Entrevista

Alejandro Gaviria: el hijo y el padre

El Ministro de Salud se prepara para entregar el cargo en el que ha estado cinco años. Después de ganarle la pelea al cáncer, de mantener a su familia, a pesar del dolor y la incertidumbre de la enfermedad, Gaviria quiere parar: ver el cielo pasar, escuchar, por fin, su voz interior.

Daniel Álvarez / Cromos

"Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años", José Emilio Pacheco.

Era domingo por la tarde. El sol en el centro del cielo hacía hervir las calles de Medellín, como siempre, como todos los días de sol en ese valle. En el Atanasio Girardot los gritos de los hinchas parecían olas furiosas: una tras otra, sin espacio para el respiro. Ese día, Atlético Nacional marcó un gol y los devotos rugieron como fieras en las tribunas. Alejandro Gaviria estaba en su casa, que quedaba cerca al estadio, junto a su hermano Pascual y a su papá Juan Felipe. Los tres escuchaban el partido por la radio cuando de pronto el locutor ahogó el grito de gol contra el micrófono. Se miraron, no se dijeron nada y salieron al solar, esa parte de atrás de las casas antioqueñas donde hay una pequeña sección de prado con las matas y las flores, donde se extendía la ropa, donde se almorzaba los domingos. Los tres, el papá y sus dos hijos inundados por la emoción del gol se lanzaron a la manga, como se le dice en Medellín al pasto. Uno tras otro fueron dando botes, y se oían las risas y se oían los gritos del estadio que quedaba tan cerca, tanto, que ese pequeño pedazo de hierba quemado por el sol parecía la cancha. Y seguían sin mirarse, pero se veían felices. No había más que eso: la felicidad.

Ese día es el recuerdo más feliz que tiene Alejandro Gaviria junto a su padre. El Ministro de Salud le siguió los pasos a su papá desde el colegio: estudió Ingeniería, como él; fue servidor público, como él. Pero el niño quería ser poeta o escritor. Una vez oyó la voz de su padre diciéndole al oído: “Si estudias ingeniería, todas las posibilidades de la vida serán mejores”. A pesar de que Juan Felipe no lo estaba obligando, Alejandro tomó el consejo como una salida rápida: “Puedo estudiar eso y salirme y escribir, hacer otra cosa”, pensaba. El papá se sentía orgulloso, pero lo dijo pocas veces. Un papá que demostraba el amor a través del compromiso y la entrega, con miedo de decir “te amo", porque no sabía cómo decirlo, porque nunca lo dijo, porque no sabía si podía decirlo. Papá. Papá hierro, papá sangre, papá trabajo. Papá. El que provee, el que no llora, el que resiste.

Gaviria, en cambio, es otro tipo de padre. A Mariana y a Tomás, sus dos hijos, les ha tocado ver las lágrimas de Gaviria, la impotencia que da el cáncer, la resurrección. Mariana y Tomás le salvaron la vida a Gaviria de la forma más básica, más obvia, más importante: dándole razones para perseverar y seguir viviendo.

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En una entrevista dijo que había estudiado Ingeniería, porque su papá lo había hecho. ¿Por qué decidió estudiar lo mismo que su papá?
Porque compartíamos el gusto por las matemáticas y cierto pragmatismo, y porque, además, siempre he admirado a mi papá, siempre ha sido un referente en mi vida. Me acuerdo, por ejemplo, que cuando escribía algo en el colegio, esperaba su opinión, como quien espera un veredicto inapelable.

Él también fue político, ¿siguió sin darse cuenta los pasos de él?
Sin darme cuenta, tal vez. Cuando me vine a vivir a Bogotá, pude hacer mi carrera por mí mismo, pude liberarme de su influencia, pude encontrar mi propio camino. Parecido, pero no el mismo. Fue liberador sin duda.  

¿De qué se liberó?
Mi papá, en Medellín, era una persona importante. Sentí que me había liberado de su sombra, de tenerlo que emular, de tener que, de alguna manera, seguir su camino. A pesar de que fueron caminos parecidos el de él y el mío, yo siento que cuando me vine para Bogotá fue una liberación. Mi papá acá no era tan conocido y eso me dejó a mí ser más libre, tener una vida. En el fondo fue una liberación de lo que él representaba, pude alejarme de su prestigio social que eso, para cualquier persona, y más para un adolescente, es apabullante.

¿Se arrepintió de haber estudiado Economía e Ingeniería?
A mis colegas ingenieros no les va a gustar lo que voy a decir, pero tengo que confesar que sí me arrepiento de haber estudiado Ingeniería. Yo nunca me sentí del todo a gusto estudiando eso, sentía que me faltaba un componente humanista y además hice muy explícita esa inconformidad. Yo di el discurso de grado que causó cierta conmoción en la universidad, porque critiqué la falta de ese componente humanista y criticaba la instrumentalización de la educación. Sentía que faltaba un poquito de rebeldía, faltaba pensar el campo social, faltaba contexto. Yo estudié en el momento álgido de la violencia y eso no se discutía en clase. Yo di un discurso muy duro, tanto que ahora, que me reuní con mis compañeros de universidad, recordamos que en nuestro mosaico de graduación del año 87 es el único donde no salen los directivos de la universidad. No quisieron salir, como protesta a mi discurso. El discurso empezaba con una frase de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Era una frase de Aureliano Babilonia, perdido en un laboratorio, aprendiendo muchas cosas, pero completamente aislado de la realidad: esa era la figura, un señor metido en un sótano aprendiendo mucho, pero sin conexión con el mundo. Esos éramos nosotros en la universidad. Me faltó valor para renunciar. Nunca se lo dije a mi papá, nunca le dije que lo único que pensaba era: “Termino esta vaina y me pongo a hacer otra cosa”.

