¿Qué significa la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II?

Este fue un acto político en el que el papa Francisco y Benedicto XVI exaltaron las figuras opuestas de dos pontífices: uno carismático y conservador, y el otro revolucionario y bonachón. 
El papa Francisco y Benedicto XVI, una radiografía de dos caras

El primero en llegar a la plaza de San Pedro, a las 9:32 de la mañana, fue el papa emérito Benedicto XVI. Vestido con ornamentos litúrgicos, caminando con dificultad y con una amplia sonrisa en el rostro, recibió una ovación cerrada de los más de 800 000 fieles que se pusieron de pie para aplaudirlo. Poco antes de las diez entró el papa Francisco, también bajo una lluvia de aplausos. Besó el altar, esparció incienso y luego abrazó a su predecesor. La imagen esperada por las cámaras y miles de millones de católicos en el mundo se produjo por fin: dos papas vivos juntos. Sería el inicio de un ritual plagado de imágenes que, como esa, pasaron a la historia por  inéditas y por estar cargadas de simbolismo.

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Más de 800 000 católicos presenciaron la histórica ceremonia en la Plaza de San Pedro y a través de 17 pantallas gigantes de televisión. Asistieron 150 cardenales, 700 obispos y 870 sacerdotes de todo el mundo. 

 

«En honor de la Santísima Trinidad con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y la nuestra (…) declaramos y definimos santos a los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II», pronunció en latín el papa Francisco, que marcó el momento culminante de la ceremonia, amenazada por una lluvia que apenas se insinuó.

Esta misma plaza abarrotada que aplaudía y se llenaba de júbilo por la canonización de dos papas –ya son ochenta los pontífices canonizados– paradójicamente fue testigo del pomposo funeral que nueve años antes el mundo católico le rindió a Juan Pablo II. Ese mismo día, el 8 de abril de 2005, se escucharon coros de «santo súbito», que rompieron la solemnidad de la ceremonia para dejar en claro que muchos fieles no estaban de acuerdo con la canonización de Karol Wojtyla.

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Más de 1.200 millones de fieles se hicieron presentes en la plaza.

 

Juan Pablo II, el papa número 264 y curiosamente el que canonizó, en 26 años de pontificado, a 480 santos -cuatro veces más que los ungidos durante todo el siglo XX- sigue siendo objeto de odios y amores. Sus defensores señalan que fue un pontífice carismático, cercano a sus fieles, que tendió puentes de reconciliación con otras religiones cristianas, que pidió perdón por los pecados de la Iglesia en la Inquisición, las Cruzadas y la Conquista de América. Pero quienes se oponen a su santificación tienen opiniones radicalmente opuestas.

Le recuerdan su cercanía al polémico sacerdote Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y acusado de haber cometido abusos sexuales contra menores de edad desde hace más de cincuenta años, con quien incluso visitó México en tres oportunidades. Le reprochan su relación con el Opus Dei –canonizó a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer–, su defensa de la línea más conservadora del Vaticano, su negativa a hablar de los casos de pederastia y su persecución contra la famosa teología de la liberación.

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Juan Pablo II, el pontífice más cercano, pues murió en 2005, ha sido uno de los más carismáticos. Su pontificado fue el segundo más largo de la historia reciente: 26 años. La fecha para su veneración es el 22 de octubre.

 

No hay que olvidar que fue justamente Joseph Ratzinger, su sucesor, el que se apresuró a pedir la canonización e inició el proceso el mismo año de su muerte, sin importar que tuviera que dispensar el plazo de cinco años después de su muerte para iniciar el proceso, según la legislación canónica. Y fue él quien lo proclamó beato en 2011, en un hecho sin precedentes, ya que en los últimos diez siglos ningún papa había proclamado beato a su predecesor.

Y fue justamente ese procedimiento excepcional y apresurado el que más suspicacias levantó. Las críticas señalan que el sector más retrógrado de la Iglesia, encarnado en Benedicto XVI, tenía la necesidad de entronizar a un papa de su estirpe y qué mejor que Juan Pablo II, quien gozó de popularidad y llenó estadios en los que pronunciaba discursos especialmente para los jóvenes, para los latinoamericanos, para los empresarios, además de haberse hecho famoso por ser el papa viajero. Fue en su funeral donde se pudo palpar el verdadero poder del papa polaco: entre los cientos de miles de personas que asistieron al sepelio, estaban cuatro reyes, cinco reinas y setenta presidentes de gobierno y primeros ministros.

Por eso no deja de sorprender que Benedicto XVI hubiera despertado simpatía a la par con Francisco, el hombre que encarna una visión opuesta de la Iglesia. Al papa argentino lo han señalado incluso como el sucesor de Juan XXIII, el papa bueno, el que acercó la Iglesia y a Dios a sus feligreses, tal como ha demostrado el actual pontífice durante este año como sucesor de Pedro.

