«Entre el poder y el arte, escojo el arte» María Paz Gaviria

La niña desarreglada y extrovertida de Palacio en los tiempos de César Gaviria, su papá, hoy es toda una ejecutiva del arte.
«Entre el poder y el arte, escojo el arte» María Paz Gaviria

La visitamos en su casa y descubrimos que detrás de su manía por la perfección, conserva la picardía de cuando se ponía de ruana el cambio de guardia. Una auténtica Gaviria... para enmarcar.

La primera vez que la vi fue en una fotografía de prensa, no tendría más de siete años, sentada al revés en su caballo, en plena clase de equitación. Traviesa siempre y en contravía. La segunda vez, ya la vi en persona, oficiando de mujer adulta en una reunión social: tenía las uñas de las manos excesivamente cortas. La tercera vez, un año después, fumaba excesivamente. La cuarta, hace unas semanas en mi oficina, hablaba en abundancia de artBO, el proyecto que dirige desde el año pasado y que vuelve a finales de octubre a Corferias. Ahora me espera, una tarde de domingo, ya no en un encuentro casual, sino en medio de un apartamento abigarrado de buenas obras de arte. Cómo describir su espacio si ella se empeña en que le hagan fotografías en planos bien pero bien cerrados. 

Enfundada en una bata fucsia, muy bien peinada, con unos grandes pendientes de cuarzo, como alargados relojes de arena, y unos tacones negros muy altos que le combinan con su pelo muy largo, se mueve muy formal y espigada, como una dama de ajedrez, mientras la sigo hasta la sala.  En una época aciaga para Colombia, bajo la amenaza funesta del narcotráfico, ella era la hija traviesa del Presidente, César Gaviria, que con sus gestos infantiles y espontáneos fuera del protocolo distensionaba por momentos el ambiente enrarecido en los pasillos del poder. Hoy, 23 años después del gobierno de su papá, la niña sigue ahí pero encerrada dentro de la prudencia de una mujer de 30 años. Basta una excusa, una señal, una ida a la cocina a tomar café de su amada máquina de Nespresso, para que se baje de sus altos tacones y vuelva a ser la loca de la casa.

De nuevo en el sofá de cuero, frente a uno de los tableros de Santiago Cárdenas y junto a unas grandes cabezas de Buda en cerámica y una flota de barquitos de papel navegando pared arriba, obra de Lester Rodríguez, vuelve la mujer que todo lo mira y analiza, la de las respuestas cortas y los largos suspiros frente a cada pregunta. La que todo lo controla... menos sus piernas de fémina distinguida que, con el paso de la conversación, vuelven a ser las de la niña que rompe con el glamur y termina con los pies sobre los cojines sin darse cuenta.

Quedamos de vernos al otro día para la sesión fotográfica. Aparece en el estudio con una pequeña maleta naranja donde trae su propia ropa. Tiene muy claro cómo quiere el pelo, el color del labial y los accesorios para cada pinta. Mientras el fotógrafo dispara, ella observa y posa como una aconductada letra Palmer, muy bien puesta, que no quiere salirse de su renglón. Me mira, se ríe y me confiesa que en la infancia le decían María «posuda».

La clave para volver a sacarla del molde es llevarle la contraria, jugar con ella a la ironía, pedirle, por ejemplo, que no vaya a sonreír ni que se le vaya a ocurrir hacer ojos de niña traviesa o apoyarse en la pared blanca. Esto y algo de música logran diluirla frente a la cámara en su esencia efervescente de niña encantadora.

Voy a empezar por su pasión, ¿el arte era su sueño? No quiero hablar del rol de coleccionista.

Pero... ¿Su sueño siempre fue vivir rodeada de obras o es algo que se fue elaborando? El arte es para vivirlo, para sentirlo; es para estar con él, es para que te pueda inspirar, para cuando estás feliz o triste. Entonces, para responder a tu pregunta: sí, me encanta vivir con arte.

¿Hay una obra que la ayude a estar feliz? ¿Qué obra me sube el ánimo? Por estos días hay una que realizó un joven artista que se llama Kevin Mancera. La obra es su diario de viaje; es una visita por distintos lugares en busca de la felicidad. Está compuesta por dibujos recopilados. Son como caricaturas que reflejan la búsqueda de la felicidad. 