¿Qué le habría dicho él?
Creo que me habría respondido: “¿Qué estás haciendo, güevón?”. Algo así.

Si su hijo Tomás decidiera estudiar economía o ingeniería, porque usted lo hizo, ¿qué le diría?
Que está bien, pero que le falta originalidad.

Usted ha defendido la eutanasia. Si hubiera tenido que pedir que la usaran con usted, ¿qué le hubiera dicho a su familia?
Que llega un momento en que es mejor apurar las despedidas. No vale la pena el sufrimiento sin alivio y sin sentido.

Sus hijos, Mariana y Tomás, lo acompañaron durante el proceso, ¿en algún momento evitó que lo vieran flaquear?
No. Somos una familia expresiva, no me da miedo llorar delante de mis hijos, nunca he tenido la necesidad de esconder mis sentimientos o de mostrarme fuerte cuando estaba triste o derrotado.

¿Cuál es la labor más difícil de ser papá?
Ser conscientes de que cualquier cosa que hagamos o digamos tiene suma importancia para nuestros hijos. Son un blanco demasiado fácil. Podemos herirlos fácilmente. Yo me acuerdo de que una vez cometí un error gramatical cuando estaba en el colegio. Mi papá me dijo que yo no sabía escribir y eso se me quedó grabado en la memoria. Todos los años que han pasado y yo todavía lo tengo en la cabeza.

¿Qué le reclamaría a su papá?
A mi papá, ya de 80 años, qué pereza hacerle reclamos a estas alturas de la vida. Cada uno vive como puede. Él tendría más reclamos que hacerme a mí que yo a él. Cosas muy puntuales le diría, por ejemplo, mi papá no fue con mi mamá al grado de mi doctorado, en Estados Unidos, y eso lo resentí un poquito. Le diría que habría podido ser menos duro. Y, por mi parte, él me reclamaría no haber sido lo suficientemente locuaz.

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¿Cuánto tiempo de su vida (familiar y personal) le quitó ser ministro? ¿Valió la pena perder esos momentos?
Incontable. Tomás me pregunta todo el tiempo: “¿Llegas temprano?”. Yo le digo que sí, y no le cumplo. Eso me da tristeza, es tiempo perdido. Pero ya vendrá el desquite.

Cuando Tomás sea papá, cuál sería su mejor consejo.
¡Que no dé consejos! (risas). Mentiras. Que ‘no joda mucho’, que la vida es autodescubrimiento, y que los papás no debemos tratar de influir mucho sobre las vidas de nuestros hijos.
 
El suyo era un papá más racional que emocional.
Era un papá exigente en el tema académico. No me regañaba mucho, yo era muy buen estudiante. Me gané todas las becas que pude, fui un nerd. Pero detrás de esas acciones estaban las palabras de mi papá. Sí puedo decir que me convertí en un esclavo del superyo. Me identifico a veces con una frase que leí por ahí que dice: “Me dejo dominar por la fuerza de voluntad”. ¿Cómo interioriza uno esa conciencia tan fuerte? Siempre he sufrido de un exceso de responsabilidad, creo que mi papá tuvo mucho que ver con eso. No solo por lo que me dijo, sino por lo que no dijo, por lo que me insinuaba. Yo como papá no he querido hacer lo mismo. No es fácil soportarse a uno mismo.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando vio a Mariana, su primera hija, recién nacida?
Sentí el peso de la responsabilidad, un sentimiento de que mi vida ahora tenía un objetivo claro. Pensé para mis adentros: “Esta vaina se puso sería”.

En Hoy es siempre todavía, su último libro, hizo una hermosa descripción de la poesía: “La poesía, en última instancia, no es más que una forma sublime de celebración y de protesta, una forma sofisticada de autoayuda, de asumir el absurdo de la existencia sin renunciar a los desafíos de la libertad”. Díganos un poema que crea que le ‘salvo la vida’.
Ninguno, pero muchos me han servido para vivir la vida, para celebrarla. Cito mucho uno de Eugenio Montejo: “Solo trajimos el tiempo de estar vivos entre el relámpago y el viento; el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo, el hoy, el grito delante del milagro;  la llama que arde con la vela, no la vela, la nada de donde todo se suspende –eso es lo nuestro.

Siempre ha dicho que cuando termine su labor como ministro, pensará en el verso del poeta mexicano José Emilio Pacheco: “Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco. Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia: Eso me pasa por intentar lo imposible”. ¿En qué cree que fracasó como ministro? ¿Qué imposible intentó en su puesto?
Los sistemas de salud de todo el mundo están quebrados. Resulta imposible conciliar las expectativas de la gente con los recursos disponibles. La sostenibilidad financiera es prácticamente inalcanzable. También resulta muy difícil recuperar la legitimidad. No podemos pagar por todo. Pero es casi ilusorio construir un no ‘legítimo’.

Ha dicho que nunca pensó durar más de dos años en ese puesto. ¿Qué lo hizo durar cinco?
No sé bien. Pero ser una persona ajena a los intereses del sector y no apegada al poder, a los espejismos de estos cargos, me ayudó. Me permitió, al menos, actuar con coherencia.

¿Qué hombre era Alejandro Gaviria cuando recibió el Ministerio de Salud y qué hombre es hoy, ad portas de dejar el cargo?
Hoy tengo más experiencia, menos miedo, más empatía… También me retiro sin grandes ambiciones personales, con la idea de aportar en ámbitos más pequeños, de construir pequeñas historias.

¿Qué va a hacer cuando entregue su cargo?
Voy a cultivar recuerdos. No he tenido tiempo de viajar con mi familia, de estar juntos.

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Camila Builes / @CamilaLaBuiles

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Alejandro Gaviria: el hijo y el padre

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