El talento más importante está en la psicología de los jugadores

El encuentro contra Brasil, independientemente del resultado, puede servirnos de ejemplo para saber cómo enfrentar a nuestros propios adversarios internos.
El talento más importante: La psicología de los jugadores
Recuerdo la conversación entre Diógenes de Sinope y Alejandro Magno. El conquistador le pregunta al filósofo si cree que él, Alejandro, es el rey de los hombres. Diógenes responde:  "Incluso después de que hayas terminado de conquistar Europa, África, Asia y el mundo entero, todavía no habrás vencido al primero y el último enemigo: tú mismo”.
 
Esto lo saben los artistas marciales: la competencia siempre es contra uno. Por eso el talento más importante está en la psicología de los jugadores: en la forma en que afrontan la adversidad, trascienden límites internos, manejan las derrotas, asumen las expectativas de la hinchada, se ven a sí mismos, se enfocan y desatan la fuerza de sus virtudes. 
 
Hablemos de los adversarios internos que seguramente encontraron nuestros 23 héroes en el partido contra Brasil, en el Mundial, y que nos pueden servir en nuestros propias competencias de la vida.  
 
El primero es la motivación. James lo dijo varias veces: “Tenemos hambre”. Esperemos que haber pasado a cuartos de final no haya implicado ya una satisfacción definitiva y que no se haya quitado el hambre de gloria. Porque el conformismo y la gloria prematura implican el adormecimiento del héroe. Mike Tyson, en un hermoso documental, habla de cómo su fortuna y sus triunfos le habían quitado las ganas de batallar que le dieron el hambre y la pobreza. 
 
Un segundo enemigo es la historia. Las personas que empiezan a extender los límites conocidos siempre se enfrentan con esa vos del recuerdo que dice “siempre” y “nunca”.  El partido contra Brasil, de alguna manera, fue una batalla contra la historia del fútbol, una batalla entre lo viejo y lo nuevo. Inventores, héroes, genios y campeones; todos necesitan una fuerza espiritual que les permita desafiar lo conocido y romper con la tendencia a repetir una y otra vez el pasado. La historia es un mandato y una prohibición que actúa en la mente de los jugadores. 
 
El apego a la victoria y la evitación de la derrota es otro gran adversario. Cuando jugamos de esa manera nos conducimos irremediablemente hacia el orgullo temeroso, la frustración y la auto conmiseración. Un gladiador impecable no piensa en esos términos, porque esa forma de ver las cosas lo inmoviliza y le quita la libertad que necesita para la batalla. La actitud que logra lo impensable se centra en el amor al reto. El partido y la vida se vuelven así un eterno camino de trascendencia ornamentado por victorias y derrotas que lo único que hacen es fortalecer el corazón del caminante. 
 
Especialmente peligroso es el enemigo del espejo. Así quiero llamar a esa capacidad que tenemos de dividirnos y empezar a pensarnos intelectual o discursivamente desde afuera. Esa voz que dice: “lo estas haciendo bien”, “lo estás haciendo mal”, “esto está muy difícil”, “ellos son mucho mejores”. Cuando surge el espejo, el jugador se divide, pierde foco, se evade del presente; y por esa brecha entra todo el poder de las emociones desbordadas. Un héroe impecable está en el aquí y el ahora, integrado, fluyendo, respondiendo como integridad. 
 
Es aconsejable controlar las emociones. Todos los competidores de alto nivel son expertos en encarar y manejar virtuosamente la potente fuerza de las emociones. Estas comparten una interesante característica: si nos desbordan, nos quitan el centro y nos aplastan; pero si las vivimos desde un desapego mental, son vigorizantes. El miedo puede paralizarnos o llenarnos de fuerza y concentración; el enojo puede descontrolarnos o inspirarnos. La diferencia está en cuánto espacio tenemos para aceptarlas, vivirlas, asumirlas, y cómo aprendemos a coronarlas con actos específicos. 
 
El tiempo es uno de los grandes retos del futbolista, especialmente cuando el jugador va perdiendo. Cuando las emociones empiezan a ganarnos, perdemos foco y quedamos crucificados entre el pasado y el futuro. Pero nunca olviden esto: el tiempo de la magia, el tiempo del arte, el tiempo del cambio, el tiempo de la suerte, el tiempo de las oportunidades, siempre es el presente. La lucha del jugador debe ser por no dejarse sacar del presente, bajo ninguna circunstancia. 
 
No podemos dejar de lado el miedo. No sentirlo nos vuelve blandos y desprevenidos. Pero no entenderlo nos empequeñece y agranda a nuestro adversario. El miedo es simplemente una alarma que dice: “terreno desconocido”. Pero cuando no sabemos reconocerla, entendemos que está diciendo: “no puedes, vas a perder.” En este sentido, Brasil fue una palabra que, o bien pudo llenarnos de un vértigo vigorizante y despertar nuestros sentidos, o quitarnos toda la fuerza y darnos un temblor en las piernas que no será compatible con los goles. Lo segundo pasó en el primer tiempo; lo primero, en el segundo.
 
La claridad, como decía Carlos Castaneda, es un enemigo más fuerte que el miedo. Una vez superamos el miedo, encontramos claridad en las cosas. Pero si esa claridad nos llena de orgullo y abandonamos la actitud del amor al reto, nos ciega. Nos volvemos despreocupados, torpes para responder, ineptos para aprender y evolucionar. Ya tendrán claro mis lectores lúcidos cuántos de nuestros deportistas más talentosos han sido derrotados por este enemigo. Algo de eso pudo sucederle a Colombia contra Brasil; y al mismísimo Brasil en su inesperada derrota contra Alemania siete por uno.Como vemos, el fútbol también puede ayudarnos a enfrentar nuestros propios retos. Pero la victoria real no llega de la noche a la mañana. Como lo dicta la historia de los mundiales, se construye con el tiempo, y aprovechando las oportunidades. Colombia, al menos, ya venció la inseguridad. Su paso a cuartos de final, y su presentación frente a Brasil, ha instalado a la selección en un ámbito de confianza esencial desde el cual puede empezar a mirar la cumbre como una meta y no como una ilusión vana. Así sucede con nuestra vida.
 
 
Foto: AFP