La sed en Caño Chiquito, Casanare

Con tapabocas, la Policía Nacional recolecta cadáveres tirados en la sabana.  Para inhibir su descomposición, les vierten tres bultos de cal y los entierran.
La sed en Caño Chiquito, Casanare

A Caño Chiquito hace rato su nombre le quedó grande. De sus húmedas sabanas, que no alcanzaban a secarse ni en los veranos más recios, no queda sino el polvo del recuerdo. El polvo que se levanta por los carrotanques y las camionetas que lo recorren diariamente. Al ritmo que se muere la tierra, sucumben sedientos sus cuadrúpedos. Por el agua desaparecida de sus depósitos naturales, no responde nadie. La única solución a la vista es la que están esperando ganaderos y campesinos desde hace meses: que llueva.

Caño Chiquito es una vereda de Paz de Ariporo, un municipio de seis kilómetros cuadrados que ahora todo el mundo conoce gracias a la emergencia climática que se ha llevado por delante miles de chigüiros en Casanare. Sin embargo, en el pueblo la sed no se nota. El agua llega normal a los grifos y sobra hasta para regar las plantas. En realidad, la crisis sucede Orinoquía adentro, no solo en Caño Chiquito sino en sus alrededores.

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La única manera de llegar hasta allá es en un campero cuatro por cuatro. En invierno es casi imposible desplazarse. En verano el problema es el polvo del trayecto, producto de la tierra seca, de la que es necesario protegerse, aun dentro del vehículo, con pañuelos. La tierra amarilla irrita los ojos y se pega a la piel como rocío seco. Cuando del otro costado de la carretera viene un carrotanque, lo mejor es acurrucarse un rato hasta que baje la densidad de la nube. Si las partículas de arena y tierra lo permiten, es posible ver un horizonte uniforme compuesto de fundos de pasto quemado y ganado desnutrido. 

En la mitad de la nada, el punto de referencia de Caño Chiquito es el restaurante Jagüeyes, al que se llega luego de tres horas de trayecto desde Paz de Ariporo. Construido en madera, tiene rústicas mesas y sillas, hamacas colgadas en las columnas, una zona de parqueo para vehículos,  un precario campamento de carpas de la Defensa Civil con la bandera de la Cruz Roja y un cartel en el que se lee: «Puesto de Mando Unificado declaratoria de calamidad por temporada seca».  Acompañada de un puñado de adultos, sobresale Libia Parales, la administradora y dueña del hato ganadero La Esperanza. Es una de las pocas mujeres en el puesto de mando. Tiene el pelo largo y suelto bajo un sombrero criollo. Curiosamente no suda. Los que están en el restaurante la tratan de doña y le conversan con confianza. Su esposo, el ganadero Eduardo Martínez, le sirve de guía al ejército, a la policía, a la Secretaría de Salud de Casanare, a Corporinoquía y a la Defensa Civil en la recolección y el entierro de las osamentas de animales que tanto han salido en la televisión. Sin embargo, en el puesto de mando unificado la sensación de catástrofe ambiental es imperceptible.

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En promedio, 150 carrotanques entran y salen de la vereda Caño Chiquito a diario. Mientras las fuentes hídricas se secan y los animales caen muertos por falta de agua, las empresas petroleras continúan abasteciendo de crudo a sus vehículos.

Sombrero por casco

Libia Parales se moviliza en una 4x4 prestada por la petrolera Tabasco para el transporte de víveres. Un broche sin candado separa La Esperanza de la carretera destapada. A un kilómetro, en pleno hato, el panorama, a veces árido, a veces verde, se empieza a completar con manadas de inquietos chigüiros, grupos de vacas, terneros y esporádicos venados. Es como si de repente hubieran salido de un corral. Los animales recorren a su antojo el fundo, algunos mirando el vehículo en el que va Libia.

