«Soy vago y caótico» Magnus Carlsen, ajedrecista y modelo

*Este noruego de 23 años, campeón mundial de ajedrez, es** considerado por Cosmopolitan como uno de los hombres más sexis.*
«Soy vago y caótico» Magnus Carlsen, ajedrecista y modelo

No le gustaba el ajedrez. Su padre quiso que le gustara, lo intentó. Quería que su hijo aprendiera, que jugara con él. Pero a Magnus no le interesó. Entre un tablero de cuadros y un rompecabezas, prefirió el rompecabezas, aunque fuera difícil, aunque estuviera diseñado para personas mucho mayores que él. Su padre, Henrik Albert Carlsen, un ejecutivo del sector petrolero aficionado al ajedrez, no tuvo otro remedio que resignarse. Por mucho que a él le gustara y por mucho que le viera potencial a su hijo, no lo obligaría a jugar. Lo vio, entonces, armar rompecabezas impensables para niños de su edad y lo escuchó recitar de memoria los 400 municipios que componen Noruega. Le contaban, también, que se aburría en el colegio, que no lograba concentrarse. Que ya había entendido lo que un profesor iba a explicar antes de que comenzara a explicarlo. Era brillante, él lo sabía. Pero no lo iba a forzar a jugar. Eso no lo haría nunca. 

Lo intentó más tarde con la hermana de Magnus, Ellen. Le comenzó a enseñar las jugadas con paciencia y ella las iba aprendiendo, una tras otra. Magnus los miraba de lejos, sin mucha curiosidad. Luego le entraron ganas de jugar. Fue repentino, algo lo impulsó a competir contra su hermana. Quería ganarle, solo eso, así que regresó a su padre para que lo entrenara. Sus victorias comenzaron cuando tenía ocho años y desde ahí no se han detenido. Después de su hermana, vino su padre y después de él vinieron muchos más los que se sentaron al otro lado del tablero. 

Cuando cumplió doce años sus padres vendieron el carro, alquilaron la casa y se fueron en un viaje por toda Europa con Magnus y sus tres hermanas. Viajaron por Alemania, por Austria, por Italia, por Montenegro y por Grecia. Seis meses para conocer, para experimentar culturas, para probar cocinas. Seis meses para escapar del colegio, para estudiar fuera de casa. Sus padres hicieron las veces de tutores. Mientras tanto, Carlsen jugaba ajedrez, iba a torneos y en todas partes sorprendía. Era muy chico para jugar de la manera en que jugaba. 

A los trece años, Magnus Carslen tenía dos cosas claras. Sabía que la comida italiana era su favorita y estaba seguro, también, de ser el Gran Maestro más joven de la historia. Ese es el título que se les da a los ajedrecistas que, por su excelencia, están por encima de todos los demás jugadores.    

NORWAY-LIFESTYLE-CHESS-CARLSEN AFP

 

«Jugué como un niño», soltó alguna vez frente a unos asistentes boquiabiertos, cuando perdió una partida a sus 16 años. Ellos no sabían si reírse o llorar. Mientras que para él, que ya sabía lo que podía esperar de sí mismo, esa pérdida no era justificable, los que lo observaban lo estaban comparando con grandes genios de la historia. «El Mozart del Ajedrez», lo llamaron algunos, «El nuevo Bobby Fischer» lo apodaron otros. Y tal vez tenían razón. Carlsen ahora ocupa el puesto que Fischer ocupó en sus mejores tiempos, con un juego que, dicen, se asemeja al del famoso ajedrecista estadounidense. «Lo que más admiro en él es su capacidad para que nos parezca fácil lo que en realidad es muy difícil. Yo intento imitarle», afirmó alguna vez para el diario El País. El noruego imita a Fischer en su genialidad y reúne características de otros de los grandes de la historia. Tiene la estrategia de Karpov, cuentan, y la agresividad de Kasparov. Es un jugador muy lógico, maquinal, tenaz y agresivo; su método no es muy común dentro del círculo del ajedrez. No prepara mucho, sigue su intuición y eso le funciona. En noviembre pasado se convirtió en el número uno del mundo, venciendo a Viswanathan Anand, un indio de 43 años que había mantenido el título por seis años y que le llevaba once de experiencia. Carlsen, ahora de 23, es el segundo jugador de Occidente en convertirse en campeón del mundo después de la Segunda Guerra Mundial. El primero fue Bobby Fischer, que sostuvo el título entre 1972 y 1975.

Jugadores brillantes, ambos, con mundos muy distintos más allá del ajedrez. Para Fischer, el deporte terminó por convertirse en una lucha política, una pelea que le costó su pasaporte norteamericano y lo exilió en Islandia. Era tan bueno como Albert Einstein; tenía su mismo coeficiente intelectual, al menos. Pero lo usaba para hablar de más. Hizo comentarios contra Estados Unidos en plena guerra fría y no necesitó de su inteligencia para darse cuenta de que eso no era buena idea. Si su talento fue su ruina, o no, lo sabrá él. 

Contrario a Fischer, Carlsen ha demostrado no ser lo que se espera de un campeón de ajedrez. Vive en otra época, claro, pero los que no saben de él abren los ojos cuando lo conocen. No es riguroso, no es obsesivo con el tema. No llega a su casa a mirar computadores ni a pensar en aperturas. Tampoco lo desvela la resolución de una partida. Se levanta de su cama a la mitad de la mañana y prefiere jugar fútbol o ir al gimnasio. Chatea con sus amigos cuando está de viaje y ve series de televisión en el computador. «Soy vago y caótico», dijo alguna vez. Y muchos dicen que, con su coeficiente (un punto menos que el de Einstein y el de Bobby Fischer), podría ser mucho mejor si se lo propusiera. Pero a él poco le importa. No quiere enloquecer frente a un tablero, no quiere que su juego se convierta en obsesión.

De esas (las obsesiones) poco sabe, aparentemente, aunque podría a simple vista tener dos. La evidente, la del ajedrez, no la tiene, ya lo dijo. Pero otra, la de la estética, podría existir: Magnus Carlsen también es modelo. Sí, de la marca holandesa G-Star Raw. Por lo mismo, ha participado, aquí y allá, en diversos anuncios publicitarios, en campañas al lado de la actriz Liv Tyler. 

Actitud y fluidez frente a la cámara, eso tiene el ajedrecista. Tanto así que la revista Cosmopolitan lo nombró como uno de los hombres más sexis del 2013, y la revista Time lo ubicó entre las 100 personas más influyentes del mundo. Se ha convertido en un ícono doble para los noruegos; un ejemplo de genialidad y un creador de estilo, dos cosas que casi nunca se ven juntas.

Se llama Magnus Carlsen, es modelo y le gusta el ajedrez. Es bueno. Extraordinariamente bueno. Eso dicen los que saben, eso repiten los que lo han visto jugar. Eso creen los 335.000 noruegos que se agolparon frente a sus televisores durante las dos semanas que duró el mundial de ajedrez, las 245.000 personas que siguen en Twitter cada una de sus jugadas, las multinacionales que se disputan poner su nombre en las camisas que usa para los torneos y los miles de niños que quieren ser como él. Es bueno, dice su padre. Es bueno, dice su hermana. Es bueno, dijo ella el día de su victoria. Ese día en que Magnus Carlsen empezó a jugar ajedrez.