«A veces pienso que políticamente soy daltónico» Antanas Mockus

Habló de sus aspiraciones políticas y dijo que «si lo de la paz sigue en buena dirección, va a llegar un momento de miedo de todo el mundo»
«A veces pienso que políticamente soy daltónico» Antanas Mockus

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Si uno quiere hacerse una idea rápida de quién es Antanas Mockus, basta con ponerle una cita en vísperas de un partido de fútbol. Después de revisar su agenda, el único tiempo que tiene disponible es entre las tres y las cinco de la tarde del viernes 6 de septiembre, es decir, justo en el momento en que el resto del país estará pendiente, frente a sus televisores, del partido entre Colombia y Ecuador con el que la selección se juega en Barranquilla su clasificación al Mundial de Brasil.

Ese solo detalle ya dice mucho del ex alcalde de Bogotá que encabezó en 2010 la famosa «ola verde» con la que estuvo a punto de comprobar que era posible transformar la manera de hacer política en Colombia: ¡Mockus rompe el molde hasta para poner una cita!

Tres años después de que resultara derrotado por la manera tradicional de hacer política, nos propusimos ir hasta su casa en compañía de su mejor amigo, Carlos Augusto Hernández, para averiguar en qué anda, y para saber, claro, si entre sus elucubraciones –que no incluyen el fútbol, está visto– persiste la idea de lanzarse otra vez a las arenas del debate electoral.

Mockus nos recibe con la actitud de un niño jovial, un niño grande al que todavía le sobra cerebro para seguir aprendiendo, como confirmaré más adelante. Hunde sus manos en los bolsillos traseros de su pantalón, con las palmas hacia fuera, y raspa la tela con los dedos. Sí, Mockus es un niño ávido de curiosidad que sonríe ante la incertidumbre y se entrega con genuino interés. Nos sentamos en una sala contigua a la entrada de la casa y, estimulados por un humeante tinto, nos disponemos a iniciar la conversación.

Hernández, académico de la Universidad Nacional, es amigo de Mockus desde hace más de treinta años, desde cuando Antanas arribó de Francia a comienzos de los años setenta, convertido en matemático de la Universidad de Dijon, y Carlos Augusto era ya profesor de física en la Nacional. Nadie mejor que él, testigo de excepción del salto de Mockus de la pedagogía a la política, para comprenderlo en toda su complejidad.Porque uno de los cambios drásticos que experimentó Mockus en relación con la política sucedió en la Universidad Nacional, cuando Ricardo Mosquera Mesa, recién posesionado como rector en 1988, le ofreció la vicerrectoría, con un argumento contundente: «Usted que es tan bueno para destruir, para criticar, ¿por qué no me ayuda a construir?»

_J0U0546-v2Mockus llevaba cerca de 20 años siendo un radical, criticando a diestra y siniestra prácticamente desde que desembarcó de Francia, y encontró en la Nacional una multiplicidad de intereses que le hizo pensar que la matemática no bastaba y que lo llevó a realizar un posgrado en filosofía. «Abrí los ojos hacia la filosofía, hacia la historia de las matemáticas, hacia la sociología. Lo que sentí al tomar el posgrado no era que perdía el rumbo sino que me encarrilaba, pensaba que mi vida en adelante sería leer y escribir en filosofía».

Y mientras tanto, era un crítico tenaz. No bien había entrado de profesor de matemáticas cuando insinuó su posición frente a la vida, las ciencias y la educación. «De algún modo lo que nos entusiasmaba era la crítica de la vida cotidiana. Leí una reseña en una revista lituana de un libro de Stanley Milgram, Obediencia a la autoridad, que medía el carácter irracional de la fe de la gente común y corriente en la ciencia. Mostraba que, bajo presión de un científico, la gente está dispuesta a mandarle corrientazos crecientes a una persona hasta privarla de sentido. Allí se probaba, con métodos científicos, que la gente era capaz de ser radicalmente irracional siguiendo órdenes de un científico. Entonces propuse un curso electivo: se llamaba “Mitos asociados a los científicos y al trabajo científico”.

