La travesía con Orlando Duque continúa en #ModoSalvaje

*Los días en la selva están próximos a llegar a su fin. Descubre de lo que han sido las complicaciones climáticas, condiciones del ambiente y falta de comodidades.*
La travesía con Orlando Duque continúa en #ModoSalvaje

11 de marzo

Nada se mueve, ni siquiera el viento. El sol a esta hora del medio día no da licencia al ser humano para moverse. Sólo resta esperar. Cualquiera que ose romper esta regla queda aniquilado por el calor, la humedad, el cansancio, la sed. Todo el equipo descansa, bajo la sombra. No hay electricidad, así que la posibilidad del aire acondicionado queda sepultada bajo los 32 grados centígrados, más el 90% de humedad -que puede añadir cinco grados más a la sensación térmica-.

Son un poco más de dos horas de letargo -aquí el tiempo pasa más lento que en la ciudad- antes de volver a tomar la lancha en búsqueda del Ojé, nombre que le dan los locales al árbol de donde Orlando Duque y Eber Pava se han lanzado ya tres veces hoy.

La mañana fue muy productiva. Thomas y Richard Pichler han hecho dos tomas de los saltos desde un hectocóptero, un aparato similar a una araña, que se mueve con ocho hélices para llevar una cámara por el aire. Un salto más fue para captar la imagen de la caída a ras de piso.

La tarde será para tres saltos más Que serán captados por el helicóptero y para otras tomas en cámara lenta a ras de piso. Ever y Orlando sangran un poco, las extremidades se laceran subiendo la escalera metálica. Guardan energías para un día más en este árbol excepcional. No porque no haya más altos o más frondosos en la Amazonía, sino porque quedan muy pocos de esta altura y de este porte a orillas del río.

En las crecidas, el río se los lleva. Si sobreviven a la creciente, los traficantes ilegales de madera los cortan y aprovechan la corriente para llevárselos hacia territorio brasileño donde los venden a muy buen precio. Herve tardó un poco más de tres meses en encontrarlo, así que nunca sobrarán las tomas y las repeticiones que se hagan.  De todas formas, los saltadores no hacen más de seis saltos al día de esta altura.

El choque del cuerpo del atleta con el agua a semejante velocidad causa un impacto mayor al que ocasiona el despegue de una aeronave en un astronauta (tienen que soportar cerca de 400 kilos de peso), sólo que en menos tiempo. Los músculos deben tensionarse segundos antes de entrar el agua para soportar el impacto.

Después de 10 saltos, Ever y Orlando están agotados. Sus cuerpos están adoloridos. Las plantas de los pies son las primeras en recibir el golpe del agua, luego el abdomen y la cabeza reciben parte de la carga. "Es como si hubieras salido de un choque de auto", resume Orlando.

Tras cumplir la cuota de seis saltos en el día, tres de ellos con la hermosa luz dorada del atardecer, culminó un segundo día de clavados. Los estragos se ven en el equipo. A estas alturas vamos por la mitad de los quince frascos grandes de repelente que se trajeron desde Bogotá.

 

12 de marzo

Palmarí es un lugar sobre el margen brasileño del río Yavarí. Hay un hotel rústico, pero con las comodidades necesarias para el turista. La mayoría de los visitantes son extranjeros, europeos, nórdicos, norteamericanos. También vienen grupos de excursión de colegios y universidades colombianas.

Los alojamientos están en malocas o Cabañas construidas en madera con techo de palma. El visitante tiene la posibilidad de hacer canopi, kayak, caminatas por la selva, avistamiento de animales -desde delfines rosados y grises, aves, monos, hasta cocodrilos-.

Es posible hacer una travesía por la selva que incluye la caminata y acampar en la jungla, en hamaca. Al regreso puede ir a una piscina natural que tiene barro medicinal y practicar la pesca deportiva no sólo de pirarucú, un pez grande, o las populares pirañas, también de caimanes, que un nativo recoge con sus manos y devuelve luego al agua para no impactar más el ecosistema.

La única vía de comunicación es el río, así que las provisiones deben navegar cuatro horas desde Leticia. Algunas cosas vienen de Atalaia do Norte, el poblado brasileño más cercano. A 20 minutos de aquí se puede visitar la comunidad indígena de Santa Rita, en la que habitan unos 30 indígenas que aún conservan algo de sus tradiciones.

Aquí los escaladores tuvieron una mañana más relajada, en la piscina natural que queda a 20 minutos de caminata por la selva. Fue el escenario perfecto para Thomas, el documentalista, quien quería hacer algunas imágenes de los deportistas en un ambiente diferente al de escalar los árboles. El día terminó con una sesión más de saltos.

Mañana abandonaremos este lugar. Iremos a Zacambú, el sitio donde se ubicaron otros dos árboles, de 18 metros de altura, aproximadamente. Será un día largo. Otra vez vendrán las sesiones de inspección de las condiciones de seguridad del lugar, del árbol y del agua.

Las jornadas parecen cortas pero son agotadoras. La selva nos cobra la cuota a los citadinos que no estamos acostumbrados al calor, la humedad y los mosquitos, el gran dolor de cabeza para todos.