Las páginas sinuosas de ‘La carretera será un final terrible’, la novela de Andrea Mejía

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Entrevista a la autora de la historia que se siente como un monólogo aplastante a las 3:45 a.m. El libro, publicado por Tusquets Editores, está disponible en librerías.

Por Carlos Torres Tangarife

El texto nunca se despeña, de principio a fin Ana y yo caminamos por una cuerda larga y tensa, ubicada a muchos metros del suelo. ¿Puedes hablarme de los peligros que se presentaron a medida que escribías? ¿Cuál es la clave, si es que la hay, para que La carretera será un final terrible quedara redonda?

Me alegra que hayas sentido esos peligros. Primero, el peligro de toda escritura: no saber, sentir que no vas a poder, que eres demasiado pequeña para escribir cualquier cosa. Pero ese de pronto sea un miedo sin peligro, o el peligro de lo que no aparece y no sabes si aparecerá un día; la incertidumbre que es siempre un poco escribir. Pero el peligro real viene después, con lo que sí aparece. Ana está rodeada de peligro y lo estuve yo también al escribir sobre ella. Así lo sentí al menos. Cuando me levantaba a las tres de la mañana, en medio de la noche, a tomar notas completamente en la oscuridad, con la niebla entrando en la casa. La escritura cuenta con esos peligros, es decir, se puede apoyar en ellos: los sueños, el insomnio, las emociones muy fuertes y sin medida a las que debes sin embargo tratar de ajustarte.

Quedó redonda en gran parte por su estructura: la estancia en la montaña, la ida a la ciudad y la vuelta a la montaña. Pero ese regreso queda, me parece también, completamente abierto. Es entonces más como un círculo que se abre.

Me quedo con una Ana valiente y dueña de nada, resistente a su soledad, a sus miedos y al rechazo de su hija Raquel. Es un personaje que no se victimiza. Su patología es casi lo de menos, lo valioso y lo hermoso es acompañar su mente incombustible. Ella habita sus recuerdos. Al empezar a escribir la novela, ¿sabías desde el principio que el personaje iba a desarrollarse de esta manera o fue algo que salió sobre la marcha? ¿Cómo se te apareció Ana y cómo se fue transformando?

Es muy bello lo que dices de Ana. Yo también la veo así. No sabía que ella iba a ser así, que en su mente las cosas iban a resonar de esa manera. No sabía y no sabemos todavía tampoco del todo, ¿verdad?, quién es ella. Ana apareció como un lugar vacío en el que puse muchas cosas de mí. Luego yo tuve que ir retirándome y tuve que hacer espacio para que ella fuera apareciendo.

Ana tiene es magnética, ella absorbe lo que está a su paso. En los primeros capítulos se siente como si engullera la montaña y la casa. Tiene la capacidad de fundirse en el paisaje y en sus recuerdos. Me quedé pensando en la escritura de esos primeros capítulos. La naturaleza no es un adorno más, la neblina y las plantas rozan al lector. ¿Fue difícil escribir esta parte del libro? ¿Leíste textos de botánica para poder hacerlo? ¿Tienes una casa en la montaña?

Esa fue la parte más fácil de escribir, quizá, porque sí vivo en la montaña. Lo que tenía que hacer era observar con atención la naturaleza, que es algo que amo hacer y que entonces no hago de manera consciente; lo hago, creo, sin que esté pensando en qué es lo que estoy escribiendo. Me encanta la botánica, me gustaría saber mucho más porque en realidad sé muy poco. Pero a veces leo descripciones botánicas de especies vegetales y son textos que disfruto enormemente. Me parecen misteriosos y poéticos.

“Lévate mi mal”… te pregunto: ¿cuál mal? El mal son los demás, el mal es Julia y es Raquel. La culpa de Ana es transmitida, es como si los demás se la entregaran. Por supuesto, es mi posición de lector. Sin embargo, dime cuál es su mal.

Me impresiona que esa frase ha golpeado a varios lectores sensibles. Mi mamá, cuando leyó la novela, lloró de angustia con esa frase y no pudo dormir esa noche. A mí también me golpeó, porque fue una de esas frases que me levanté a escribir medio dormida en la oscuridad. Yo creo que el mal es una herida fuerte que Ana recibe en una fiesta extraña a la que va, pero también, como tú dices, son sus relaciones rotas, el sentimiento de culpa que carga, su compasión por los demás que es para ella dolorosa. O quizá algo más grande y aterrador. Todavía me da miedo cuando leo esa frase.

Otra cosa que me encantó fueron los diálogos. Cuando Ana tenía contacto con alguien, yo sentía peligro. Los de su pasado más lejano son románticos y nostálgicos, en cambio los diálogos en los flashbacks con Julia están cargados de pólvora. Los diálogos de la obra son cortos, pero poderosos. A veces funcionan como un descanso para el lector. ¿Fue difícil lograrlos? ¿Por qué decidiste que debían ser cortos?

Voy a tomar lo que dices, que los diálogos son un descanso para el lector, como un consejo que tendré en cuenta. Escribir diálogos me parece muy difícil, justamente porque parece fácil hacerlo. Los trabajé mucho. Les quité mucho. Traté de hacer que los silencios gravitaran tanto en ellos como lo dicho.

El gordo abusador de la página 105. Ana nunca vuelve sobre este episodio. Tuve la intuición de que volvería sobre ese episodio. Nunca lo hizo -creo-. Lo que sucedió en ese cuarto es una de las escenas cuya narración es poética. ¿Te costó llegar a ella? ¿La construcción fue incómoda? A pesar del delito, la situación nunca explota.

Es verdad que es poética. Por eso es quizá que pude escribirla. La escritura tiene esto que es increíble: traspone lo que no puede decirse en imágenes. Así son los mitos también. Así es la poesía. Ana no vuelve a ese episodio de manera explícita, pero siento que lo lleva en ella, en esa especie de súplica que te impresionó: la de “llévate mi mal”.

Alguna obra influyó en la escritura de La carretera será un final terrible?

Muchas lecturas influyen continuamente en mi escritura. No podría escribir sin leer. No podría escribir ni una sola palabra. Me gusta mucho cómo las influencias literarias se transforman. A veces las reconozco, a veces no. Un texto que fue decisivo, creo, de manera indirecta, fue el Bardo Thödol, el libro tibetano de los muertos. También le debo mucho a Kawabata. Esa es una influencia o una afinidad que nunca me cansaré de agradecer.

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