figuras.

Pero este pitazo estuvo lejos de ser el fin para Mondragón. Su gloria estaba por comenzar. Ni siquiera habían transcurrido cinco minutos después del partido, cuando los comentaristas y analistas deportivos no ahorraron elogios para este hombre de 1,92 metros de estatura. A pesar de la derrota, de los goles de Anderton y Beckham y de la frustración, el llanto de Mondragón fue la noticia. Sus heroicas atajadas y sus gritos de angustia para que sus compañeros no se rindieran, le dieron la vuelta al mundo. No había duda, Mondragón era el ídolo.

Sin embargo, meses antes, en plena eliminatoria, era el villano. Aquel fatídico gol ante Argentina en el Metropolitano de Barranquilla les dio argumentos a sus enemigos para que muy pronto lo llamaran “Mondragol”. Este fue el inicio de la dramática historia personal que estuvo a punto de sentarlo en la banca. Es más, días antes de que el técnico convocara a los 22 jugadores para el Mundial de Francia, su nombre, aunque estaba en el sonajero, dejaba muchas dudas.

Jamás se le cruzó por la cabeza dejar el fútbol ni su portería. Por su mente pasaron muchas cosas que lo motivaron y que le indicaban que no era la hora de desfallecer. Se acordaba, por ejemplo, de su debut como arquero durante un partido entre Santa Fe y el Deportivo Cali en el estadio El Campín. No podía tampoco defraudar a su padre. De hecho, su pasión por el fútbol la había aprendido de él cuando aún era un niño y le relataba los partidos que alcanzó a jugar en la segunda división del Cali y del América.

Pensaba, también, en Andrés Escobar, en Leonel Álvarez, en René Higuita que marcaron un hito en la historia del deporte y que eran el ejemplo más cercano que debía seguir. Se acordó de cuando lo había intentado todo en el fútbol hasta que descubrió los tres palos de la portería. Intentó ser delantero, volante, jugar en el medio campo y hasta pensó ser director técnico.

Pero un buen día, cuando el titular no llegó y se acordaron de un jovencito que además de futbolista practicaba natación -deporte que, junto al golf, todavía practica-, equitación y voleibol, lo mandaron al arco, del cual no pudo volver a salir. Por algo decidió, luego de graduarse de bachiller en el Colombo Británico de Cali, no presentarse a la Universidad. Ese no era su campo.

Por los días en que Hernán Darío Gómez debía anunciar la nómina completa que llevaría a Francia, Mondragón seguía deprimido. Buenos Aires y la hinchada de Independiente le ayudaron. Estaba lejos de la polémica y se negó a escuchar las noticias que salían de Colombia. Pero sabía que la única forma de recuperarse era atajar todo lo que le dispararan, incluyendo las críticas, las ofensas y los comentarios mordaces.

Seguramente su temperamento también le ayudó. Durante un año, Mondragón, consciente de que tenía un pie fuera de la Selección, se refugió en su profundo silencio, en su timidez y en devotas oraciones para ganarse la titular. Además del empujón divino, Mondragón tuvo que jugársela toda en la cancha de Independiente de Avellaneda y demostrar por qué debía estar en el arco. Contra todo pronóstico, menos el suyo, lo logró: una semana antes del partido inaugural de Colombia frente a Rumania se juró a sí mismo que iba a dar de qué hablar.

 

 

EL HOMBRE

Detrás de Mondragón no solo está su arco. Esa vitalidad desbordada que exhibe en cada partido desaparece cuando sale del juego. Es allí donde se transforma y retoma su rol de hombre trascendental con la vida, con el amor, con su familia y especialmente con su padre: Camilo.

Es reflexivo y su mirada es profunda. Sus palabras son escasas, pero es dueño de una gran serenidad que aun en las circunstancias más adversas se da el lujo de callar.

Sueña y sueña mucho. Sueña con volver a jugar en Colombia en el Deportivo Cali. Sueña con Europa, pero detesta la idea de dejar su Buenos Aires donde conoció los colores de la fama.