Y cuando está en las nubes, cuando necesita un cable a tierra, ¿hay una obra que la aterrice? Casi nunca busco la calma en el arte. Uno debe buscar la calma por sí solo, dentro de uno. 

Usted es una «delfina». Es horrible esa palabra. ¿Para qué sirve ese rótulo? ¿Sirve de algo ser «delfina»? No me parece horrible esa palabra. Yo me siento muy orgullosa de mi familia. Digamos que gracias a ellos logré vivir una vida con experiencias muy ricas y particulares. Seguramente por eso se me han abierto muchas puertas en la vida. Y todo lo que me ha llegado y he conseguido lo asumo con responsabilidad.

¿La gente la reconoce en la calle? A veces. Hay momentos específicos donde soy muy visible, pero trato de conservar una vida más bien discreta. Ojalá fuera más anónima. 

Imaginé que me iba a recibir en jeans con el pelo revuelto y le iba a preguntar por su pinta de domingo. ¿Esa pinta que lleva puesta no es su pinta de domingo? No sé si tenga una pinta de domingo.

Entonces, ¿un domingo puede vestirse así de elegante porque sí y ya? Sí. Y ya.

¿El fucsia le gusta mucho? Sí, me gusta mucho el fucsia.

¿Es su color favorito? No. Mi color favorito es el rojo, aunque soy malísima para los favoritos.

¿No tiene nada favorito? No me gusta, tengo muy pocas cosas favoritas. Entre esas acabo de decir una, que es el color rojo. Claro que no me gusta identificarme con una sola cosa. Me siento encasillada cuando lo hago. 

¿Con quién vive? ¿Con quién vivo…? Con mi papá.

¿María Paz de qué vive? ¿De qué vivo? Del arte.

¿Tiene una filosofía de vida? Mi filosofía es que el éxito siempre se debe medir por la felicidad. Trato de ser feliz.

¿Cree en el amor a primera vista? Creo en el amor en todas sus formas.

¿Y a primera vista? No sé si lo describiría como el amor en su totalidad a primera vista, ya que el amor es algo que se desarrolla, que crece, que tiene su vida. Al principio lo que hay es una semilla del amor.

¿Cuál es su prototipo de hombre? Mi prototipo de hombre es David Barguil, mi novio. Es un hombre inteligente, trabajador, sencillo, de convicciones. Cree profundamente en lo que hace. 

¿Está conectado con el arte? No, está conectado conmigo. Está más vinculado a la política.

Ah, al otro lado… ...No, ese no es el otro lado. La política y el arte son un reflejo de la historia de la sociedad. Ambas son una expresión del ser humano. Digamos que el arte expresa la realidad y la política la administra. La conexión está en cómo nos vemos como sociedad. Un buen político debe poder reflexionar sobre dónde nos encontramos en la sociedad, debe conocer la historia y debe tener una idea clara de cómo se debe encaminar el futuro.

Desde muy pequeña estuvo muy cerca al poder, ¿no? Sí, sin duda.

¿Alguna imagen de su infancia? No, no extraño la infancia.

¿Hay una imagen que tenga de infancia viviendo en Palacio, del año 90 al 94? Yo no necesariamente ubicaría mi infancia en esos cuatro años.

¿Sí era tan niña terremoto o los medios exageraban? Fui una niña muy traviesa y me lo permitían ser. Hacía cosas como jugar en el cambio de guardia. El Palacio de Nariño era mi casa de muñecas. Era mi infancia. Se trataba de darme la mayor cantidad de libertad, aunque era una niña físicamente muy protegida.

¿En algún momento su vida ha estado en peligro? Digamos que la vida de todos puede estar en peligro en algún momento. No sabría decir en qué momento tuve un riesgo mayor… Dejémoslo así. 

¿Nunca le molestó que la miraran, que le tomaran fotos a la hijita del Presidente, que fuera tan llamativa? No, simplemente era algo que sucedía. Era muy tranquila. 

¿Alguna vez le diagnosticaron «Mal de Sambito»? Era hiperactiva, pero en mi época no me tocaban esas cosas. Agradezco el hecho de que me hayan dejado ser niña. Nunca trataron de encasillarme sino de dejarme desarrollar normalmente.

¿Quién le daba más rienda suelta: su mamá, Ana Milena, o su papá? Los dos fueron muy liberales. Fue una época muy grata para mí.

