Con 1,6 billones de dólares, Howard Schultz es el genio detrás de Starbucks

Howard Schultz, el creador del emporio de tiendas de café más grande del mundo, estuvo en Colombia para anunciar la llegada de su negocio al país. Esta es la historia que lo llevó a la cima.
Con 1,6 billones de dólares, Howard Schultz es el genio detrás de Starbucks

Para un colombiano el café es casi tan importante como el oxígeno. Uno al desayuno, uno para coger impulso en la oficina, uno después del almuerzo y, tal vez, otro para terminar la tarde. Vivir sin esa bebida prodigiosa parece imposible; sin embargo, en medio de la recesión económica que azotó al mundo en 2007, la gente dejó de tomar café y las ventas de Starbucks, una de las empresas más sólidas y rentables de Estados Unidos, diminuyeron tanto que el negocio estuvo a un paso de la quiebra.

Ante la gravedad de la crisis, Howard Schultz, creador de la compañía y quien se desempeñaba en ese entonces como gerente global de estrategia, volvió a asumir la presidencia y tomó la arriesgada decisión de invertir 33 millones de dólares para reunir a los 11 000 gerentes de sus tiendas en un mismo lugar. Su idea era motivar a sus empleados, en cuyas manos está el futuro de la organización. “Cometimos el error de hablar sobre millones de consumidores y miles de tiendas –dijo Schultz en esa reunión, en la que terminó bañado en lágrimas–. Eso es ridículo. El momento de la verdad de Starbucks es frente a un consumidor, un empleado de la compañía y una única experiencia con el mejor café del planeta. Tenemos que ser los mejores en eso”. 

Su idea era regresar a donde había empezado todo: un lugar acogedor que serviría como un oasis para relajarse en medio del ajetreo de las sociedades modernas; un lugar entre la casa y el trabajo donde los clientes serían atendidos como en su hogar y al que siempre querrían volver. Esa filosofía fue tan acertada que lograron recuperarse con creces de la crisis de 2007. Hoy, 25 años después de ser fundada, Starbucks tiene más de 18 000 tiendas en 62 países.

Pero llegar a ser el rey Midas del café no fue una tarea fácil. Necesitó todo su carisma, una mente visionaria y una enorme confianza en sí mismo. La historia comenzó en 1971, cuando tres académicos amantes de la cafeína –Jerry Baldwin, Zev Siegel y Gordon Bowker– decidieron montar un almacén en el que venderían máquinas para producir la bebida y el más exquisito café tostado. En este entonces, Schultz trabajaba como vicepresidente de Hammarplast –empresa que vendía productos para el hogar– y le llamó la atención que un pequeño local en Seattle le comprara más máquinas que una gran superficie como Sears, así que decidió viajar desde Nueva York a ver con sus propios ojos a qué se debía el éxito de ese lugar. 

La curiosidad de Schultz le cambió la vida. Así como su buen olfato. Con una mirada a esos estantes repletos de granos de café y después de dar un sorbo a una bebida digna de los paladares más exigentes, el empresario supo que ahí estaba su futuro. Un año más tarde dejó Nueva York –cuando por fin pudo convencer a los dueños de Starbucks de que su negocio podría volverse inmenso con él a la cabeza– y aprendió todo lo que había que saber sobre el producto. En el proceso viajó a Italia y se enamoró de esos cafés de barrio que veía en cada esquina. Presentía que ese modelo funcionaría muy bien en Norteamérica, pero los dueños de la empresa no pensaron lo mismo. Ellos conocían las mejores técnicas para tostar el café, pero no les interesaba preparar capuchino, así que le cortaron las alas.

Schultz, entonces, renunció a Starbucks y montó su propio café con la ayuda de un grupo de inversionistas. En seis meses, las filas para entrar se tomaban la calle, y en dos años ya tenía tres sucursales y vendía 1,5 millones de dólares anuales. Para 1987, el empresario consiguió el capital para comprar Starbucks, y a sus 34 años se convirtió en el presidente de esa fusión empresarial por la cual ahora tiene una fortuna de 1,6 billones de dólares, según la revista Forbes.

“Traté de construir la compañía en la que mi papá nunca pudo trabajar”, ha repetido Schultz, y ese es su gran secreto, más allá de su estrategia de expansión: se preocupó por el bienestar de sus empleados y por hacerlos sentir parte de la empresa. Les dio acciones, se encargó de que todos tuvieran seguridad social, pidió su opinión, los entrenó con la sensibilidad de un padre y, de esta manera, logró que cada una de las personas que visten el delantal verde esté dispuesta a brindar el mejor servicio posible, a hacer contacto visual con los consumidores, a recordar cuál es la bebida preferida de los clientes regulares y a adelantarse a sus necesidades para que siempre quieran volver.