«Me di cuenta que el dinero no importa tanto» Fernando Toledo

El director de la emisora HJUT de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, quien falleció el jueves pasado en Bogotá, habló con CROMOS en el 2008 sobre su drástico cambio de vida.
«Me di cuenta que el dinero no importa tanto» Fernando Toledo

Dediqué 26 años de mi vida a la publicidad. Esa vida, mi otra vida si se le puede llamar así, estaba marcada por la empresa, por el dinero, por la necesidad de guardar una imagen. Yo odiaba la publicidad porque me parecía bastante banal y yo necesitaba mucho más. Me fue agarrando porque me pagaban muy bien, pero nunca fui feliz.

Me reventaban las reuniones con los clientes. Iba a cocteles donde la gente usaba corbatas para taparse la cara. Hacía comidas para mucha gente hasta tres veces al mes. Viajaba fuera del país  obligaba tocaba, a regalar lo que tocaba en las navidades y eso me aburría mucho. Yo hacía lo que la gente esperaba de mí. 

Llegué a esa vida por algo que no sé explicar. Un día, estando en Madrid, recién graduado del colegio, un amigo de mi papá me preguntó qué quería estudiar y sin pensarlo le respondí: Publicidad y comunicaciones. Él me ofreció entrar a una agencia de publicidad en Madrid y a los quince días estaba matriculado en la escuela. Creo que esa fue la excusa para quedarme en España.

Me fui a trabajar en Nestlé en Suiza. Fui asistente del departamento de Publicidad y mi sueño era ser jefe de ese departamento. Cuando lo logré, me di cuenta de que no había cambiado nada. Entonces quise trabajar en una agencia de publicidad. Llegué a ser vicepresidente de una y todo siguió igual.  Entonces quise poner mi propia agencia. La tuve y no cambió nada. Luego quise ser presidente de una agencia y lo logré en la tercera más grande de Colombia. Y no cambió nada, eran sueños deleznables.

Lo que le faltaba a mi vida era dar ese paso de reconocer que el dinero no importa tanto, que es más i interesante la vida interior y espiritual. ¿Importa tanto cambiar el carro todos los años? ¿Importa tanto comprar más cosas de más marcas?

Al borde de los cuarenta años, me empecé a replantear la vida. El punto de quiebre fue una Semana Santa. Nos fuimos a la costa y se dañó el carro, así que  tuve mucho tiempo para leer y empecé a pensar que no me gustaba lo que hacía. Un día me levanté y dije no más. Resolví que me importaba un pito si se vendía o no la crema dental que yo debía promocionar y me sentí insatisfecho conmigo mismo. Ya no me interesaba el mundo que me rodeaba, me interesaba yo mismo. 

Yo era presidente de una compañía, así que no fue fácil dejar el trabajo. Me fui para Miami a hablar con el Head of?cer, le dije la verdad y llegamos a un acuerdo. Al mes estaba en la calle. Tomé un apartamento en arriendo en La Macarena y me fui a cumplir mi sueño de hacer una revista para la población gay: Acento. Trabajé como nunca antes lo había hecho, pero fue un descalabro comercial brutal. Circularon sólo ocho números.

CROMOS HOMBRE Fernando se vestía con ropa de marca, usaba corbata de 400 dólares, tenía chofer, dos carros lujosos y un gran apartamento.   

Me quedé sin qué hacer. Pasé tres años muy difíciles económicamente, escribía artículos, vendí unas obras de arte que me quedaban. Me dediqué a escribir mi primera novela (me la rechazó Planeta porque era muy mala). Después escribí Liturgia de difuntos y la publiqué. Luego hice un programa cultural en Canal Capital y asesorías para empresas, organicé el centro cultural de la Universidad de Salamanca... Se regularizaron los ingresos. Viéndolo bien no fue tan terrible, no recuerdo haberme acostado con hambre algún día.

Fui afortunado porque cambié de rumbo poco antes de cumplir los cincuenta años y tengo la suerte de hacer lo que me da la gana, me divierto y soy feliz. Puedo vivir. Hoy tengo mucho trabajo y muchas actividades, escribo artículos, columnas para El Tiempo, comentarios de temas culturales. Ya tengo nueve libros publicados y estoy terminando uno de relatos para el año entrante.

Cuando mis hijas crecieron, me pude liberar de todo, incluido el matrimonio. Rompí con toda mi vida anterior. Ya no tengo que ir al banco para resolver mis gastos. Vivo menos ansioso, nadie me obliga a tener nada. Mi apartamento no tiene 350 metros cuadrados, porque no los necesito. Ya no tengo los dos carros ?nísimos, ni chofer ni las 10 tarjetas de crédito que me generaban angustia.

Mi pinta cambió. Ya no compro en la Quinta Avenida ni en Miami, no uso esas corbatas de 400 dólares. Ahora la ropa me dura eternidades. Uso chaquetas de pana, pantalón de dril y camisas de cualquier marca y los compro sólo cuando tengo plata. No tengo rutinas, no cumplo horarios, me dedico a escribir, ir al teatro, leo... Ahora  estoy inmerso en la guerra civil española para mi próxima novela.

No puedo negar que era muy agradable meterse en la piscina del club de Anapoima a ver el paisaje. Pero para mí los momentos más felices tienen que ver en el momento en que me entregan el libro que escribí. Hace un mes el gobierno español me otorgó la orden de Isabel la Católica y esto me dio más emoción que si hubiera recibido un Cannes por un comercial de televisión.

El cambio más dramático fue el de los amigos. Los de antes era gente muy convencional. Los del colegio, los de toda la vida, se fueron quedando en el pasado. Hoy son, si acaso, conocidos.  Los que tengo son extraordinarios. También cambié de posición política. Yo había trabajado con la campaña de Álvaro Gómez y hoy soy de izquierda.