¿Algo que todavía agradece de esa época? Que a pesar de unas circunstancias particulares y difíciles de violencia a mi alrededor, también se me hubiera dejado ser niña. Eso lo valoraré toda la vida.

¿Habla de la muerte de su tía Liliana Gaviria? No, eso fue mucho después. Estoy hablando de vivir en un país donde te das cuenta de que hay candidatos presidenciales que mueren. A veces, los niños son mucho más conscientes de esas cosas. Por ejemplo, los propios niños en el colegio me decían cosas como «van a matar a tu papá».

¿Cuál fue la pilatuna más grave que hizo?  La que te conté, la del cambio de guardia, eso era una locura. Yo me metía al cambio de guardia y marchaba con los soldados. Y jugaba con la bandera. Creo que mi papá se reía.

¿Siempre fue curiosa en el arte, desde pequeñita? Sí.

¿En Palacio, qué cuadro le llamó la atención de pequeña? Uno de Beatriz González, La constituyente.

¿Alguna vez le dio por pintar? Yo pintaba de pequeña. A los seis años tomaba clases de pintura. me gustaban muchísimo. Alcancé a pintar todo tipo de formas. Desde paisajes hasta el cuerpo humano.

¿Llegó a la abstracción? A la abstracción llegué como a los 13 o 14 años. 

¿Y hoy sigue pintando? No. 

¿Por qué paró? No lo sé, me dediqué más a la gestión cultural.

¿Y tiene guardadas sus pinturas? Las tengo muy bien escondidas.

¿Cuál es su opinión de esas obras que mantiene ocultas?  Hoy en día me gustan. Claro que a veces ni me reconozco. Hay creaciones propias con las que te identificas y otras con las que te extrañas. No puedo juzgarlas con ojos críticos. Puedo decir que esa época marcó mi vida. Cuando miro las pinturas recuerdo las experiencias de entonces.

¿Qué sentía cuando estaba pintando? Me sumergía completamente. Cuando uno está en su oficio es lo más parecido a la meditación. Es como un trance. 

¿Volvería a pintar?  Nada está cerrado en la vida… yo no dejo las puertas cerradas para nada.

¿La vida que hoy lleva se parece mucho o poco a lo que soñó de niña? Yo creo que se parece un poco. He querido ser tantas cosas tan diferentes… Quería ser artista plástica. También periodista. Tal vez abogada.

¿Y economista, como su mamá? No me llamaba la atención.

¿Y política, como su papá? Lo alcancé a imaginar. Creo que muchos elementos de lo que uno ha querido ser en la vida siguen presentes.

¿Cómo define su trabajo hoy? No me gusta eso de gestora cultural. Está de moda, pero es la realidad: soy gestora cultural. Así es. 

Pero, ¿cuál es su rol como directora de artBO? Ser la directora de artBO requiere de mucha logística; este rol puede incluir desde mirar planos en Corferias hasta la comunicación permanente con galeristas para invitarlos a participar. Yo no hago parte de la selección, pero cada año planeo los procesos. 

¿Quién escoge a los galeristas? Un comité de selección compuesto por galeristas nacionales e internacionales.

¿Qué defecto heredó de sus padres? Me la puso difícil. A mi papá le heredé un poquitico la obsesión por el trabajo y a mi mamá la exigencia conmigo misma.

En su pasantía a los 16 años en la galería Ramis Barquet en Nueva York, ¿qué le pusieron a hacer?  De todo, desde servir tintos hasta pedir cuentas. Lo divino y lo malo. Lo que hace cualquier pasante. Acomodar cuadros, llevarlos, traerlos, de todo. Fue fascinante. Me pareció muy fuerte el mercado del arte. No me lo imaginaba así.

¿Cuál fue la gran lección?  Que el arte conlleva unas realidades económicas en el mercado y que muchas veces esta dinámica está contrapuesta al espíritu del arte.

Con un papá político y una mamá economista, ¿hay algo de rebeldía en terminar en el arte? Puede que haya algo de rebeldía, pero no del todo. Tuve papás muy liberales que me dejaron desarrollar y seguí mis sueños sin problemas.

¿Su papá nunca la indujo a que fuera política, o su mamá a que fuera economista? No creo que nadie me hubiera podido inducir a nada. Ellos no lo hicieron y, de hecho, uno a veces siente frustración, del consejo que faltó, de qué hacer. No. Nunca se me impuso. Digamos que busqué mi camino. Eran conversaciones abiertas que lo llevaban a uno a sus propias conclusiones. A la final, aprecio mucho que haya sido así.

