A clase con una copa en la mano

Expertos internacionales impartieron catas y conferencias que contribuyeron a la experiencia del mundo del vino.

Uno va a un evento de vinos a levantar la copa. Como dice el escritor y periodista chileno Patricio Tapia (nuevamente invitado especial a Expovinos 2010), lo que nos familiariza es no parar de “probar, probar y probar, hasta hacernos nuestros propios gustos y preferencias”. Sólo así podremos encontrar en el vino lo que llevamos dentro.

Este año, además de Tapia, estuvieron presentes en Expovinos más de 70 expertos internacionales, muchos de los cuales dictaron fascinantes conferencias, como una contribución, sin duda, al mejoramiento de nuestra experiencia con el milenario elíxir.

Definitivamente, nunca se deja de aprender. Cada una de las citadas charlas y conferencias nos dejó cosas nuevas y nos abrió muchas ventanas para que la paloma mensajera de la curiosidad no se quede quieta.

Compartiré con los cientos que asistieron a estos coloquios, y con los miles que no pudieron hacerlo, algunas reflexiones sobre lo expuesto en estas curiosas clases, donde, además de lápiz y papel, casi todos los asistentes sostuvieron una copa de vino en la mano.

Debo referirme, ante todo —y con alguna extensión— a la excelente presentación del enófilo colombiano Luis Guillermo Velásquez, cuya conferencia se tituló “El maravilloso mundo del vino italiano”. Es una lástima que nuestro conocimiento sobre ese país de origen sea tan modesto.

Italia es complejo en materia de vinos. Un obstáculo, a mi entender, es la lejanía cultural con ese país, pese a que su cocina, su arte, su historia y hasta su fútbol nos son familiares. Otro es el idioma. Pero quizás el más significativo es la maraña de regulaciones en torno a los puntos de origen, donde no sólo se resalta la procedencia, sino que, en muchos casos, prima una combinación del punto de producción con el nombre asignado a la variedad que los compone.

Es el caso, por ejemplo, del Brunello di Montalcino. Para poder apreciarlo en toda su magnitud, debemos entender primero que Brunello es el nombre con el que se conoce en Montalcino a la uva Sangiovese, la más destacada del rutilante estrellato de cepajes autóctonos italianos. En zonas cercanas este cepaje es la base de los vinos de Chianti o del Vino Nobile di Montepulciano. Volviendo al Brunello, hay que aprender, igualmente, que Montalcino es un distrito de la hermosa provincia de Siena, donde se dan cita las más puras expresiones de la cultura toscana.

Así, a secas, Brunello di Montalcino no le dice nada al consumidor desprevenido, quien, para no complicarse, opta por un más familiar Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah o Malbec. Y así ocurre con otros vinos como el Barolo y el Barbaresco, el Dolcetto di Dogliani Superiore, el Barbera d’Alba o el Barbera d’Asti, el Colline Novaresi o el Nebbiolo d’Alba, y eso que no hemos salido todavía del Piamonte, en el noroccidente del país. Igual se puede decir del Veneto y de su Amarone Della Valpolicella o de los maravillosos Pinot Grigio del eje Friuli-Venecia-Julia. Velásquez, sin duda, lo propone más simple, en el sentido de que lo importante es, primero, comenzar a disfrutar de las características únicas de los vinos italianos y, posteriormente, irle poniendo nombre a cada cosa hasta ver el paisaje completo. Gente: Italia vale la pena y la curiosidad es la primera condición para comenzar a desatrasarnos.

Otra conferencia reveladora fue la dedicada a revivir la importancia de los vinos californianos, dictada por Carlos Rodríguez, gerente de exportaciones de Viñedos Beringer. Este coloquio puso de presente que, antes de hacernos un juicio de valor sobre los vinos estadounidenses, debemos darles la oportunidad de probarlos y disfrutarlos, tanto aquellos procedentes de Napa, como los de Sonoma, Carneros y Russian River, por ejemplo.

En parte por los altos aranceles de entrada y los niveles de precios, y también porque la tradición vitivinícola estadounidense es algo que los colombianos aún no reconocemos, California se ha mantenido un poco al margen de las preferencias de nuestros consumidores. Es una lástima, porque algo que nadie puede perderse es un vino hecho con Zinfandel, la variedad estandarte de los vinos estadounidenses.

Pero el hecho de que Rodríguez forme parte de Beringer, una de las bodegas estadounidenses más antiguas, ayuda a entender mejor la historia y el contexto. Fundada en 1876, esta empresa ha vivido ciclos de bonanza y crisis, y ha estado a la cabeza en la defensa del principio de la calidad vs. la cantidad. En dos ocasiones, Beringer ha obtenido la máxima puntuación de la revista Wine Spectator y sus vinos siempre figuran entre los mejores de su país. Vale la pena recordar que en dos degustaciones a ciegas los vinos californianos han superado a los más grandes vinos franceses e italianos, en París.

La española Teresa Almeida Luna, por otra parte, nos mostró una interesante alternativa en materia de origen geográfico frente a las ya conocidas zonas de La Rioja, Ribera del Duero, el Penedès, el Priorato y Jerez. Se trata de los vinos de Valencia, en particular los de Utiel-Requena. Esta es una España de vinos jóvenes, frescos, divertidos y de precios asequibles. Además de Utiel-Requena están también las zonas de Alicante y la propia Valencia.

En definitiva, esta versión de Expovinos 2010 aportó seriedad a una ocasión en que la alegría, la camaradería y el buen ánimo también estuvieron presentes.