Berlusconi, entre Príapo y Mammón

Al Diós Príapo se lo representa como un tipo lúbrico al que de entre las piernas le brota un miembro viril de burro arrecho; al dios Mammón, como un avaro que cuenta con avidez un costal de monedas.

Berlusconi podría ser la mezcla perfecta de los dos: lascivia desenfrenada y codicia sin límites. A la imagen le falta, sin embargo, la faceta final: la del político sucio y reaccionario.

Pocas veces se ha visto, en una Italia que desde el Imperio Romano no ha carecido de personajes pintorescos entre sus gobernantes (Calígula, Nerón, los Borgia, Mussolini), un político más repugnante que Silvio Berlusconi. Desde que hizo aprobar, el año pasado, una “ley de inmunidad” que protege de cualquier proceso legal a todos los altos cargos del Estado —empezando por él mismo—, la política en Italia se ha convertido en un refugio de maleantes.

Después aprobó también una “ley de aviones”, para poder llevar en vuelos oficiales tanto a sus amigos políticos de toda la Europa corrupta como a las muchachitas que los acompañan sin ropa para que se diviertan, a su mansión en Cerdeña, Villa Certosa, una especie de hotel orgiástico de quince estrellas. Lo que era una Cartuja se volvió un burdel de millonarios y políticos de la peor calaña. Y las niñas se empelotan a la espera de un puesto en la televisión o en el gobierno.

Nada más parecido a un capo de la mafia que este empresario sin escrúpulos que en sus sucesivos gobiernos ha dejado hecho pedazos el temple moral de una Italia que cada día parece más sumida en la frivolidad, la idiotez televisiva y la desesperanza de aquellos que no comulgan con Il Cavaliere y sus oscuros negocios particulares convertidos en negociados públicos. Pocos como Berlusconi han usado su vida privada (la ostentación desvergonzada de una opulencia ofensiva) y sus empresas privadas (periódicos amarillistas, canales televisivos especializados en vulgaridad, empresas de construcción fraudulentas, editoriales antes gloriosas ahora compradas y podridas por sus millones) para secuestrar la política italiana y engañar a unos electores que se han creído las mentiras repetidas por su imperio mediático.

El País de Madrid, aun corriendo el riesgo de demandas multimillonarias montadas por los penalistas mejor pagados de Italia, ha publicado unas pocas fotos de las fiestas de Berlusconi. Su Cartuja de 60 hectáreas es la nueva sede del Satiricón de Petronio, según la más burda y decadente tradición romana. En las fotos aparecen las muchachas desnudas, los políticos en ademán de Príapo, los guardaespaldas con metralletas desenvainadas, y también Il Cavaliere con su pinta horrorosa de viejo verde: siempre maquillado (una gruesa capa de base intenta ocultar sus arrugas de setentón), con el pelo teñido (donde le queda pelo) y con implantes de mechones engominados en las zonas de la calvicie inaceptada. A cierta edad, se dice, cada cual se merece la cara que tiene, y la de Berlusconi es la imagen perfecta del mal gusto, la hipocresía y el fingimiento.

Este señor que compra testigos y paga por falsos testimonios, este tipo que acaba de vetar un libro de Saramago porque el escritor portugués le dijo la verdad (que es un corrupto y un inepto), este que según su propia esposa “frecuenta menores de edad”, es el mismo que se hace pasar por el gran aliado de la Iglesia y el adalid de los valores tradicionales (religión, familia y propiedad). Y el mismo, también (esto aquí nos va a sonar familiar), que cuando la prensa le hace preguntas o cuando los jueces se lamentan por no poderlo enjuiciar, declara que periodistas y magistrados no son otra cosa que “delincuentes y subversivos”. Y el mismo, esto es lo más increíble y lo más desesperante, a quien los electores italianos premiarán este fin de semana con otra votación mayoritaria, que nos haga confirmar que Italia parece hipnotizada e idiotizada por quien sí es de verdad un delincuente y un devoto del dios Príapo y del dios Mammón.