»Era el problema del mito de la ciencia –interviene Carlos Augusto–, es decir, la ciencia funcionando como ideología, funcionando como justificación de argumentos arbitrarios. Y de lo que se trataba ese curso de Antanas era de la lectura crítica de esos textos aparentemente científicos y el descubrimiento de la ideología que subyace en esos textos. Realmente era un curso en ese sentido, bastante subversivo: primero: la ciencia no es neutral, segundo, con la ciencia se puede hacer trampa. Había un respeto acrítico por la ciencia con la cual se puede legitimar cualquier arbitrariedad. Esa era una expresión crítica, política, no en el sentido tradicional de la política, pero sí una expresión eficaz de la política».

Luego Mockus y sus amigos, entre ellos Carlos Augusto, se metieron con psicoanálisis y marxismo y más tarde con la antisiquiatría, que era una crítica a la norma. «Fue extraordinario, era un encuentro de la academia con la vida. Eran unos cursos a los cuales asistían cientos de personas. Cuando se cerraba la universidad, nos trasladábamos a otras partes y los cursos continuaban con cientos de personas. Fue una experiencia en la cual academia y política estaban juntas».

Y mientras tanto, en su trabajo de promoción se iba lanza en ristre contra lo que llamó la «taylorización de la educación».

«En el libro –añade Carlos Augusto–, se asimilaba el proceso educativo al proceso productivo, y se veía cómo esa negación que se hace del trabajador en el proceso productivo, con el “taylorismo”, se convertía, al mirar la lógica de la propuesta pedagógica que existía en ese momento, en una negación del profesor en el proceso educativo. Es decir, el profesor implementaba un programa que ya venía hecho, y entonces cada profesor era máximamente eficiente si se acercaba más al programa planteado, como en la idea del “taylorismo”: cada trabajador es más eficiente si se acerca más al más eficiente de los trabajadores. Eso se convirtió en una bandera muy importante para los maestros. Los maestros del movimiento pedagógico vendían una pedagogía en la cual no desapareciera el maestro, en la que el maestro no perdiera su autonomía, y los textos que Antanas desarrolló en ese tiempo se conviertieron en herramientas políticas fundamentales para el movimiento pedagógico. Fue un momento muy emocionante».

Sin embargo, su radicalidad se encarriló pronto gracias a la intervención del profesor Federici, un genio que había llevado las matemáticas modernas a la Universidad Nacional, y que les ofreció a ese grupo de rebeldes trabajar juntos.

_J0U0202-v2«Federici adivinaba la radicalidad de nuestra actitud –comenta Mockus– y por lo menos a mí me protegió de meterme en aventuras demasiado extremas. Me animaba a: si usted tiene esa crítica, escríbala, volvámosla debate constructivo. Fue la época en que Fecode creó el movimiento pedagógico y nos invitaron a ser parte de él. Entonces ahí mi politización encontró una expresión académica. La atmósfera era interesante, porque no era el espíritu crítico simplemente suelto que, como en la fenomenología de Hegel, termina devorándose a sí mismo. Había un esbozo de sueño de sociedad posible. Sabíamos que la utopía marxista patinaba, pero queríamos tener utopía. Y esa utopía es: aprendamos todos de todos. El maestro en eso era Federici.

»Cuando organizamos el trabajo con el profesor Federici –añade Carlos Augusto– él era el mayor de nosotros. Antanas era el más joven. Cada vez que encontrábamos algo que contradecía el punto de vista original de Federici pero que le parecía interesante, aplaudía y brincaba en el asiento. Nadie era tan joven como Federici. Todos éramos más estudiantes que profesores.

»Hacíamos talleres y charlas y redactábamos artículos –continúa Antanas–, pero andábamos en ese plan de “qué rico es aprender, que rico es servir para que otros aprendan”. Nuestra época es tan democrática que pretender enseñar sueña pedante. Entonces nosotros peleábamos: “no, es que el maestro enseña, pero es obvio que el que enseñe no garantiza que el alumno aprenda. El alumno también tiene que ponerse en actitud de aprender. Eso está ligado con la crítica de las desigualdades sociales. Hacer una reforma agraria es difícil, pero hacer una reforma educativa que ponga a la gente en igualdad de condiciones, es todavía más dificil”».

Todas estas discusiones en el grupo del profesor Federici prepararon a Antanas Mockus no solo para promover (ya en el lado de construir en vez de destruir) importantes reformas académicas como vicerrector y más tarde como rector de la Universidad Nacional. Y claro, para comenzar a darle forma a la «cultura ciudadana», que iba a ser la gran revolución de sus dos alcaldías en Bogotá.

