Juan Manuel Santos, retrato de un oligarca conciliador

Pragmático, frío y calculador, esas son las tres características que no ha perdido el presidente durante cuatro desgastantes años de mandato. Las que se le embolataron en las vicisitudes del poder fueron el buen genio y la puntualidad.
Juan Manuel Santos, retrato de un oligarca conciliador

Nació: Bogotá, 10 de agosto de 1951

Estudió: economía y administración de empresas en la Universidad de Kansas, en Estados Unidos; maestría en economía, desarrollo económico, y administración pública en el London School of Economics.

Filiación política: Partido Liberal y posteriormente fundó El partido de la U.

 

Domingo 25 de mayo, cuatro de la tarde. Juan Manuel Santos se levantó del consejo de ministros que presidía y se fue para la casa privada en el Palacio de Nariño a esperar los resultados en la intimidad de su familia. Un poco antes de las seis de la tarde, cuando era claro que había perdido la primera vuelta frente a su más acérrimo contendor, Óscar Iván Zuluaga, le dio los últimos retoques al discurso y se fue para la sede de su campaña al norte de Bogotá. No quiso esperar al horario “prime time” de los noticieros de televisión para aceptar su derrota. “Para qué esperar, lo que hay es que trabajar ya en la segunda vuelta”.

Apenas se bajó de la tarima donde agradeció el apoyo de sus electores y posó sonriente con su familia, convocó de urgencia a su equipo y al lado del expresidente César Gaviria, quien había asumido apenas una semana atrás la jefatura de debate, le dio un giro total a la campaña. Cambió la agencia de publicidad, acordaron los mensajes prioritarios para enviar al país y ajustaron la estrategia política, según el diagnóstico que ya había realizado Gaviria.

“Delante de nosotros nunca se mostró cabizbajo ni bajo de nota”, dicen sus asesores que durante las dos últimas semanas le armaron una agenda de campaña agresiva. “Es muy disciplinado, hace la tarea, él tiene claro lo que tiene que hacer y lo hace”, insiste una de las mujeres que no se le ha despegado durante los últimos cuatro meses y que ha participado varias campañas políticas, triunfadoras y perdedoras.

Lo que sí le ha molestado de sobre manera es que se “descachen” en la agenda y lo hagan llegar tarde a sus compromisos. Detesta ser impuntual. Cada vez que llega a un sitio y escucha las quejas de la gente acerca de que llevan horas esperándolo se le vuela el genio. Ese es tal vez el rasgo de su personalidad que más ha cambiado en estos cuatro años de estar en la presidencia: se ha vuelto más irritable.

Apenas entendible que manejar las riendas de este país “le vuele la piedra” a cualquier ser humano. Y fiel a su signo zodiacal –Leo- es un hombre que vuelve a la calma con facilidad después de un episodio de rabia. “La decencia no la ha perdido”, dice otro de sus escuderos. La expresión más fuerte que le han escuchado es “maldita sea”. Cuando la pronuncia, acompañada de un golpe de la mano sobre su pierna, sus acompañantes saben que está realmente molesto. Aún así, y como ha sido siempre, no grita ni maltrata a la gente que lo rodea. 

Tampoco ha variado mucho su rutina de ejercicio. A las cinco y media de la mañana está montado en la trotadora y en la elíptica, haciendo “zapping” por los informativos de radio. Y si es necesario, ahí mismo llama a un ministro cuando escucha algo que no está en orden. La hora de ejercicio es sagrada para él. Y mucho más después del cáncer de próstata que le diagnosticaron el 1 de octubre de 2012.

Ese ha sido, sin duda, el momento más difícil durante estos cuatro años de gobierno. Lo dicen sus colaboradores y lo recalca su familia. En esa semana que le confirmaron el diagnóstico, en plena Asamblea de Naciones Unidas en Nueva York, se le vio realmente golpeado. Pero fiel a su estilo, se repuso rápido y decidió, incluso en contra de la opinión de sus asesores, salir a contarle cuanto antes al país. Igual sucedió con el penoso incidente de la incontinencia urinaria en Barranquilla en pleno discurso de lanzamiento oficial de su campaña reeleccionista, en marzo de este año.