Junto a dos casas grandes pero sencillas, después de media hora de camino en camioneta, Libia se dirige a pie a lo que era un pozo de agua. «En los años ochenta, aquí en mi finquita yo armé mi república independiente, con mi familia, mezclándome con los vecinos para hacer algo por este llano –dice mientras deambula con sus botas color café–. Hoy los muchachos de la región no quieren trabajar en las fincas ni sembrar una platanera porque ya los consumió ese mundo petrolero. Ya no los ve uno con un sombrero criollo sino con un casco».  Ella mastica en silencio cada pregunta y responde con un hilo de voz, como si no quisiera ahuyentar a los chigüiros que merodean. A pesar de su discreción y los grados de calor que rebotan hasta en los troncos de los árboles, los roedores huyen rápidamente al verla, como si el sobrevivir a palo seco no les menguara la fuerza. En su retirada, pasan por encima de los cadáveres de otros chigüiros, que a ojo no superan los cinco pero que, por  el olor a mortecino, dan la impresión de que fueran suficientes para desatar una epidemia al ganado, que no le pierde rastro al agua recogida de un pozo profundo.

 

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Con largos alambres y tapabocas, la Policía Nacional recolecta cadáveres tirados en la sabana. Para inhibir su descomposición, funcionarios de la Secretaria de Salud de Casanare les vierten tres bultos de cal y los entierran en fosas de dos metros de profundidad. 

La Esperanza es una de las fincas en las que los animales más afortunados encuentran una cañada vertida, y los desvalidos, 1400 hectáreas donde caerse muertos. Libia, que ha enterrado 127 cadáveres, es prudente cuando se le pregunta si la responsabilidad del desastre natural es de las petroleras: «No me atrevo a echarle la culpa a la sísmica. Lo que siempre he dicho es que todos somos responsables y debemos empezar a hacer los estudios, porque las sabanas inundables no los tienen».

Su postura es similar a la de Brigitte Baptiste, directora del Instituto Alexander Von Humboltd, quien en los noticieros ha dicho que, por falta de estudios, es prematuro echarle el fardo de la sequía a la exploración petrolera. No obstante, una cosa es que lo diga Baptiste a los medios y otra es que lo manifieste Libia frente a sus colegas, los que detectan con indignación el origen de la catástrofe en el horizonte de sus hatos: tanques de colores, válvulas y tubos conectados a la capa terrestre dedicados a la extracción y transporte de crudo.

Es cierto que en los veranos la tierra es árida. Quizás por eso la ministra de Medio Ambiente, Luz Elena Sarmiento, no ha sido muy alarmista. «La muerte de animales no es la tragedia que están mostrando. En criticidad este es el séptimo verano de las últimas décadas y nosotros tenemos una población aproximada de un millón de chigüiros, de los cuales se han muerto 6000. Venezuela tiene seis millones y se le murieron 250 000 en esta época», dijo reciente en una entrevista. Sin embargo, también es cierto que este año el verano ha sido particularmente duro desde el punto de vista de la escasez de agua. Se han secado más aljibes, cañadas y reservorios que en anteriores temporadas. «En 2013 mis cañadas estaban bajitas, pero tenían agua», aclara Libia.

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La mirada de quien contempla este punto del departamento de Casanare no tendría límite si no fuera por los gruesos taladros. A La Esperanza aún no han llegado, porque, como sostiene Libia, las empresas petroleras han sido amables. «Un día vino una sísmica y yo les dije: por favor, por acá no, porque La Esperanza hace las veces de reserva de tortugas galápagas. Yo no sé si van a entrar, pero la sísmica no me ha tocado y realmente no sé hasta dónde pueden llegar».

Si en la vereda Caño Chiquito se siente lejos Paz de Ariporo, ni hablar de lo alejado que se percibe la capital del país. Y así de lejos sienten al Estado llaneros como Luis Pérez Rincón, propietario de La Victoria, un hato vecino de la «república independiente» de Libia Parales. Su finca también es sencilla, cuatro mil hectáreas por las que chigüiros, reses y venados se las arreglan para buscar agua. A diferencia de muchas de sus fincas vecinas, La Victoria tiene agua en varias cañadas, pero insuficiente. «Yo afronto la tragedia como puedo porque aquí no ayudan. Uno no tiene más opción que ver a los animalitos morir porque no hay nada que hacer. Ninguna corporación ni ningún gobierno colabora. Es muy triste».

De las fuentes hídricas que salvan a Luis, abastecidas por pozos profundos que él mandó a construir antes de que estallara la tragedia, no alcanzan a beber todos los animales esparcidos por su predio. Con las uñas, este hombre de 72 años se las ha ingeniado para arrear algunas reses hacia el agua. El motor de su economía, como el del resto de empresarios de sombrero de la región, viene del ganado. Luis desconoce cuántas cabezas se le han muerto aunque, luego de meditarlo, pone cara de que tampoco quisiera saber. «Hemos recolectado más de treinta entre terneros y vacas», confiesa.

