«Estoy feliz de volver a abrazar a la gente», Linda Palma

La carismática barranquillera es la presentadora de La fila, un programa de concursos y humor con el que el canal Caracol le apuesta a conquistar la difícil franja de los sábados en la tarde. ¿cuál es su secreto para que los colombianos la quieran tanto?
Linda Palma, la primera de la fila
Hace más de cincuenta años, el primer programa de concurso de la televisión colombiana daba como premio al ganador la imponente suma de mil pesos, un dineral en ese entonces. Por eso, los productores se encargaban de que jugar fuera un desafío que solo los más valientes se atrevían a enfrentar y que únicamente unos cuantos lograban ganar. Durante dos o tres meses, una vez a la semana, el participante debía contestar preguntas sobre un tema del que se consideraba especialista. Sabios de las letras, genios de la ciencia y doctores en Historia intentaban resistir, acorralados por cuestionarios insólitos sobre Oscar Wilde, las mariposas o la Antigua Grecia. Eso, por inaudito que suene ahora, mantenía a los televidentes amarrados a su silla. El dramatizado del hombre que, con lentitud, se acercaba a la fortuna, era diversión pura y dura.   
 
Todo comenzó con Gloria Valencia de Castaño, la primera dama de la televisión nacional. Delicada, dulce, prudente y sosegada, presentaba Miles de pesos por sus respuestas, donde capoteaba desde el micrófono a los más prominentes intelectuales de la época y, de paso, enamoraba a los espectadores. Hoy, cinco décadas más tarde y en medio de un contexto mediático no solo diferente sino casi opuesto al de los años sesenta, hay una nueva cara que brilla en la pantalla y que se ha ganado el cariño de los colombianos: Linda Palma, la barranquillera que, acompañada de Mario Espitia, conducirá La fila, el más reciente programa de concursos del Canal Caracol.
 

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Linda, aunque igual de encantadora, es muy diferente de Gloria, y eso es clave para los televidentes de hoy, que esperan más frescura, diversión y cercanía a los presentadores. La unión de una costeña y un llanero dio origen al híbrido auténtico, carismático, alegre y cálido que es Linda, cualidades que serán ideales para que La fila pueda conquistar al público durante la difícil franja de los sábados en la tarde, un horario que suele ser muerto y descolorido. 
 
Después de su paso por City TV –donde participó en programas juveniles, deportivos y culturales–, y de su participación en Yo me llamo y La voz –de Caracol–, Linda se ha ganado con naturalidad y sin esfuerzo, el cariño del público. A sus 29 años, muy cercana a la gente y fanática confesa de los abrazos, esta presentadora –que estudió ocho semestres de Ciencia Política con la intención de trabajar con comunidades vulnerables– llega como una ficha indispensable para que el país esté dispuesto a prender el televisor en lugar de salir de paseo, navegar por Internet o tomarse un café.
 
 

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Del humor negro a los concursos
 
La fila es un popurrí. Tiene juegos terrestres y acuáticos, bromas, cámaras escondidas, entrevistas y escenas en las que se representan situaciones cómicas. ¿Cómo se habría vivido la última cena si hubiera ocurrido en Colombia? Los productores de este programa se atreven a hacer suposiciones y meten a Jesús y a sus discípulos en una fonda paisa. Situaciones como esta se intercalan con los juegos, que consisten en cortas pruebas de agilidad y destreza, como subir una patineta a un pequeño montículo, desenroscar una tuerca antes de que se acabe el tiempo convenido o abrir una caja fuerte debajo del agua. Cada participante tiene una sola oportunidad, no compite contra nadie. Si logra el propósito, inmediatamente se lleva uno de los premios que da el programa, desde iPads y neveras, hasta motos y carros cero kilómetros. «En ese proceso yo soy la amiga del público –cuenta Linda–, la que les da ánimo, la que chismosea y averigua sus historias de vida». 
 
