Carlos Salas, el pintor de las emociones

Tras cuatro años de no exponer, Carlos Salas exhibe su más reciente trabajo en la galería Mundo.
Carlos Salas, el pintor de las emociones

Es el resultado de una profunda reflexión sobre el arte abstracto que alguna vez quiso abandonar para siempre. Carlos Salas es consciente de que su obra está hecha para que el espectador la complete. Por eso nunca está terminada.

En 1999 Carlos Salas (Pitalito, Huila, 1957) tomó una decisión radical: “No más pintura abstracta –se dijo–, quiero morir como un pintor figurativo”. Hablaba el mismo hombre que había sido tildado por la crítica como uno de los mejores pintores abstractos de su generación. Pero como no hay artistas sin conflictos, Salas decidió tomar el suyo por los cachos: renunció a la abstracción y comenzó a escarbar de a poco en los misterios insondables de la figuración. “Duré tres años –afirma con cierto dejo de incredulidad–. Transformé el taller, tomé algunas fotos, pero no salió nada”. ¡Ni un cuadro! Su resignación no es la de alguien que ha perdido el tiempo. Todo lo contrario. Extraviado en las nebulosas del arte figurativo, recobró su esencia. “No se vivió nada en la pintura, pero sí en la mente”.

De su viaje sideral por los caminos figurativos volvió renovado en espíritu y en oficio para cumplirle a su destino. “Volví al lenguaje abstracto, pero con otra carga: hacer figurativo sin representación”. Quizás para comprenderlo no sirvan tanto las palabras como, precisamente, las cinco obras de gran formato que exhibe por estos días en su galería, la galería Mundo, que fundó por la misma época en que se obsesionó con abandonar la abstracción. La tituló Cartografía de la nada, un nombre con el que cualquier espectador novato queda en las mismas, es decir, desconcertado ante lo que, en realidad, propone Salas: abandonarlo a uno a su suerte frente a los cuadros para que uno mismo los vaya llenando con sus propias asociaciones, con su propia experiencia vital. Pareciera que no nos diera pistas, pero hay algunas.

 En un tablero titulado Marcas del sentimiento, que es más bien como una bitácora, Salas ha enumerado por docenas momentos claves de su vida, frases que remiten a historias de su devenir por la pintura y por su experiencia vital, flashes que resumen (o que bosquejan) recuerdos, instantes de iluminación o de congoja, de extravío o de fascinación. Y esas marcas, de manera que ni él mismo sospecha, están esparcidas por los cuadros, incluso de manera literal, grabadas con distintos instrumentos en forma de grietas, de líneas que se quiebran y que de pronto desaparecen. Estas obras recientes, que maduró en los últimos cuatro años, son –según él– fragmentos de vida.

Podría decirse que cada tela es como una vida sin vivir, y que cada mancha con la que Salas va interviniendo la tela, es un instante vital. La vida para Salas es una hoja en blanco (incluso él las ha cuadriculado como si fueran las hojas de cuaderno de un colegial) que se va pintando de experiencias hasta formar una amalgama de emociones que se cubren unas con otras, que ocultan rastros, o los develan, si se las observa con cuidado. Quizás por eso Salas ha acompañado la exposición de pequeñas radiografías de la obra misma, para que podamos ver (como en la vida, como en cada rostro y en cada alma) lo que se halla oculto tras el resultado de vivir.

Como buen pintor abstracto, Salas es consciente de que su obra es inconclusa, de que una vez colgada en las paredes blancas de la sala, ha dejado de ser suya para que el espectador la complete. En este sentido, el pintor es apenas un corredor que entrega una posta. Es, él lo sabe, una realidad frustrante pero inevitable. “Hay obras que no intervengo, pero hay otras que siempre están en proceso de transformación. Hay cuadros que yo creo finalizados pero que al volver a verlos me obligan a seguir transformándolos, a seguir acabándolos hasta que ya no puedo más y los dejo así, terminados porque ya no hay otro remedio, aunque tenga la certeza de que no han sido culminados definitivamente, pero ya no son míos”. Salas también tiene claro que ni siquiera una obra suya terminada puede describir los procesos mentales y emocionales que vivió durante la elaboración. Así las cosas, su abstracción también es una suerte de impotencia de la comunicación.

Su obra es, además, tal y como está elaborada, una defensa acérrima de la pintura. “La pintura tiene elementos ocultos de los cuales se han apropiado otros medios artísticos. La han saqueado impunemente. Y no se le ha dado la oportunidad de revirar, de reivindicar sus lenguajes y contenidos que han sido robados por otros gestos. Si se los mira con atención, estos cuadros hablan de eso”. La atención, claro está, de los eruditos, de los críticos que van construyendo la historia del arte. Para los legos, queda la expresividad vital de sus telas, de sus colores oxidados, del grafito borroneado y mezclado con otros pigmentos, alterados por acción del calor o por determinadas reacciones químicas.

Queda, para el espectador común, esa especie de hipnosis que provocan sus pinturas, ese esfuerzo monumental por encontrar la imposible representación en un lienzo que parece estar en constante movimiento, que parece traicionar nuestras certezas cada vez que los vemos, porque cada vez que lo miramos parece que fuera uno nuevo que nos enfrenta una vez más con nuestros propios fantasmas.

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