Amores ilícitos

Hay amores que necesitan alimentarse de pequeñas dosis de embellecimiento para que cojan vuelo. Y sin prescripción médica, porque lo que estos amores necesitan es autorrecetarse.

Los que nacen de “Mitsubishi” se pueden ir olvidando de un romance largo porque seguramente entre los enormes montos de placer y la pupila dilatada, más de uno cae; de brazo en brazo. Cuando ataca el “detox”, las pupilas recuperan su tamaño y ven que la piel del otro no era tan suave, que las “led” de la noche anterior fueron las causantes de que la barbilla se le viera partida y los ojos azabaches; o se acaba el romance o –más adictivo aún– se recurre a otra dosis, para ir de remate en remate antes de caer en picada y descubrir que todo fue una ilusión ópticamente sensorial.

Los que fusionan la seducción con “sativa” no se acuerdan de nada. Se envuelven en excesivos placeres libidinosos, además de ser atacados por la risa, que en su mejor momento liga las maravillas con el tantra, pero ante la nebulosa deben comenzar cada dos horas de nuevo con el levante. Algunos adictos a la tinta optaron por tatuarse, como en Memento; sobre todo, escriben lo que aún no han hecho. Y van rodando en el bosque verde sin verle la maldad a sus actos y recurren a los pases para dos en los baños y a dejar que sean ellas quienes cangrejeen y caigan. Eso en su highlight pero, en el más común de los casos, olvidan a quién era que estaban enamorando porque su concentración está dirigida a un paquete de papas, a la pizza, a las hamburguesas, a los chocolates… Si la indigestión lo permite, podrían terminar en la cama.

A los que los domina la nieve, se les pronostica un final macabro… en picada. ¿La razón? Hablan demasiado. Mucho bla, bla, bla… y ¡con toda la fiesta! De pronto, cuando el receptor se ha marchado porque no le han dejado decir ni una palabra, da media vuelta y pone los ojos en su presa… caricias por aquí que llegan hasta por allá, contacto íntimo en la cocina, pero de nuevo… bla, bla, bla. Y como si fuera poco, al momento de arremeter, si mucho recorre el camino hasta media asta. El antídoto se aplica al día siguiente, durante el guayabo: una coca-cola todo lo levanta.

El licor salió de las listas de la ilegalidad pero su conducta bien podría ser extraditable: más de uno grita de los celos por ver a la otra totalmente borracha, subiéndose la falda frente a otro, o dándose besos con el de la mesa vecina. ¡Pero como se tienen los ojos cruzados!: “Amor, se parecía tanto a ti…”. Con un punto a su favor: al día siguiente ambos están enlagunados. Sin despreciar al trago (es sagrado), estoy segura de que el mayor porcentaje de rupturas es causado por el aguardiente. O por el “whiskey”, aunque más relajado. Ni qué decir del tequila. Es cierto, el alicoramiento sube la testosterona al máximo, no es coincidencia que nos embriaguemos de amor y en las bodas los novios salgan cargados.

Existen miles de poderes ilícitos: la ayahuasca, que lo mantiene sedado; los hongos, que dejan ver a dios; el hydrocodone, que no le quita la sonrisa de la cara. Y los otros ilícitos, los de cuello blanco, los tan repudiados cachos, la escapada un fin de semana sin decir a nadie a reencontrarse con un amor abandonado, esa primera mirada… todos suben la adrenalina. Porque a palo seco el esfuerzo es doble, y el alter ego encantador no se asoma ni rogándole. Así que... ¡Salud! Por los amores ilícitos, por los antídotos y por autorrecetarse.

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