»Eso que se llama “cultura ciudadana” fue y es un espacio de transformación de actitudes y de ejercicio de lo pedagógico –agrega Carlos Augusto–. ¿Cómo vez hoy esa relación entre pedagogía y política?»

«Creo que en el futuro va a ser una relación estrecha –responde Mockus–. De algún modo, la gente lo que hoy le pide al candidato es que gane las elecciones. Creo que en el futuro le va a pedir contenido, originalidad, calidad. Los políticos van a tener más dignidad ante los periodistas. Por ejemplo, en la campaña de 2010 llegamos a la locura de tener dos debates televisivos en una noche. Nadie en su sano juicio programa dos debates la misma noche. Mirando hacia atrás, las cosas han cambiado por la presencia de los medios. El primer plano es una desnudez de las almas. Y como yo siempre he tenido esa resistencia tan fuerte a la manipulación, se me volvió clave contarle a la gente la intención. Es decir, yo no puedo implantar la Ley Zanahoria sin contar por qué la hago. Debo mostrar que toda la evidencia que tengo a mano señala unos peligros asociados al uso del licor, etcétera. Que le cambien la cultura a espaldas de uno y sin justificar con argumentos ese cambio, pues es un atropello. Yo pongo las cartas sobre la mesa y creo que he cumplido bastante bien ese ideal».

Es evidente que a Mockus le cuesta mucho trabajo aceptar que la política debe valerse de ciertas apariencias y ciertos trucos para ser efectiva en el plano electoral, en vez de concentrarse en construir futuro, que es lo que debería contar.

«Las primeras escenas de La metamorfosis, de Kafka, me han servido mucho para pensar en el horror de convertirme en un político convencional –continúa–. La política tiene que ver mucho con intereses, pero en la política una norma básica es no hablar solo de intereses: es dar razones, es compartir emociones, es reconocer emociones. Yo soy daltónico, y a veces pienso que políticamente también soy daltónico. Ante pruebas contundentes de que dos colores son distintos, yo los veo iguales. Sucede como en la cinta de Möebius: aunque parece que tuviera dos lados, la cinta en realidad tiene una sola cara. Localmente, tiene diferencias insalvables: usted está de un lado y yo del otro. Pero si uno la recorre, basta con que uno de los dos le dé la vuelta a la cinta para que se encuentren del mismo lado. O sea: las dos afirmaciones, estamos de lados distintos y estamos del mismo lado, son ambas verdaderas: estamos en lados distintos localmente; globalmente estamos del mismo lado».

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Carlos Augusto: ¿O sea que los antagonismos no son esenciales?

Mockus: Los antagonismos son indispensables, pero no deben absolutizarse: deben ser vistos como lo que son: como diferencias locales, transitorias, temporales.

Ahora que Mockus abre el tema de la política, aunque desde una visión para nada convencional, Carlos Augusto aprovecha la oportunidad para abordar el tema fundamental: «En todas tus experiencias, hay un encuentro con la política en el cual todos los conceptos y metáforas abren posibilidades. Para unos podría significar que hay algo que ofrecer, o que hay algo de fascinación ahí. ¿Qué tanto pesa la fascinación de esos espacios de la política en estos momentos?»

Mockus: Pues, mire: cuando estaba en la rectoría, quería pintar grafitis en la universidad con la leyenda: «El poder para los que no lo quieren», y después lo corregí un poquito y puse: «Para los que no lo quieren demasiado».

Ahora, evidentemente, valen todas las traducciones que cambian el poder por el servicio. En la vida uno quiere ser útil, quiere ser relevante. Divertir a la gente es una manera de ayudar a la humanidad, pero de pronto uno sirve un poco más para otras cosas. Tengo varias responsabilidades y tengo que unirlas. En matemáticas a veces se produce la situación fascinante en que usted prueba que hay solución, pero no tiene ni idea de cuál es. Pero que hay solución. Yo creo que más o menos hay solución: hay cantidad de gente súper bella, buena gente, generosa, bien orientada… por lo general, gente que quisiera que la sociedad fuera más meritocrática, que le reconociera a la gente los méritos, no solo los escolares sino los laborales; que sueña con una Colombia más justa en ese sentido modesto de la justicia, del ingreso… Entonces está ese combo, y uno frente a ese combo es una especie de símbolo. Yo creo que la gente se identifica bastante. Nos sentimos cómodos intercambiando lugares. Entonces hay una especie de confianza, de esperanza…

Ahora, por otro lado hay una serie de trabajos en Corpovisionarios que se adelantan sobre el tema de cambio cultural, sobre el cambio de normas sociales. Entonces ese otro pedazo de la película es muy atractivo.