La fila empezó a pensarse hace un año ante la desaparición inminente de También caerás. «Fue un programa que cumplió su ciclo –asegura Juan Ignacio Velásquez, director de los programas de entretenimiento del Canal Caracol–. Y lo hizo dignamente. Estuvo al aire quince años, pero se agotó, no había nada por explotar ahí y necesitábamos atraer nuevos espectadores». Hace décadas, los canales empezaron a olvidar a los televidentes durante los fines de semana. «Los directivos acabaron con la programación de los sábados y los domingos –asegura el analista de medios Ómar Rincón–. Se iban a la finca, pensando que todo el país se iba a la finca después del viernes, y dejaban al público a la merced del fútbol y las películas repetidas de Steven Seagal. El rating no pasaba de los seis puntos. Hasta ahora se dan cuenta del error e intentan recuperar a la gente a través de los concursos de antes». 
 

 

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Con la llegada de los chismosos de La red, Caracol empezó a crear un nuevo público de fin de semana y le dio la batalla a su competidor, RCN, que contaba con El lavadero. Pero la franja más difícil es la que ahora ocupa La fila: entre las cinco de la tarde y las siete de la noche. «Yo le tengo mucho miedo a ese horario –cuenta Diego Ávila, director del programa–.Es difícil pelear contra el sol radiante de un sábado». Las nuevas ofertas de entretenimiento fuera de la casa, Internet y la posibilidad que dan las nuevas tecnologías para grabar y ver los programas después, han alejado a los espectadores de la televisión. ¿Qué hacer para traerlos de vuelta? ¿Qué busca el televidente colombiano? ¿Qué sería lo suficientemente seductor para arrastrarlo de la puerta para dentro?   
 
 
De regreso al pasado
 
Los espectadores son lo que la historia y la televisión han hecho de ellos. Y viceversa: la televisión, también, ha estado obligada a convertirse en lo que el público espera de ella. Quienes veían, como si estuvieran hipnotizados, a ese experto que respondía en qué ciudad murió Oscar Wilde o cuántas páginas tenía su libro El retrato de Dorian Gray, fueron los mismos que quedaron atrapados con el formato de Cabeza y cola en la década del setenta: los concursantes respondían las preguntas de cultura general que les hacía Pacheco –el rey de los programas de juegos–.  Si lo hacían correctamente, subían a la cabeza, si no, bajaban a la cola. 
 
Eran tiempos en los que el Estado manejaba los contenidos de la televisión y encontraba en esa caja mágica el medio perfecto para transmitir cultura y conocimiento. «Incluso las historias de ficción eran controladas –cuenta el analista de medios Germán Yancés–: una norma condicionaba que las telenovelas que llegaran a Colombia del exterior debían estar basadas en clásicos literarios de García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa, entre otros. Y, para rematar, quienes trabajaban en el medio llegaban de la radio y el teatro, espacios en los que se movía la intelectualidad del momento». La televisión parecía destinada a la profundidad, la reflexión y la pedagogía.
 
 

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Por esta razón, quienes participaban en los concursos de ese entonces eran personalidades importantes del sector de la cultura. Cuando ganaban –después de meses de esfuerzo– se convertían en celebridades. La gente los paraba en la calle y les pedía autógrafos. Se volvían famosos a raíz de un genuino sentimiento de admiración que despertaban en un público que aspiraba llegar a ser como ellos.
 
Pero con el tiempo, luego de que el Gobierno eliminara las restricciones al contenido, llegó al país el primer culebrón mexicano, Los ricos también lloran, y fue una sensación. El melodrama, que fluía discreto por las venas de los colombianos, se escapó de la sangre, atravesó la piel, encontró respuestas en esas telenovelas con las que se identificaba y, muy pronto, la admiración hacia los intelectuales se trasladó a la bella Verónica Castro.
 

