Brooklyn Nine-Nine, policías con humor negro en Nueva York

La serie ganó en los Globos de Oro por mejor comedia y por mejor Actor de serie, musical o comedia. ¿De qué se trata?
Brooklyn Nine-Nine, policías con humor negro en Nueva York

En algún lugar de Brooklyn hay una estación de policía, la número noventa y nueve de Nueva York. Los carros blancos con azul anuncian, en un primer acercamiento de la cámara, que los detectives están dentro del recinto haciendo su trabajo de investigación o, tal vez, en las calles de la ciudad combatiendo el crimen. Son buenos policías que cumplen con su deber. Analizan la escena, las pistas, recolectan información y buscan al culpable hasta que lo encuentran. Todo parece sencillo. Demasiado sencillo. Tanto que no existe el suspenso. No, al menos, el que uno espera en la resolución de casos de asesinatos y desapariciones. No hay dramas de familias que lloran ni caras tranformadas por el dolor. No hay tensión en los cuarteles ni angustiosa premura por un asesino suelto todavía incógnito. De eso no. Los dramas son los de un hombre torpe que no puede estar con la mujer que desea; los llantos son los de un policía que teme disparar. La tensión es sexual, entre dos detectives que se niegan a aceptarla, y la angustiosa premura es la de convertirse en el mejor detective del lugar.

En Brooklyn Nine-Nine los valores se invierten para hacernos reír. Si bien es difícil que sorprenda con una carcajada y que enganche completamente desde el primer capítulo, sí va creando una risita por lo bajo, indecisa, por la recurrencia de personajes tipo slapstick (golpes, caídas, tropiezos) y del cliché de la inversión de autoridad: un policía en apuros. O, mejor, todo un cuartel de policía en apuros. Michael Schur y Dan Goor, los creadores de la serie, le quitan todo valor a una estación de policía y se pasan por alto la seriedad con la que se deberían manejan los crímenes. Giran el foco, más bien, de las víctimas hacia los investigadores y se burlan de ellos.

No es una payasada, sin embargo. No vemos a un Mr. Bean (Rowan Atkinson) haciendo de las suyas en la estación o persiguiendo al acusado incorrecto. Lo que vemos son personajes con características claramente establecidas que se repiten, que se exageran sin descanso y que se ponen a jugar sobre la mesa para que aparezcan en los momentos menos esperados: un detective que se niega a crecer, una muchacha aguerrida que quiere demostrar que puede ser más inteligente que los hombres, un policía torpe y un jefe de personal que prefiere pintar retratos hablados a coger un arma para entrar en acción. Todos ellos resuelven casos bajo la mirada de un capitán homosexual, inexpresivo, que busca restablecer el orden que el líder anterior había descuidado. Ellos son Brooklyn Nine- Nine. Ellos y los recurrentes sujetos que investigan o que les sirven de testigos: vendedores que se les escapan en carreras absurdas sobre escaparates; porteros y encargados del aseo que se resisten a colaborar, o ancianos que no tienen mucho que aportar. Todos intensifican la visión del detective sin autoridad.

Un tratamiento así, de una serie de policías, no se veía desde los años setenta. De eso eran conscientes Schur y Goor cuando empezaron a pensar en una idea para el guión. Ambos adoraron a Barney Miller (1975) en su época, una serie en una estación de policías en Greenwich Village, y quisieron hacer algo nuevo, inspirándose en ella.  Lo hicieron siguiendo los formatos ya conocidos por Schur de The Office y de Parks and Recreation, dos series en las que participó como guionista. Brooklyn Nine-Nine es «una comedia de oficina» en la que la comisaría y los crímenes son una excusa para mostrar lo humano de los detectives. Había que acudir, sin embargo, a la realidad del oficio para que todo tuviera sentido. «Hay una persona muerta en el cuarto –dice Dan Goor en una entrevista para Hit Fix–, pero te das cuenta de que no nos tomamos mucho tiempo con la persona. También te das cuenta de que el muerto ya no está en el apartamento cuando ellos van a investigar». El muerto existe, sí, pero no es el centro de atención. Alrededor de él se hacen bromas y, a veces, resulta ser un elemento más que favorece el slapstick dentro de una investigación que, aunque lo aparenta, no tiene rigurosidad. Los policías parecen estar ante un juego de mesa de resolución de misterios, queriendo descubrir quién mató a quién, con qué arma y en qué lugar.

«Los policías reales tienen un sentido del humor muy negro y hacen chistes increiblemente inapropiados en la presencia de gente muerta», afirma Goor. Esa realidad, lo que se suprime en los dramas policiales, es lo que aprovecha Brooklyn Nine-Nine. Con actores como Andy Samberg (ganador del Globo de Oro a Mejor actor de comedia), Melissa Fumero, Joe Lo Truglio y Chelsea Peretti, muestra una humanidad transparante con mucho sentido del humor. 

 

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