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La ciudadana costarricense Floribeth Mora, beneficiaria de un milagro de Juan Pablo II, fue la encargada de entregar al papa Francisco el relicario con la sangre del pontífice polaco. 

 

Tal vez estos hechos, a primera vista contradictorios, solo evidencian la profunda división de la Iglesia y de su propia feligresía. Difícil de entender, además, por la lejanía de Juan XXIII, un papa que falleció hace 51 años, y que solo quienes estudian los documentos de esta institución tan controvertida entienden la importancia de este papa que ejerció apenas cinco años.

La recordación de algunos fieles se fija en su aspecto bonachón, su carácter tranquilo y conciliador, tal vez en su idea de que los sacerdotes dejaran de decir la misa en latín y de espaldas a la feligresía, y en su popular frase de una iglesia para los pobres. Pero para los entendidos, Juan XXIII, como impulsor del Concilio Vaticano II, fue el determinante para cambiarle la cara a la Iglesia en el siglo XX, un revolucionario que fue acusado hasta de comunista por sus propios colegas.

Su origen campesino, su trabajo como capellán en la Primera Guerra Mundial, su carrera como diplomático, escritor e intelectual, su extrema sencillez y la famosa decisión de firmar actas de bautizo para salvar a miles de judíos de la muerte a manos del régimen nazi en Turquía, mostraron que no sería ni la sombra de Pío XII, un papa aristócrata, brillante y políglota.

Al igual que Francisco, desde el  mismo instante en el que apareció en el balcón a saludar a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro aquel 28 de octubre de 1958, sorprendió al llamarse Juan, un nombre que no se usó en cinco siglos ya que el último, Juan XXII, fue considerado como antipapa.

Solo al conocer detalles de su cotidianidad se entiende su conexión con Francisco: Juan XXIII salía de incógnito del Vaticano a visitar a los niños del hospital, a los reclusos de la cárcel de Regina Coeli y las parroquias de Roma.

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A pesar de que Juan XXIII murió hace más de cincuenta años, varios católicos veneraron su imagen durante la ceremonia de canonización. El papa bueno pasará a la historia como gran reformador de la Iglesia. 

Fue él quien suprimió el «beso a la zapatilla» y les prohibió a sus colaboradores arrodillarse ante él. Y no solo nombró, en 1960, al primer cardenal negro, Laurean Rugambwa, sino que canonizó, en 1962, al primer santo negro: el limeño Martín de Porres.

No sabemos si para emular a Juan XXIII, Jorge Bergoglio tuvo durante su vida actuaciones similares: como cardenal de Buenos Aires rechazó el carro oficial con chofer y montaba en metro; prefería que lo llamaran cura, no cardenal, y no aceptó la cómoda vivienda en el Palacio Arzobispal ni el despacho de la Curia, en plena Plaza de Mayo.

Y todavía está fresco en la memoria el detalle de que en su primer día como papa, Francisco rechazó el carro oficial, un lujoso sedan blindado, y se montó al bus con los demás cardenales que lo acababan de elegir, y pagó de su bolsillo la cuenta de su alojamiento en el hotel. En las celebraciones del Jueves Santo, le ha lavado los pies a prostitutas, enfermos y reclusos y ha condenado la vida lujosa y de excesos de algunos prelados.

Solo así se entiende que Francisco, recurriendo a la misma estrategia de Benedicto XVI, decidiera pasar por alto un detalle a la hora de canonizar a Juan XXIII: lo dispensó del segundo milagro y se encargó de hacer realidad que fuera santo sin cumplir todos los requisitos de la legislación canónica.

Muchos le endilgan al papa Francisco el deseo ferviente de fortalecer, a través de esta canonización, su postura abierta y modernizadora de la Iglesia y salirles al paso a los críticos del Concilio Vaticano II. Es una reivindicación de una iglesia para los pobres, tal como lo proclamó el ahora San Juan XXIII.

También se han escuchado voces explicando que este acto del domingo de los cuatro papas no es más que la coexistencia y fraternidad de las dos fuertes tendencias en la Iglesia Católica. De alguna manera, se vuelven vigentes las palabras de Francisco, el 3 de junio del año pasado, durante la conmemoración de los cincuenta años del fallecimiento del papa bueno: «No tengaís miedo de los riesgos, como él no tuvo miedo».  

EL PAPA FRANCISCO RECIBE DURANTE CASI UNA HORA A LOS REYES EN EL VATICANO

Los reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, aprovecharon la ceremonia de canonización para conocer al papa Francisco y sostener con él una audiencia privada. Aquí posan con la nutrida delegación del gobierno español.