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Esta voltereta, unida a la llegada de las mediciones de rating, a la publicidad y a la privatización de los canales, cambiaría la televisión para siempre. «Antes los temas densos en los programas de concursos eran aceptables –añade Yancés–. Se pensaba que a la gente le gustaban y los veía. Pero cuando aparece el rating caníbal, se descubre que a los espectadores les interesa otra cosa y por lo tanto hay que disminuir la profundidad del contenido para llegar a la masa, porque ya no solo hay intereses educativos sino comerciales, y hay que satisfacer los requerimientos de la publicidad».
 
Según Yancés, lo que revelaron las mediciones de rating es que vivimos en medio de una sociedad hedonista por excelencia. «En la televisión la gente busca el placer, la ligereza, la diversión», dice. Al público en general no le interesa que lo cuestionen ni que pongan en duda su inteligencia, sino sacar la cabeza de los problemas cotidianos, encontrar un poco de tranquilidad y entretención dentro del caos de la vida.
 

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Darles lo que piden
 
Le gente quiere reírse. De eso está seguro Ómar Rincón y con él coinciden los productores de La fila. También quiere sentir que es capaz de hacer lo que ve en la pantalla. No busca retos imposibles, sino desafíos realizables. Y espera, como compensación a su esfuerzo, un premio. No importa cuál. Pueden ser cincuenta millones de pesos o una licuadora, lo esencial es que exista una verdadera posibilidad de ganar. 
 
«Ahora no sirve ser sofisticado –opina Sebastián Martino, quien durante mucho tiempo fue la cabeza del área de realities y concursos de Caracol Televisión, antes de que se ramificara–. Tenemos que apuntar a los conocimientos populares, como el caso de El precio es correcto, para que todos sientan que pueden participar. En este momento segmentar es excluir, así que el éxito está en buscar ser incluyentes en todo sentido. También caerás tenía un humor negro que podía espantar a algunos, así que hay que buscar uno más genérico, digerible, fácil. De esta forma también hay que premiar. No importa qué se regale, lo que quiere la gente es que las pruebas no sean difíciles, que no tengan trampa y que, en esa medida, los premios no sean una promesa inalcanzable».  
 
Ómar Rincón añade que los programas de concurso ideales deberían celebrar la extroversión de lo popular, y parece que La fila sigue este camino mientras les da a los colombianos todo lo que quieren: juegos sencillos –cuyo diseño fue comprado a un programa argentino–, humor a la colombiana con el que todos pueden identificarse, y premios, muchos premios. La intención es cautivar a un público perdido, atraer masas desencantadas, y parece que van por buen camino. Es un formato en el que cualquiera puede participar y cada ocho días alcanzan a jugar entre 200 y 300 personas que luego querrán verse en televisión. Además, la idea es que próximamente el programa viaje por el país, para que todos puedan concursar.
 
Junto a todo esto, tienen a Mario Espitia, un presentador dicharachero que las mujeres se mueren por conocer y que siempre está dispuesto a regalar abrazos. Y cuentan con Linda Palma, una joya que se adapta al formato como anillo al dedo: «Al principio le tenía miedo al cambio, pero le tengo aún más miedo a la mediocridad, así que me lancé y ha sido una alegría volver a la gente, que es lo que más me gusta de mi trabajo». Con su entusiasmo, su frescura y su honestidad le dan un estilo cálido, cercano y colorido al programa, con el que trata de ceder su protagonismo a los participantes para que sean ellos quienes se luzcan frente a la cámara y vivan sus quince segundos de fama. Por detalles como este es que los colombianos la quieren tanto y que La fila tiene la posibilidad de conquistar la sombría franja de los sábados en la tarde. 
 
Concursos inolvidables

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Fotos: Juan Arellano
Asistentes de fotografía: Camilo Quintero y Darío Cifuentes maquillador: Álex Ramos
Vestuario: Jorge Duque Vélez, camisa blanca: Punto blanco, zapatos bicolor: Johanna Ortíz, accesorios: Tous