El cuento chino

Jonathan Hecht, un sinólogo de Yale, dice que China funciona a saltos, hacia adelante, hacia atrás.

De ser así, cabe poca duda de que a la segunda economía del mundo ahora le resulta mucho más peligroso saltar. Esto es algo que entienden por lo menos los miembros de la etnia han, que son más del 90% de la población y constituyen un sólido esqueleto nacionalista. Los han son reacios a los experimentos y por eso mismo están terminando de invadir lo que les falta de China.

Mi lado cínico me dice que las recetas de democracia que tanto les ofrecen desde Estados Unidos y Occidente son formas camufladas de cianuro, porque China no tiene antecedentes democráticos de ninguna especie, de modo que si da el salto a la democracia sería el salto de los saltos, el salto mortal. El país ha pasado desde siempre del despotismo al caos –la Revolución Cultural fue una exótica mezcla de despotismo y caos–, con poco en la mitad. De ahí que, por lo que uno puede prever, la disyuntiva siga siendo entre despotismo y caos. Un proceso tumultuoso, abierto y manejable como el de la India parece impensable en China.

¿Es exportable el modelo chino? Algo se ha hablado de un nuevo Consenso de Beijing que sustituiría al Consenso de Washington, pero toquemos madera y agradezcamos que no: la gente quiere productos chinos baratos, no instituciones chinas baratas. Al actual modelo le antecede un siglo de historia trágica directa, para no hablar de milenios. Mao fue el gran domador y su mano férrea se sigue reflejando en la eficiente estructura autoritaria, si bien no dejan de nacer millones de potros nuevos todos los días, de modo que el Partido Comunista está obligado a innovar y a renovarse para relacionarse con ellos. El cambio, en China, es el gran dinamizador y, al mismo tiempo, entraña el gran peligro. Ni siquiera sirve la versión de Lampedusa: cambiarlo todo para que todo siga igual, porque en un espiral de intenso desarrollo económico las cosas cambian de veras, para bien o mal.

La democracia no viene sólo en su versión política: a veces está implícita en los desarrollos tecnológicos, en el poder de seducción de lo masivo y en el contrabando ideológico que subyace a la cultura. El Internet y las comunicaciones instantáneas, por ejemplo, constituyen un riesgo, porque impulsan la productividad económica al tiempo que impulsan la productividad de cualquier forma de activismo. Las recientes revueltas de Irán lo demuestran.

Yo insistiría en que Occidente no entiende bien a los chinos si lo que ve venir es un capitalismo abierto. Porque no cabe esperar ninguna apertura que amenace al sistema político. Se habla, por ejemplo, de que para generar más empleos con menor inversión sería preferible hacer énfasis en la economía de servicios, no en la industria pesada para la exportación. ¿Subsistiría, sin embargo, el control del partido con un rápido desarrollo de la economía de servicios? A mí me parece impensable, por ejemplo, que los burócratas cedan en el monopolio bancario. Si el Partido Comunista no controla el dinero, su poder se vería reducido en forma drástica, algo que no parece estar sobre la mesa.

Pase lo que pase, China seguirá teniendo siempre una ventaja crucial: 1.300 millones de personas, una población en lento crecimiento, con ganas de trabajar. Aclaro, por si no es obvio, que no quisiera vivir bajo un régimen como el chino.

Temas relacionados