Ambos episodios fueron golpes muy contundentes para su familia, que más allá de la imagen que quieran proyectar sus asesores, es mucho más cercana de lo que se ve. La cena en familia, por ejemplo, es una tradición que ha tratado de mantener por encima de cualquier circunstancia. Por eso, cuando María Antonia, su ‘patojita’, venía a Colombia en medio de sus estudios en el exterior, el presidente interrumpía la agenda para almorzar o tomar café con ella. Cada domingo, en la medida de que su agenda presidencial se lo ha permitido, almuerza donde su suegra, donde alguna tía o con su hermano Enrique.

En su estilo de trabajo tampoco ha cambiado mucho. Es ejecutivo, sabe delegar y le gusta el trabajo en equipo. Motiva a quien le lleva ideas novedosas y prefiere reuniones pequeñas para hacer seguimiento a cada tema, aunque se sabe mover en grandes comités. Le gustan las cifras, siempre tiene cuadros, matrices, estadísticas.

Quienes llevan algún tiempo trabajando con él recuerdan, por ejemplo, que lo primero que hizo al llegar al Ministerio de Defensa fue pegar sobre su escritorio un pequeño cartel con las fotos y los nombres de los hombres más buscados de las Farc. Era la forma de dejar claro cuál era su objetivo, de recordárselo cada día a la cúpula militar, a los civiles que se llevó a trabajar con él, incluso a él mismo.

Con el mismo esmero y frialdad que fue trazando cruces sobre cada uno de los guerrilleros que iba quedando fuera de combate, había llenado años atrás cuadros y matrices para llevar sus cuentas en el Ministerio de Hacienda donde desplegó sus habilidades para pasar por el Congreso las medidas más impopulares que le permitirían sortear la crisis económica y financiera más fuerte desde los años 30. Él y sus asesores llevaban control sobre cada voto favorable al gobierno y era la forma de medir la lealtad de senadores y representantes.

En su momento lo acusaron de revivir los auxilios parlamentarios. Santos explicaba en aquel entonces que sólo les permitía a los congresistas promover proyectos para su región.

Ese es el pragmatismo que sus amigos le alaban y que sus enemigos atacan con el argumento de que alimenta la corrupción y la manzanilla. Hoy, en plena campaña para su reelección, le asignaron nombre propio “mermelada”.

“Para Juan Manuel la clientela es un accidente en el oficio. Él es de un realismo muy crudo. Sabe cómo motivar a los congresistas y eso facilita las cosas. En ese momento entendía que no era lo mejor pero ese no era su problema, su tarea era que le aprobaran sus proyectos cuando el gobierno lo necesitaba”, recuerda un senador conservador.

Ese mismo realismo lo tiene hoy en la mira de sus contradictores por recibir apoyo de “Ñoños y Musas”, como genéricamente se ha designado a los políticos de provincia con bajas notas en conducta que aceitaron la maquinaria electoral para la segunda vuelta.

“Es inteligente y capaz. Es un buen vocero de la derecha oligárquica”, dice Jaime Dussán, uno de sus más grandes contradictores, mientras le reconoce sus dotes de conciliador. En la negociación, Santos utiliza la persuasión y es hábil para encontrar el punto de acercamiento entre las dos partes. Sin renunciar a sus intereses, cede y al final se sale con la suya.

Para su hijo mayor Martín, quien se convirtió en su mano derecha y hombre de confianza en esta campaña reeleccionista, esa es la principal virtud de su padre: ser un hombre conciliador, capaz de reconocer y respetar las diferencias.

Y, sin proponérselo, esa se ha convertido en su espada de Damocles. En medio de un país polarizado, la gente no le perdona al principal exponente de la oligarquía bogotana que esté sentado con las guerrillas más antiguas de este continente, intentando llegar a un acuerdo de paz.