_J0U0296-v12El dilema, por fin, está planteado, y a Mockus se le ve dubitativo, como si quisiera aplazar su decisión indefinidamente, mientras encuentra la solución que sabe que existe pero que no sabe cuál es:

«O sea, lo que yo siento es que la gente me quiere, no toda, por supuesto, y que ese cariño es acogedor, amoroso, maravilloso, y entonces no me veo fácilmente renunciando a ese cariño digno de cuidado, es como un patrimonio construido entre muchísima gente».

Mockus se queda reflexionando en silencio más de 20 segundos, y luego añade:

«Yo trataría de organizar una propuesta que se pueda defender desde un equipo donde yo aporte en las cosas que creo y que la gente me reconoce que soy fuerte. Me encantaría hacer lo que he hecho varias veces en la vida, que es formar un súper buen equipo y decir: Antanas va ahí de adorno, o para las jugadas complicadas: cuando se trate de quitarle miedo a la gente, por ejemplo. Yo creo que si lo de la paz sigue en buena dirección, va a llegar un momento de miedo de todo el mundo: de miedo de las FARC de meterse, de miedo del Gobierno de seguir adelante, de miedo de los partidos políticos, y miedo de la gente común y corriente que va a sentir una incertidumbre muy grande. Ahí se va a necesitar dogmatismo del bueno contra el miedo».

Carlos Augusto: Hace poco me preguntaron en La W qué creía yo que se había perdido con que Antanas no hubiera sido elegido. Yo contesté: una posibilidad de la política, que de alguna manera se fortalecieran los vínculos y todos nos comprometiéramos en la construcción de una tarea colectiva. Es decir, esa capacidad de unir voluntades y hacer vivir la experiencia de esa construcción colectiva es extraordinaria. En lo que anda convertida la política es en la negación de una posibilidad vital prodigiosa, porque ser político es construir el milagro. ¿Cómo se vincularían esas posibilidades con el proceso de paz?

Mockus: Siento que tendré que dedicar parte del tiempo en los próximos meses a trabajar por el crecimiento de la confianza en el proceso de paz. También a desinflar los fantasmas y los miedos… Es curioso porque se relaciona con el teorema de la existencia de soluciones: debe haber una versión latinoamericana hedonista de las ideas de Gandhi. Pero hay que tener paciencia, la impaciencia es mala consejera.

Mockus sigue dándole vueltas a sus aspiraciones políticas, así que intento concretarlo. ¿Usted estaría dispuesto a hacer pedagogía de la política con gente que quiera hacer política de verdad, o usted cree que es más importante dedicarse a la cultura ciudadana?

«Ese es un dilema bonito porque se acerca mucho a la realidad –afirma, por fin–. Hay muchas formas de intolerancia y de violencia que valdría la pena corregir. Ahora, meterse en el escenario de la política a corregir el escenario de la política es diez veces más ambicioso y cien veces más importante».

Carlos Augusto: O sea, ¿hacer pedagogía de la política desde la acción política?

Mockus: Sí. Ahora, cuando el contexto es demasiado tradicional, me enloquezco, no puedo aportar. Pero tengo la convicción de que mucha gente ya tiene los dos chips: el de la mentalidad del vivo, del atajista, del que «me cuelo aquí y me hago el de los oídos sordos», y el otro: el que sí ha entendido que hay que respetar, no en función de la cantidad de castigos que se le puedan venir encima, sino porque le nace. Y lo que hay es un problema de coordinación, que hay que llegar a un acuerdo sobre una hora cero.

Carlos Augusto: ¿O sea que es posible producir una transformación porque ya, a pesar de los comportamientos, existe una condición que haría factible el cambio de actitud?|

Mockus: Sí, hay condición y hay convicción. La «cultura ciudadana» es un reto político.

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