Sofía de Grecia, una reina de Oro

El sufrimiento siempre fue parte de su vida. Desde que se enfrentó a la pobreza durante la segunda guerra mundial hasta que tuvo que aprender a lidiar con las infidelidades de su marido. Fue resistente y dedicada. Así se ganó el amor de España.
Sofía de Grecia, una reina de Oro

Cuando nació Doña Sofía hubo fiesta nacional. En ese momento todavía no era ni doña ni reina pero tenía la sangre, el linaje y el dinero para serlo. A Sofía Margarita Victoria Federica la bautizaron sus padres, los príncipes Pablo y Federica, en una ceremonia  ortodoxa, con la familia real, de la que estuvo pendiente todo el pueblo griego. La noticia se propagó de voz en voz, de casa en casa,  y el orgullo de toda una nación era pleno. Eran otras épocas, sin duda, y la monarquía era el sueño de todos.

Pero era 1939 y la segunda guerra mundial venía tocando las puertas de Europa. Los reyes de Grecia con sus hijos y los hijos de sus hijos salieron exiliados de la fortaleza donde se habían levantado por tanto tiempo. Casi nómadas, tuvieron que aprender a vivir en tierras extranjeras. Viajaron por Sudáfrica y Egipto cambiando los palacios elegantes y los banquetes fastuosos por casas precarias y sopas de hierbas, que preparaban con plantas que arrancaban de la tierra. Cuenta Federica, en sus memorias, que se encontraban constantemente a las ratas con la cabeza dentro de los tarros de crema. Ese era el alcance de su miseria.  

Sofía aprendió que las princesas seguían siéndolo a pesar de la pobreza y la lección le duró hasta que se acabó la guerra. Cuando la monarquía pudo reestablecerse, ella volvió a su hogar, a sus vestidos y a su cama acolchada, para estudiar como debía hacerlo alguien de su alcurnia. Aprendió de pediatría, de música y de arqueología y se fue a vivir un tiempo a Alemania, porque era el único lugar en el que podía estudiar un bachillerato internacional. ‘Shule Schloss Salem’ era el nombre del internado en el que permaneció tres años, donde aprendió a hablar alemán con fluidez. Fue muy obediente, como siempre, pero no se le conoció ningún amigo que pudiera nombrarse en una biografía. Volvió entonces a su país, confundiendo su cabeza entre el griego y el alemán, y empezó a trabajar como enfermera dentro de un centro para madres fundado por Federica, que ya era reina. Fue deportista también y como suplente de la selección griega de vela logró  ir a los Juegos Olímpicos de 1960.

Fue tal vez su figura de atleta, su porte de princesa, su discreción o su elegancia, lo que causó sensación en la boda de los duques de Kent. Lo cierto es que el príncipe Juan Carlos de Borbón la notó por encima de todas las demás. Quedó impactado él, quedó impactada ella y tuvieron, menos mal, toda una velada para contarse la vida. Pero Sofía llegaba a esa conversación con una cicatriz de guerra; una batalla de amor de la que salió vencida. La herida llevaba el nombre de Harald de Noruega, el primer amor de la princesa del que se tuvo noticia. Estaban comprometidos para casarse y el matrimonio se canceló sin previo aviso. La familia real griega no supo nunca la razón exacta. Dicen que fue porque los  tantos miles de dracmas que aprobaron los griegos como dote para la boda no les parecieron suficientes a los noruegos o porque apareció, justo antes de la formalización del compromiso, un viejo amor del príncipe Harald que amenazaba con suicidarse si la ceremonia se realizaba. Ambos tienen ahora una familia feliz.

 

SPAIN ROYAL WEDDING
Archivo Cromos

 

 

Y así, feliz, era como pensaban que sería el matrimonio entre Sofía de Grecia y Juan Carlos de Borbón, celebrado un año después de ese primer encuentro en Kent. Fue una boda por todo lo alto. Hubo tres ceremonias, todas en Grecia: una por lo católico, otra por lo civil y otra por la religión ortodoxa. Lo más lujoso que se vio en ese país en muchos años.

Fueron, entonces, la pareja de príncipes que esperarían el trono. Hasta que se convirtieron en Reyes. Dicen que hubo amor durante 14 años. De ella, sobre todo. Él fue un rey ejemplar y ella una reina obediente, entregada a la solidaridad y responsable con los eventos propios de su reinado. Fueron 14 años de tranquilidad para la pareja y para la familia que fueron formando, con paciencia, paso a paso. Él estaba ocupado y entregó la educación de sus hijos a ella, de la que se encargó con devoción, dividiendo su tiempo entre sus responsabilidades de madre y sus obligaciones de reina.