Está enamorado y sueña con el matrimonio y con tres hijos. Quiere tener solo una niña, porque "las mujeres son muy complicadas".

No deja de soñar con la Selección Colombia. Pero sabe también que los sueños solo son eso, y que su futuro solo está en manos de las jugadas del destino. Aunque no pierde de vista que quien es caballero repite, y ojalá en el Mundial del 2002.

Por lo pronto, el destino lo devolverá a Independiente la semana próxima, donde se reencontrará con su hinchada y con su técnico César Luis Menotti. Un encuentro que le produce ansiedad.

Ahora está en Cali. Viendo por televisión los partidos que restan del Mundial, acompañado por sus amigos de siempre, los del barrio, Federico y Jaime, quienes no dejaron pasar por alto su cumpleaños número 27, que le tocó pasarlo en plena concentración en Francia el día antes del encuentro con Túnez. También está con su llave dentro y fuera de la cancha, Faustino Asprilla, de quien es amigo hace más de trece años. Y por supuesto con su hermano Juancho; así le dice.

Mientras aborda el vuelo que lo llevará a Buenos Aires, disfruta en su ciudad de grandes aficiones. Trota por las calles de Cali, ve fútbol, lee fútbol y juega fútbol.

Una que otra noche sale del puente para acá, donde está la rumbera y escandalosa Avenida Sexta, a bailar salsa y a contarles a sus amigos las anécdotas que todos quieren oír. Anécdotas que hoy ya hacen parte de la historia, de esa historia en la que Faryd Mondragón fue la figura estelar.

 

 

DESDE EL ARCO   C. ¿Qué tiene Argentina que no tenga Colombia? F. M. Historia, pasión, fervor y mucho respeto.   ¿Volvería a jugar en Colombia? Sí, pero en el Deportivo Cali, cuando nombren de presidente a Óscar Astudillo.   ¿A quién le debe todo lo que tiene? A Dios.   ¿Qué le pide a Dios? Sabiduría para no equivocarme y entender los mensajes que manda, y saber distinguir entre qué puedo cambiar y qué no. Lo que más le pido a Dios es salud para mi familia y yo.   ¿A quién más le reza? Al Señor de los Milagros, a la Virgen de la Medalla Milagrosa, al Divino Niño y a la Virgen de Guadalupe. Cuando estuve en México compré un cuadro inmenso con la imagen de la Virgen de Guadalupe. ¡Es tan hermoso!   ¿Si pudiera borrar un momento de su vida, cuál sería? Los goles que me han marcado.   ¿Cuál es el jugador que más admira? Alessandro Del Piero.   ¿A quién le haría un monumento? A Francisco Maturana, o Hernán Darío Gómez, o Fredy Rincón, o Faustino Asprilla o al “Pibe” Valderrama.   ¿En qué pensó cuando lloraba? Pensaba en mi papá, en mi familia y en Colombia.   ¿Qué le decían los ingleses mientras lo abrazaban? Que no me preocupara... que yo era muy bueno… Me felicitaban. Me dieron mucho ánimo, me dijeron que me calmara porque la culpa no había sido mía.   ¿Quién es el hombre que más admira? A mi padre.   ¿Quién es la mujer que más admira? A Noemí Sanín.   ¿Ha votado alguna vez? No. Pero en estas elecciones hubiera votado en la primero vuelta por Noemí y en la segunda por Pastrana.   ¿Qué le hace falta a la Selección para el próximo Mundial? Más fogueo internacional; jugar con equipos europeos y definir la jugada de gol.   ¿Con quiénes integraría la próxima Selección? Se me ocurren tres: Giovanni Hernández, Víctor Danilo Pacheco y Néider Morantes.   ¿Una razón por la cual no volvería a la Selección? Por una amenaza.   ¿A su novia le gusta el fútbol? Hasta ahora le está empezando agustar, pero no lo entiende mucho.   ¿Qué locura ha hecho por amor? Todas, pero me acuerdo de una en especial. Un viernes en la noche tomé un vuelo en Buenos Aires, llegué a Cali el sábado, y me devolví el domingo.