Una ciega dijo: «Todos tenemos una discapacidad, la mía es ser ciega y ya lo acepté. ¿Ustedes saben cuál es la suya?». ¿Cuál es su discapacidad?  El perfeccionismo, aunque esta discapacidad tiene diferentes niveles de concepción de las cosas, pero a veces puede ser muy contraproducente, a veces puede impedir la felicidad. 

¿Qué la estresa? Me estresa que las cosas no estén a la perfección, justo como uno las había planeado. Trato de no estresarme, pero digamos que tengo esa tendencia.

Todo el problema con el retiro de la galería Nueveochenta, de su papá, de artBO el año pasado, ¿la estresó en su momento? Fue difícil porque obré de la manera más correcta y tomé todas las precauciones para que las cosas fueran rigurosamente hechas. Entonces sí me afectó. La retirada de la galería de mi padre fue lo más prudente. 

¿Y este año será igual? La galería va a participar como todas las galerías; fue aceptada el año pasado y volvió a ser aceptada este año. Para eso existe un comité de selección. 

¿Cómo se relaja? Soy muy casera. Me gusta mucho irme a la cama con un buen libro.

¿Tiene sueños que la persigan? Sueño mucho y con frecuencia, y a veces no es tan positivo. Pero no hay escenas recurrentes.

¿Recuerda lo que sueña? Tiendo a recordar mucho, sí.

¿Qué recuerda? ¿Algo que he soñado? No, lo dejo para mí. Mejor quisiera hablar de un sueño profesional y no a tan largo plazo. Es muy real y ligado con lo que estoy haciendo. Sueño creando unas estructuras de mercado del arte que den posibilidades a más artistas y a más personas para poder vivir de lo que hacen. Yo creo que la razón por la cual hago la feria es para poder acercar a más personas al arte. Siento que el arte puede tener un impacto muy profundo sobre la sociedad y su acceso debería ser más democrático. 

El arte debería ser un bien común. Debería ser una experiencia de todo ciudadano.

¿Hay más egos en el arte nacional o en la política colombiana? Son casi igual de horribles. Están muy parejos. 

Después de esta charla, puedo felicitarla porque no le heredó la muletilla a su papá. ¿Cuál?

«Ciertamente». ¡Ciertamente!

¿Podría dejar todo esto del arte y dedicarse a algo totalmente diferente? No podría dejar el arte. No creo que vaya a hacerlo nunca. Sí podría hacer otras cosas, la vida lo dirá. Todavía hay mucho tiempo para hacer muchas cosas. No cierro las puertas.

Su mamá dice que usted quería ser coleccionista, que de pronto quería ser como Peggy Guggenheim. ¿Cuándo dijo eso? Eso es una gran mentira. Usted trabaja en un medio. ¿Sabe que no todo lo que se escribe es cierto?

¿Su mamá nunca diría eso? No, pero Peggy Guggenheim para mí sí es un personaje fascinante. Fue una mujer inspiradora que dejó un gran legado. Es una mujer que en realidad vivió por el arte.

¿A qué le tiene miedo? No soy muy de miedos... ¿A qué le tengo miedo? A veces le tengo miedo al despertador. 

¿Su mayor vanidad? ¿Qué me gusta de mí? La sonrisa.

Finalmente, entre la política y el arte ¿qué prefiere? Entre la política y el arte, elijo el arte.

¿Su mejor plan para un domingo como hoy? Sentarme a echar carreta con usted.

¡Se le salió lo político! (Se ríe, con interferencias, igual que su papá, el expresidente César Gaviria) Mi plan de domingo debe ser casero. Un poquito de televisión, leer la prensa del domingo, me encantan las ediciones dominicales. 

¿De qué equipo de fútbol es hincha?  Del Deportivo Pereira.

¿De verdad? Muy pereirana.

***

Se dispara el último flash y la luz avanza y choca como una ola ligera sobre su cuerpo pequeño de 162 centímetros y 47 kilos. Hay una María que quiere terminar la sesión fotográfica, pero hay otra que quisiera volverla una fiesta... la misma que se preocupa de aclararme que además del color rojo, otra cosa favorita en su vida es el número tres.