Jonathan Vega, ¿monstruo o enfermo?

¿Qué pasó por su  mente al atacar con ácido a Natalia Ponce? Podría tratarse de un caso  de esquizofrenia.  De ser así, no  sería condenado.
Jonathan Vega, ¿monstruo o enfermo?

El hombre apareció por fin ante los medios, escoltado por un grupo de mujeres policías, ataviado de casco y chaleco antibalas, como si se sospechara que alguien pudiera hacer justicia por su propia mano. Y no era para menos. Durante las horas que transcurrieron desde que Jonathan Vega roció con ácido a Natalia Ponce de León, hasta el momento de su captura, las redes sociales dieron cuenta del ánimo exacerbado, la indignación y el afán de justicia de muchos colombianos frente a un caso que volvió a llamar la atención, con todo ímpetu, sobre este tipo de abyecta violencia que ya registra más de 900 casos: la intención de desfigurar el rostro de la víctima con sustancias químicas.

¿Qué puede haber en la mente de alguien que decide atentar contra el otro de semejante manera? Parecería una expresión radicalizada de la violencia de género, asociada a las relaciones de pareja. «Algunos de estos ataques tienen que ver con sentimientos humanos agresivos muy primitivos que incluso algunos psicoanalistas reconocidos han denominado “furia narcisística”, dirigidos a deformar la víctima de tal manera que se garantice “que no va a ser de otro”», opina el psiquiatra César Augusto Arango.

El médico forense Máximo Duque, quien fue director del Instituto Nacional de Medicina Legal durante quince años, no está seguro de que todos los ataques tengan una motivación pasional, ni que obedezcan a violencia de género. Al fin y al cabo, de las 900 víctimas reportadas, la mitad son hombres. «Lo único claro es que en la mayoría de los casos el atacante es conocido de la víctima y pretende dejar una marca indeleble en ella, como si quisiera ejecutar una venganza».

¿Sería ese el motivo de Jonathan Vega? Difícil determinarlo, sobre todo, porque los primeros indicios conocidos por la prensa apuntarían a que este hombre de 33 años sufriría de esquizofrenia.

 

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Foto: Carlos Julio Martinez- Semana

 

Habían transcurrido apenas unas horas después de su captura, cuando se conocieron detalles de la vida de Jonathan que dejaron abierta esa posibilidad. De boca de Juan Sebastián Lozano, un periodista que dice haberlo conocido en un retiro campestre al que llegaron jóvenes con problemas de depresión y abuso en consumo de drogas, el país supo que efectivamente el «Monstruo del Batán», como empezaron a apodarlo en las redes sociales y algunos medios de comunicación, había sido diagnosticado con esquizofrenia, y al parecer, no cumplía con el tratamiento farmacológico de rigor.

«Soy testigo de que Jonathan Vega es un hombre enfermo. Un par de veces me dijo que lo atormentaban voces. En una ocasión me dijo que las voces que escuchaba le decían que no querían que fuera un hombre feliz, y que por eso debía vencer a los fuertes demonios que lo atormentaban», escribió Juan Sebastián en la página Cartel Urbano.

El artículo fue profusamente difundido y reavivó el sentimiento de indignación. Se empezaron a oír voces, lideradas por el abogado de la víctima, Abelardo de la Espriella, que desestimaron esta posibilidad e insinuaron que se trataba de una treta de Vega para evadir la justicia.

Pero el artículo de Juan Sebastián fue contundente. Nunca intentó exculpar a su amigo ni salvarlo de una fuerte condena. Intentaba, tal vez, abrir la posibilidad de que ese «crimen abominable», como él mismo lo calificó, fuera producto de una mente enferma: «Pocas veces me he encontrado con alguien tan amable, pacífico y receptivo. Parecía incapaz de matar una mosca. Sin embargo, sí parecía estar rodeado de una nube negra. Algo lo atormentaba, sospeché más de una vez».