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La bola de fuego

A menos de dos kilómetros de la casa de Luis Pérez, hay una planta petrolera pequeña pero vistosa. «Las petroleras son las causantes principales de este desastre. Aquí hace cuatro años metieron sísmica y un taladro grandísimo que ponía a temblar la tierra. Y lo hicieron dos veces porque se les partió una broca. No encontraron crudo, pero sí agua. Newgranada es la que está haciendo eso»,

dice Luis abotonándose el pecho de su camisa a cuadros, con el pecho curtido por el sol. Según él, hace cuatro años, sin prever lo que iba a ocurrir, le vendió por setenta millones de pesos el pedazo del que presuntamente salió la desgracia que azota su finca, en la que vive con su esposa Dioselina Oropeza. «Mire cómo me tienen la casa, llena de grietas. Habiendo una emergencia, de ese pozo que usted ve al fondo están sacando agua para regar la carretera por la que pasan los carrotanques de petróleo. ¿Por qué no la traen para esta zona donde se están muriendo los animales?», se pregunta apoyándose en un tanque lleno de agua fresca.

El portón de La Victoria está a un kilómetro de la casa donde Luis y su esposa se despiertan todos los días a las cinco de la mañana a tomar café, antes de ordeñar vacas. El polvo que alborotan los carrotanques de las petroleras alcanza a cubrir su vivienda, pero a ellos no les importa. «No estamos de acuerdo con que pavimenten las vías; eso no traería consecuencias buenas por la cantidad de gente que va a empezar a venir. Luis dio el permiso para que trazaran esa vía en la sabana de nosotros. ¿Y usted sabe qué viene pasando? La gente dice: “Vamos para La Victoria porque allá sí hay que traer”. Imagínese: vienen armados, cazan chigüiros, venados, marranos… Hemos cogido las placas de los carros y nos hemos cansado de llevarlas a la policía. Dejamos la situación en las manos del Señor porque acá  nadie hace nada. Como los chiguiros, se meten por debajo de las cercas; es gente que viene de Paz de Ariporo a robarnos».

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Actualmente en Colombia no existen zoocriaderos legales de chigüiros. El Ministerio de Medio Ambiente, a través del Instituto Colombiano Agropecuario, tiene prohibida su caza por considerarla devastadora para la fauna silvestre. Pero mientras hay quien lamenta la muerte de los chigüiros y condene su comercialización, hay quienes los ven como verdaderas plagas.  A Freddy Velandia, administrador de Miramar y otras cuatro haciendas que acumulan 70 000 hectáreas, se le han muerto 134 cabezas de ganado en la sequía. Él ve a los escurridizos chigüiros como una plaga que durante el día y la noche consume el pasto de los terneros. El hombre es de pocas palabras y las que pronuncia son para ir al grano. 134 reses tiene apuntadas en una hoja cuadriculada de cuaderno; chigüiros no ha anotado porque son lo que menos le importa, aunque su semblante es otro si hay uno muerto en un pozo o en un aljibe. «Hay mucho trabajo por hacer porque los cadáveres infectan el agua».

Su opinión evidencia el pulso por el agua que hace décadas sostienen en Casanare la ganadería extensiva, la exploración de petróleo, la comercialización de chigüiro y, ya más cerca de Yopal, los cultivos de arroz.

De acuerdo con el Sistema General de Regalías, este 2014 el Casanare recibirá 1,01 billones de pesos por exploración y extracción de petróleo, cifra muy seductora para el erario local, aunque quizás el costo sea muy alto para el medio ambiente. Libia Parales tiene una historia que tal vez resuma lo que están viviendo los llaneros. «El llano es fantástico, los amaneceres son diferentes, todos los días usted ve por la ventana cuadros diferentes y en invierno no se puede caminar de la cantidad de agua que se empoza –dice con tono de guía turística–. El llano es tan mágico que tiene la famosa Bola de fuego, una bola candente que da vueltas por la sabana y que lo persigue a uno. Hace 22 años la vi en Semana Santa y había los que se asomaban y los que les daba miedo. Ahora en las noches, yo no sé si lo que estoy viendo es la Bola de fuego o las luces de una tractomula. El mito está desapareciendo y quién sabe si volverá».