Desde hace diez años el vacío y dolor se apoderan del colegio Agustiniano

Hace diez años se fueron para siempre 21 alumnos de este colegio del norte de Bogotá. Recordamos lo que significó esta pérdida para sus familiares, amigos y profesores. Un minuto de silencio para recordar esos lugares que dejaron vacíos.
Desde hace diez años el vacío y dolor se apoderan del colegio Agustiniano

La sensación de ausencia más intensa es en el aula de Cuarto B de primaria. Permanecen vacías las sillas de Cristian Abello Cantor, Sergio Blanco López y Juan Carlos Hernández Pineda. Tenían 8, 9 y 1o años de edad, respectivamente. Sus compañeros llegaron al salón vestidos con la camiseta negra del equipo de fútbol para honrar su memoria.

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Lo más difícil de asimilar fue reiniciar clases sin ellos el lunes pasado. Se los llevó la tragedia del 28 de abril en la que murieron 21 alumnos el Colegio Agustiniano. Una máquina trituradora cayó sobre su bus en el norte de Bogotá.

Cinco días después no sabían qué hacer. Unos traían rosas blancas en la mano, otros dibujos y algunas cartas de despedida. Ocuparon sus putos con cierto temor, sin dejar de mirar las tres sillas vacías que dan a la ventana. El día era oscuro y frío.

SIN ELLOS Los esposo Reyes Beltrán asistieron a clase para despedir a los dos hijos que perdieron.

Su profesora y los sicólogo del colegio les pidieron hacer un minuto de silencio. Unos juntaron las manos y cerraron los ojos para orar con devoción. Otros no pudieron contener el llanto. Luego rezaron un padre nuestro en voz alta y los invitaron a hablar de lo que sentían o a seguir llorando. Cuatro levantaron la mano para pedir la palabra. Juan Diego Parra de 9 años y monitor del curso, estaba preocupado porque antes de que “Abello" se subiera a la ruta los dos pelearon por el el grupo. "Y yo le hice zancadilla en el último partido”, intervino otro. 

Mateo Gutiérrez mostró un dibujo de sus amigos convertidos en ángeles. Según él, "es muy feo saber que ellos están muertos, pero gracias a Dios los tenemos como ángeles intercesores.

DESENFOQUE Los muchachos de Octavo D perdieron a dos amigos del alma.

Los sicólogos, en cabeza de Mery Pedraza, los calmaron. Les pidieron que no se afanaran por lo malo que pudo ocurrir antes de su partida. “Todo está perdonado. Dejémoslos ir, pero recordémoslos siempre por los buenos momentos que nos hicieron vivir". Entonces ocho brazos se levantaron para intervenir. Fútbol, paseos, fiestas, regalos y bromas fueron algunos de los recuerdos. Ricardo Rosales explicó que todos lucieron la camiseta negra del equipo porque hicieron la promesa de intentar ganar las olimpiadas escolares en su honor: "Si ganamos medallas se las Vamos a llevar a los papás y, si no, al menos vamos a sudarla por ellos".

Después todos pasaron al tablero para pegar los dibujos y cartas que trajeron o para escribir lo que quisieron. Regaron pétalos en los pupitres vacíos y salieron con flores en las manos hacia el altar del Cristo resucitado, donde hay un mosaico con las fotos de carné de las 21 almas ausentes.

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La ceremonia se repitió en todo el piso. En Cuarto A para despedir a Sebastián Moreno Pacheco. "Ánimo, el cielo es mucho mejor", le escribieron. Y en Cuarto C para recordar a Andrés Reyes Beltrán, cuyos padres asistieron a clase como parte de la terapia para asumir la tragedia y el duelo.

Más duro resultó el proceso en bachillerato. En Once C no había nadie. Sólo el anuncio que de ahora en adelante ese salón llevará el nombre de Óscar Espinosa Ortiz, de 17 años y el alma de la banda de guerra del colegio. "¿Quién tocará esta tambora mayor como él?", se pregunta Gabriel Torres, su instructor musical. En Octavo D los muchachos se resistieron a entrar. Sólo pegaron la foto de Diego Fernando Páramo Rocha y de Juan Manuel Marroquín Huertas, los dos de 13 años, en sus pupitres.

SIN ELLOS2 Gabriel Torres no sabe cómo reemplazar a Óscar Espinosa, la tambora mayor de la banda de guerra.

En la cartelera dejaron una frase que más parece un grito. Sus palabras retumban como un eco entre los 2.800 alumnos del Agustiniano: "Queda un gran vacío en nuestro colegio y en nuestros corazones. ¿Por qué tenía que caer esa máquina encima de niños indefensos? ¡Fue un descuido absurdo! Fotos: William Fernando Martínez

 

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