Óscar Iván Zuluaga, un hombre de familia con mano de empresario

Fanático de Harrison Ford y del Once Caldas, y recurrente lector de Cien años de soledad, es un hombre tranquilo que pierde la paciencia con facilidad.
Perfil no oficial de Óscar Iván Zuluaga

Desde que era un niño, Óscar Iván Zuluaga soñaba con ser presidente. Su mamá todavía guarda el papelito en el que el candidato, a los ocho años, escribió quiénes lo acompañarían en su mandato. Su tía, la de la floristería, sería la directora de protocolo. Su tío, el policía cívico, sería el asesor de seguridad. Y así. Toda la familia recibió cargos en su gabinete.

 

Siempre ha sido un líder. Cuando era estudiante de Economía en la Universidad Javeriana, muy pronto se convirtió en presidente de Aiesec, una reconocida asociación internacional estudiantil. En ese cargo organizó en Medellín una conferencia para hablar de los recursos energéticos del país, un tema que, hasta ese momento y a pesar de su importancia, no se había discutido lo suficiente en Colombia. Esta iniciativa lo hizo muy popular. Todos sabían quién era ese joven carismático y diligente.

 

Así fascinó a la barranquillera Martha Ligia Martínez, quien quedó encantada con sus impresionantes habilidades como orador, su claridad y su estilo de intelectual y bohemio: tenía una barba generosa y negrísima, abundante cabellera y le encantaba fumar pipa. Por esos días sacaba las mejores notas, pero no necesitaba clavarse entre los libros: «Aiesec era una responsabilidad agotadora que le quitaba mucho tiempo –asegura su esposa–. Se reunía con amigos y, mientras ellos estudiaban, él descansaba. A veces se levantaba, hacía un par de preguntas y eso le bastaba para destacarse más que el resto de la clase. Asimila muy rápidamente el conocimiento».

 

Que planeara esa conferencia sobre recursos energéticos habla de uno de los rasgos que Zuluaga ha mantenido a lo largo de su trayectoria política: «Es visionario, se da cuenta muy rápido de las cosas que no están funcionando bien y plantea salidas», asegura Luis Fernando Gutiérrez, periodista que lo ha acompañado en varias etapas de su vida. Su amigo y asesor Juan Alfonso Hoyos coincide con esta opinión y añade: «Yo lo motivé a que dejara el sector empresarial y se lanzara a la alcaldía de Pensilvania porque es un hombre que se caracteriza por buscar soluciones, y para esto sabe escuchar y trabajar en equipo».

 

Sus colaboradores y amigos están de acuerdo en que, luego de su experiencia como presidente de Acesco –acería de la que es propietaria su familia materna–, al hoy candidato le quedó una gran capacidad de organización y de ejecución. Es un líder que actúa. Le interesa hacer seguimiento a los resultados y rendir cuentas

 

Pero antes que empresario o político, el candidato a la presidencia ha sido un hombre de familia. Su esposa y sus tres hijos son los cimientos de su vida, su motor. Y eso lo heredó de sus padres, quienes llevan 58 años de casados. Suele ir de la casa a la oficina y de la oficina a la casa. No es amiguero –la mayoría de sus amistades surgieron durante el colegio y la universidad, y se ha encargado de cultivarlas en lugar de buscar más, por eso nunca falta su llamada en Navidad, año nuevo, cumpleaños–. Tampoco es fiestero –aunque aseguran que es un gran bailarín y siempre le ha dado la talla al carnaval que es su esposa en la pista–.

 

Cuando sus hijos eran niños, era él quien los arropaba en la cama por las noches. Sin falta, les leía cuentos, y su interpretación de los tres cerditos y de los soplidos del lobo era un éxito. Por las mañanas los llevaba al paradero donde los recogía el bus y los fines de semana compartía su pasión por el fútbol con Juliana, la única que heredó su gusto por el balón. «Ha sido un papá muy dedicado, abierto y tranquilo –asegura su hija–. Siempre ha recurrido al diálogo y nunca nos ha regañado, él prefiere conversar. Por eso, en principio no se me ocurre nada que le dé mal genio, aunque me imagino que una acto de deshonestidad lo indignaría».

 

Hace un buen equipo con su esposa, con quien ha sido fácil determinar las normas que rigen su hogar. «Juntos decidimos que no dejaríamos que nuestro hijos tuvieran televisión en el cuarto –cuenta Martha Ligia–, que sería una regla llegar a la casa todas las noches, que los sábados siempre almorzaríamos en familia, y que los domingos iríamos a misa».  También tratan de compartir unas horas los lunes en las noches, cuando algunas de las familias que viven en su edificio se reúnen para rezar el rosario, entre ellas la de Luis Alfonso Hoyos, quien es padrino de Juliana.

 

Además de hacerle barra al Once Caldas y al Deportivo Cali, Óscar Iván se ha declarado hincha de Harrison Ford y acepta, sin vergüenza, que su película favorita es Avión presidencial. Adora el cine de acción y, mientras que sus hijos se burlan de las acrobacias absurdas de esos personajes que todo lo pueden, él defiende a capa y espada a sus héroes, y cree que todas sus piruetas son posibles y admirables. Por el lado de la literatura, se apega a Cien años de soledad –novela que ha leído tres veces–, Cartas cruzadas –de Darío Jaramillo Agudelo– y la biografía de Winston Churchill.

 

La vanidad no es lo suyo, por eso es su esposa quien está pendiente de que se eche las cremas que podrían evitar que se quede calvo. A él poco le importa, pero Martha Ligia lo prefiere con pelo. Tampoco es muy exigente con la ropa. Fue buen cliente de Hernando Trujillo y la ropa informal suele comprarla en Arturo Calle, no necesita marcas lujosas ni sastre personal. Siempre ha sido muy clásico y se va por colores como el azul oscuro y el blanco, pero para la campaña ha intentado modernizarse y ha tomado el riesgo de ponerse rosado. 

 

Su campo de acción es otro. Como presidente de Acesco, dicen sus cercanos, fue uno de los primeros en hablar de responsabilidad social empresarial. Esa sensibilidad con la que afronta ciertos temas y su costumbre a creer en la gente ciegamente han llevado a que familiares y amigos hayan llegado a la conclusión de que uno de sus mayores defectos es ser «muy tranquilo, muy pasivo» –como comentó su hija–. «Esa actitud hace que uno caiga en la ingenuidad», aseguró Luis Alfonso Hoyos.

 

Una de sus debilidades es la impaciencia. Se obsesiona con ciertas causas y no es bueno para esperar a que los procesos den un resultado. Esa impaciencia y su mentalidad obsesiva –quizás– han sido las culpables de que en los últimos debates con Juan Manuel Santos haya reaccionado con agresividad, cuando todos los allegados y colegas que consultamos coincidieron en que Óscar Iván es, ante todo, un hombre tranquilo, conciliador, respetuoso y ecuánime, al que le interesa escuchar y tratar de entender diferentes puntos de vista

 

Dado que esta campaña ha despertado el lado más irritable de los candidatos, Zuluaga trata de sacar tiempo para nadar o usar la elíptica –el deporte suele ayudar a controlar el estrés–. Antes jugaba fútbol, pero después de una grave lesión en su rodilla tuvo que hacer el balón a un lado. Un queso maduro también podría mejorar su ánimo, una buena pasta o, tal vez, una película del 007.