A pesar de no haber tratado al paciente, el psiquiatra Rodrigo Córdoba se atreve a hacer una aproximación y señala que la característica fundamental de la esquizofrenia es la incapacidad de diferenciar la realidad interna (la película que él crea en su mente) de la realidad externa. «Lo que él cree o imagina lo da como vivido y lo toma como real».

¿Qué sucede entonces en la cabeza de esta persona? «Generalmente hay ideas delirantes y alucinaciones auditivas. Oye voces y en algunos casos hay alucinaciones que le ordenan cosas. Si se le suma el consumo de sustancias sicoactivas, como la heroína, podría tener otras formas de alucinación, porque esta droga genera un revuelto en los neurotransmisores y en la neurofisiología del cerebro», explica.

Es una realidad que muchos no quieren oír, ya que la carga emocional que rodea este tipo de hechos violentos hace que no se pueda ver al victimario como un ser humano que pudo actuar bajo estas motivaciones. Máximo Duque pone ejemplos para reflexionar: «¿Qué motiva a un ladrón a robar? La codicia o la necesidad, pero ¿cómo determinar qué motiva a una persona enferma a atacar a otra con sevicia?».

El trabajo es ahora para los peritos forenses, para la justicia. Serán ellos los que determinen si Jonathan pudo medir las consecuencias de sus actos o qué lo empujó a comprar un frasco de ácido sulfúrico en diciembre y guardarlo en su casa hasta ejecutar el ataque después de acechar a Natalia durante horas y días enteros.

«Son varios factores los que determinan si es más o menos responsable en el sentido de que era capaz de comprender el hecho. Independientemente de todo, es culpable, es responsable, y como tal el Estado debe fijar una forma de contener a la persona que tiene la potencialidad de ser violenta con sus congéneres», opina Córdoba.

Se supone que la justicia crea mecanismos especiales para tratar los delitos cometidos por estas personas. Se habla, entonces, de inimputables, que son aquellos individuos a los que no se les puede imputar un delito porque no estaban en capacidad de comprender la gravedad de sus actos. En opinión de Duque, ellos no pueden ser llevados a juicio, aunque tampoco pueden quedar en libertad.

«Estamos en esta discusión porque el tema de los inimputables se ha convertido en un recurso jurídico para sacar a la gente de la cárcel, por eso debe haber un dictamen médico que determine esa condición. Tampoco debe ser tomado como una manera de exculpar o defender a quienes cometieron un delito. El enfermo mental requiere cuidados y controles médicos y sociales», dice Duque.

Córdoba llama la atención sobre esa necesidad de la sociedad de castigar con altísimas penas este tipo de comportamientos. «El problema no es ese. Muchos de estos pacientes y sus familias no tienen conciencia de la enfermedad y de la necesidad de tener tratamientos permanentes. Endureciendo las penas no va a cambiar el panorama».

La discusión va más allá del caso de Jonathan. Se trata, como dijo Juan Sebastián en su artículo, de que este acto de violencia no se vea como un suceso aislado de los problemas que nos aquejan. «Mientras el negocio de la salud esté por encima del bienestar colectivo, enfermos mentales como Vega seguirán representando un peligro para la sociedad».

Máximo Duque también interpreta este sentimiento. Él insiste en que con este caso se detectan varias fallas del sistema de salud. En primer lugar, este tipo de enfermedades no son de reporte obligatorio, es decir, el Estado no lleva un registro y no hay manera de hacerles seguimiento a los pacientes para, de alguna manera, obligarlos a continuar el tratamiento. Una persona como Jonathan debería estar en un programa de salud mental, acompañado y con seguimiento.

Y lo que es más grave aún, Colombia no ha estudiado la enfermedad mental como un elemento generador de violencia, de tal manera que no es posible determinar cuáles y cuántos de los aberrantes casos de violencia que suelen conmocionar a la sociedad fueron cometidos bajo la incidencia de una patología de este tipo. «Las enfermedades mentales se están convirtiendo en un tema de salud pública y el Estado está en mora de empezar estudios rigurosos en las cárceles y anexos psiquiátricos», dice.