Con seriedad y una que otra risa, Peñalosa habló en Blu Radio

Seguro con sus posiciones pero inquieto frente al micrófono, el candidato contestó cada una de las preguntas. Está convencido de que se necesita un presidente apasionado para resolver los problemas del país.
Así vimos a Enrique Peñalosa en la entrevista de Blu Radio

«¿Es usted un político?», le preguntó Nestor Morales a Enrique Peñalosa. Ya le había dicho que no valían los discursos en las preguntas personales. Y ésta era personal. «Si  ser un político, como se conoce en este país, es decir mentiras, entonces no. No soy un político» respondió Peñalosa. Ya llevaban más de una hora de entrevista y el candidato aún seguía moviéndose sobre su silla. Daba en ella pequeños saltos, acomodándose. Nunca se quedó quieto mientras el micrófono estuvo prendido, mientras tuviera que dar una respuesta al aire. Movía las manos y jugaba con un ‘palito’ que tenía entre ellas o se las ponía sobre el pecho; las dos al tiempo, a veces, o una sola como si estuviera a punto de cantar el himno nacional. Escuchaba atento, sí, mientras le preguntaban, y hacía algunos intentos por apuntar algo en su libreta. Pero escribía muy poco. La secuencia la repitió muchas veces: se ponía las gafas, escribía– si alcanzaba –  y, cuando le llegaba el momento de responder, se las quitaba y se lanzaba hacia el micrófono. Contestaba.  

El Peñalosa que se vio en la mañana, casi dos horas antes de que Morales lanzara al aire esa pregunta, parecía otro. Llegó más temprano que la hora de la cita, quince minutos antes, al menos, y se le vio caminando por los pasillos de Blu, como si estuviera de visita y no a pocos minutos de defender su campaña presidencial ante millones de oyentes. Tenía una taza de café, lo tomaba despacio, y, cuando lo invitaron a sentarse en un sofá al lado de la sala de redacción, se sentó como quien lleva mucho tiempo de pie y necesita descansar. Hablaba con una periodista de Blu y ella sacaba risitas recurrentes. 

Así estaba, periodista de Blu sonriente y café frente a él, cuando llegó a buscarlo Nestor Morales. Tomó su taza y lo siguió por el pasillo. «Ay, mire, nos pusimos la misma camisa» le dijo el candidato a Morales. Ambos tenían una morada, a cuadros. Peñalosa, además, llevaba un pantalón caqui, bigote bien cortado y su barba afeitada, a ras. Se sentó paciente y, mientras empezaba la entrevista, abrió El Espectador, en la sección Judicial, y jugó todo el tiempo con su bigote mientras leía la noticia del día. Tomó algunos apuntes en su libreta y esperó paciente. Iban a tardar media hora más en empezar, le anunciaron. Así que Morales lo invitó a comer algo fuera de la sala. «Con hambre no trabaja nadie», se le escuchó decir al director de la emisora. 

Luego de los saludos de rigor y mientras la entrevista tomaba su rumbo, fue evidente que Peñalosa tiene dos líneas de discurso en su cabeza. Una es la de hacer un gobierno libre de corrupción, lejos de maquinarias políticas, cuyos jefes reales sean “los ciudadanos” y la otra se rige por el lema “gerenciar, gerenciar, gerenciar”. A nivel administrativo tiene las cosas claras. Habló de salud, de educación, de agricultura y de vías, mostrando que entiende los problemas por los que está atravesando el país y que sabe cómo solucionarlos de manera estructural. Si bien en ocasiones le costaba explicarse y se enredaba con las ideas que se le venían a la cabeza, se notaba que, en el fondo, estaba partiendo de un mapa conceptual que se iluminaba en su cabeza, como un juego de dominó a la inversa, en el que las reestructuraciones que él tiene pensadas pueden lograr que se eleven las fichas que ahora se encuentran caídas. 

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Las cifras las conoce bien. Pero nunca se fue por el discurso técnico. Más bien recurría a los ejemplos de lo que él había hecho en sus cargos anteriores – «Cuando trabajaba como secretario económico…»  o «Durante la alcaldía de Bogotá…» – o de situaciones imaginarias, pero posibles – «En el caso de que una mujer pobre se practique un aborto con una aguja infectada…». Y, así, con los ejemplos, bajaba un poco la tensión con la que había empezado a responder la pregunta y su tono se volvía más apacible, más familiar. Mantuvo la calma cuando lo contradecían y respondía contundentemente las contra preguntas que le formulaban. Nunca levantó la voz. Tuvo la capacidad, incluso, de burlarse de sí mismo cuando le reprocharon no haber podido levantar un bulto de papa en Boyacá, en medio de su campaña con los campesinos. No tuvo miedo a reírse libremente. 

Cuando la luz azul que decía ‘Al Aire’ se apagaba, parecía como si lo desconectaran. Volvía a ser el mismo que se vio temprano en la mañana. Se estiraba en su silla, tranquilo, y le cambiaba el tono de la voz. De repente estaba en la sala de su casa, con sus amigos, hablando de política. Continuaba muchas veces con el tema del que se venía hablando al aire y expresaba sus opiniones con un lenguaje coloquial y tranquilo. Pero una vez la luz azul volvía a encenderse, él volvía a estar alerta, como una presa que espera a su predador, y volvía el movimiento de sus manos, aquel tono formal de la voz con el que luchaba por organizar las ideas y los pequeños saltos recurrentes en la silla. 

Es frente al micrófono, aparentemente, cuando se pone nervioso. Las preguntas de 30 segundos que le lanzaba Morales le costaron trabajo. Le costaba bajarse del discurso político para contestar desde él, Enrique, y decir cuál era su serie favorita o qué es lo que más le gusta hacer. Dijo que amaba montar en bicicleta. Que tiene cinco: una, que es la que usa ahora, y otras cuatro que ya están muy viejas para usar. Dijo que los domingos, cuando podía, montaba bicicleta por Bogotá y paraba sagradamente a tomarse un jugo de naranja. Que le gustan las montañas y salir de paseo en carro, fuera de Bogotá. Y que cada vez que llega a una nueva ciudad de Colombia le dan ganas de quedarse ahí, viviendo por un tiempo. Para ver cómo es, cómo se siente.  

Una vez se terminó la entrevista, Enrique Peñalosa agradeció, se paró de su asiento y se despidió uno a uno de los periodistas que estaban en la sala. Salió por el mismo pasillo por el que había entrado, con su mismo caminar, hablando con el equipo que lo acompañaba. Salió dispuesto a esperar los días que quedan para las elecciones presidenciales. Menos de cuatro días para saber si pasa o no a la segunda vuelta. Para saber si aún puede conservar la esperanza de ser el líder de los colombianos por cuatro años o si empieza, por su cuenta, a hacer nuevos planes de vida. 

 

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Fotos: Santiago Castro