Hubertus von Hohenlohe, el esquiador mariachi

*Este esquiador completó en Sochi su sexta participación en los Olímpicos de Invierno. A sus 56 años, sabe que nunca va a ganar, pero fue la gran atracción de los Juegos.*
Hubertus von Hohenlohe, el esquiador mariachi

En alemán es Hubertus von Hohenlohe y suena «ubertus fon jojenlojen» en Español. Es un príncipe de ascendencia alemana que nació por accidente en México. Fue culpa del azar que su padre, un príncipe descendiente de Württemberg, un antiguo reino de la actual Alemania, estuviera manejando la filial de Volkswagen en México; y que su madre, una princesa ítalo-alemana, heredera de la Fiat, se hubiera ido con él.   Él, príncipe de príncipes, fue diseñado, desde antes de nacer, para ser un ciudadano del mundo; eso que soñaba cualquier modernista en el siglo XIX mientras caminaba por una calle parisina. Si Hohenlohe hubiera nacido entonces, la historia habría sido otra. Seguramente habría sido educado dentro de un palacio, por una institutriz impecablemente peinada que le habría enseñado buenos modales. Con ella habría aprendido francés. Habría sido ese «ciudadano del mundo» que ahora dice ser, pero solo desde los libros que habría leído al atardecer. 

Ahora también lo llaman príncipe. Para muchos es el príncipe Hubertus. Pero de ese título tiene solo el apellido y el dinero; su fama no la habría conseguido quedándose en la pasividad de un palacio. Ahora es un Royal Disaster («desastre real»): así lo conocen. Tiene 56 años y compitió como esquiador en los Juegos Olímpicos de Invierno 2014 en Rusia. Es el segundo más viejo en la historia de estos juegos y, si logra participar en uno más, será declarado como el más longevo de todos los tiempos en ese campeonato olímpico. «Yo no quiero ser famoso por ser el más viejo en algo, entonces mejor no voy», dijo un día en un programa de televisión mexicano. Y luego, su risa. Ni él mismo creyó lo que acababa de decir. Por supuesto que seguirá yendo, hasta que le dure la energía, hasta que las piernas le resistan. 

La edad aún no se le nota, pero los de este año son los sextos juegos en los que participa. Los primeros fueron en 1984, cuando tenía 22 años. La pasión por el esquí comenzó a los 18, con la nieve de Austria. De México había salido a los cinco. Ahí aprendió el español, que fortaleció en España con su familia. El alemán de sus raíces lo practicó en Austria, donde también vivió. Su infancia la pasó entre esos dos países y, a veces, volvía a México por cortos periodos, pues su padre seguía manejando negocios allí. También aprendió francés. Y no fue una institutriz la que le enseñó. 

Tuvo que irse de México para buscar la nieve, para aprender a esquiar y volver, después, a potenciar los deportes de invierno en un país que es, en gran parte, un desierto. Toda una excentricidad. En 1981 fundó la Federación Mexicana de Esquí y ha sido el único en representar al país en ese tipo de competencias. «Primero pensé competir para la bandera de Lichtenstein, porque tengo el pasaporte de ese país, pero después pensé que era mejor competir para un país en el que pudiera controlar mis propios movimientos», dijo para la revista People. Mientras que en Lichtenstein habría sido uno más, un esquiador promedio, bajo la bandera de México se convirtió en revelación, en un deportista estrella. Pero nunca ganó una sola medalla. 

 

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En los pasados Juegos Olímpicos de Invierno, cuando tenía 51 años, quedó en el puesto 49. Cuentan que cuando llegó a la meta sacó la lengua y rio a carcajadas. Tenía un traje de esqui diseñado especialmente para la ocasión. Era un traje estilo mariachi que él mismo bautizó como «Desperado». No fueron sus habilidades deportivas las que causaron revuelo: fueron su edad, su vestimenta y su nacionalidad. Él era el mexicano mariachi que obsesionó a los medios en ese momento. Y él es el mexicano mariachi que los está obsesionado también ahora, en Sochi 2014. 

Todo es por diversión, dice él, porque siempre le ha gustado esquiar. No se dedica a este deporte profesionalmente, como sí lo hacen la mayoría de los que asisten a ese tipo de competencias. Esos «overdose», como los llama él, que se dedican día y noche a conseguir una marca. Él no sufre por eso. Desde que empezó, esquiaba en invierno, y en verano se dedicaba a otras cosas. Cuando volvía el invierno, retomaba, entrenaba, se preparaba y esperaba que su físico le diera para clasificar. Y le daba. Es consciente, por supuesto, de que nunca va a ser el primero, pero no le importa. «No espero obtener medallas. Mucho menos ahora. No tengo edad para competir, pero como ya no hay nada normal, pues a ver hasta dónde llego», afirmó en una entrevista para ABC.es. 

Para él, esto del esquí es como un experimento, un juego que se divierte haciendo cada que llega la nieve. Porque en su vida «real» se dedica a otros asuntos. Es fotógrafo, es documentalista y es cantante de pop. Sí, de pop. Por eso es que lo conocen como Royal Disaster y como Andy Himalaya, los nombres de las producciones musicales que ruedan por Austria y cuyos videos ya corren por la red. En ellos, con una estética propia de los ochentas, sale él, con zapatos de colores vivos y chaquetas que contrastan, cantando letras que combinan inglés y alemán. Es fotógrafo de exposición y de calendarios, y conduce un programa de televisión, que se transmite en Austria, en el que se dedica a viajar. No es un guía turístico. No va a restaurantes ni a sitios de moda. Camina por la ciudad, va hacia la gente que le parezca interesante y habla con ella. Les habla en alguno de los cinco idiomas que conoce. 

Hubertus von Hohenlohe es como un flâneur, ese término francés que se refiere a aquel que camina por París, elegantemente vestido, observando lo que ocurre en la ciudad. Ese que está –casi– por encima de la multitud. El París de Hohenlohe, su ciudad, es el mundo, y se mueve por donde quiere sin que nadie lo detenga. Lo observa todo, lo hace todo, lo camina todo. No es brillante en nada, salvo en una cosa: tiene esa increíble capacidad para reírse de sí mismo.