Ángeles y demonios

Parece una receta de cocina: ponga en remojo a una superestrella del momento (Tom Hanks) y aderécela con una mujer más bien desconocida que le cuadre a su ego (Ayelet Zurer).
Ángeles y demonios

Luego échelos a nadar a ambos en una sopa de intrigas, sin parar de revolver. Agregue sal, pimienta, tomillo, albahaca, laurel, clavo, nuez moscada, limón, comino, jengibre, gotas amargas, miel, ají, ajo, yerbabuena, curry, guascas y todo lo que se le venga a la mente que pueda estimular a los espectadores. Cuando la mezcla esté curtida de especias y, en consecuencia, reducida a su mínima expresión, métale un toque secreto, tan secreto que ni usted mismo espere. Listo. Venda millones.

Es la fórmula que ha seguido Ron Howard en Ángeles y demonios, la adaptación de la primera novela de Dan Brown, el autor de El código Da Vinci. La atracción de El código Da Vinci era la especulación alrededor de que María Magdalena hubiera sido la esposa de Jesús, y la revelación de que en el cuadro de La última cena, de Da Vinci, la figura de Juan fuera, en realidad, una mujer. Pero Ángeles y demonios no tiene ni eso, sólo la intriga que se desprende del secuestro de cuatro cardenales en tránsito de un cónclave y su posible asesinato por parte de una secta de científicos denominada Illuminati.

En medio de este acertijo similar al de Seven (1995), de David Fincher, Robert Langdon (Tom Hanks), el mismo experto en símbolos de El código... terminará convertido en un investigador policíaco. Ni qué decir que es una de las peores actuaciones de su carrera, una verdadera vergüenza internacional para quien ha ganado dos premios Oscar y varias candidaturas más.

La trama ni siquiera vale la pena comentarla, a no ser que se convierta en la comidilla de una noche de copas. Filmes como este son los que terminan recolectando cientos de millones de dólares en taquillas. O sea que no sería raro que esta patética historia religiosa nos sorprenda en diciembre con la noticia de ser la más taquillera del año