Pero, entonces, pasó lo que no debía pasar. «Me voy de caza», dijo él. «Es un viaje de hombres». Y ella le dijo que sí, que bueno, que la pasara bien. Luego se le ocurrió ir a visitarlo, que darle una sorpresa sería divertido. Entonces empacó maletas y salió con los niños a la casa de campo donde se estaba alojando. Algo olía extraño en esa casa. Algo no estaba bien. Ella que sube corriendo las escaleras y ella que las vuelve a bajar, aún más rápido, con una ráfaga de odio en la mirada. Lo que ve allá arriba no se lo repite a nadie, nunca. Es una imagen que deja para sí misma, en su soledad, en su rabia, por los años que vinieron. Tomó sus tres hijos y pidió tiquetes para India, donde estaba su madre. No quería volver. Antes de irse, sin embargo, atendió un par de eventos que no podía eludir. Era la segunda vez que le rompían el corazón, esta vez para siempre, y ella tuvo que pintarse una sonrisa y asistir. Nada había pasado.

«Las princesas no lloran» le había dicho su madre, siendo ella muy niña. Y fue esa premisa, repetida por los labios de Federica, lo único que logró que regresara a España después de su viaje. Pero ya no estaba dispuesta a dormir en la misma cama con el rey. Las habitaciones se separaron. Don Juan Carlos de Borbón pasó a dormir a la segunda planta y ella se quedó en la primera, sola,  inventando una nueva sonrisa para cada una de las veces en que el rey le fuera infiel. Fueron demasiadas sonrisas para una sola vida.

Es un secreto qué era lo que sucedía en palacio cada vez que ella se enteraba de una nueva amante. No se sabe si cada vez sufría menos o si cada vez sufría más. Lo que sí es cierto es que enfocó todas sus energías – y su rabia, quizá –  en el bienestar de la sociedad, en el de sus ocho nietos y en el de sí misma, por supuesto.

Aprendió, desde niña, a  mirar a  los ojos a pobres y a ricos. Y con esa actitud asiste aún  a las personas con problemas de drogas y de alzheimer que se tratan a diario en la Fundación Reina Sofía, que ella misma creó en 1977. Saluda de beso a cada uno de los niños en los hospitales que visita, no importa el tiempo que se demore en hacerlo, y con ello desespera a todo el que la acompaña. No conoce la puntualidad cuando se trata de solidaridad. No se pierde ninguna reunión importante y asiste, siempre, con su sonrisa de reina; ya sea la natural o alguna de las que aprendió a impostar para momentos difíciles. Nunca deja de verse como una reina.

Para ella, su familia es lo más importante y la cuida para que no se desintegre. En los diarios españoles la llaman ‘la pacificadora’ porque a pesar de los problemas internos y de los escándalos que se hacen más grandes con la prensa, ella siempre está ahí, fuerte y centrada, sosteniendo lo que haya que sostener. «Las princesas no lloran», le había dicho su madre. Y las reinas tampoco. Ha logrado tener buenas relaciones con Letizia, su sucesora, esposa de su hijo Felipe, y ha logrado, incluso, permanecer unida a su hija Cristina, por encima de los líos de corrupción en los que anda metido Iñaki Urdagarín, el esposo de la infanta. Espera amorosamente que todo se solucione mientras visita a sus nietos y cuida de ellos, siempre que se lo permiten.

A la Reina Sofía de Grecia le hubiera gustado ser peluquera. Si pudiera, vestiría de zapatos cómodos, bluyines y camisas anchas. No come carne y procura mantenerse delgada con su dieta. Pero ya no hace deporte. Sus épocas de los olímpicos quedaron debajo de sus 75 años,  que no oculta con bótox ni con cirugías plásticas.  «Con los años, no es que te conformes y te arrugues. Es que comprendes más, toleras más», dice. Y tal vez no haya podido perdonar a Juan Carlos de Borbón por todo el sufrimiento por el que la hizo pasar;  pero sí lo haya aprendido a tolerar. Tal vez por eso y porque lo quiere, pese a todo, es que se atrevió a darle ese beso en público el pasado septiembre, del que tanto hablan los medios del mundo.

La ilusión de ser reina ya no está, ya se fue. Empieza ahora una nueva etapa de su vida. Su compañero por más de 50 años dice que se siente solo, que se siente enfermo, que ya está agotado, que ya no quiere ser rey. Sus índices de popularidad son los más bajos en años. Y ella, en cambio, sigue vital. Nunca da muestras de cansancio y la gente la quiere, la respeta. Dicen muchos que es ella la fortaleza de la monarquía actual. Parece que ahora va a ser él, después de tantos años, quien va a pedir a gritos su compañía.