Carta a L

Querida L, te decía hace un tiempo que en este país uno se aterra, se asusta y se indigna, pero no se aburre nunca.

Pues bien, el largo y tedioso proceso de coronación en que andaba enfrascado el presidente Uribe me tenía a punto de contradecirme, hasta que llegó la Corte Constitucional y dijo basta.

Frenada en seco la aplanadora, una diversidad política impresionante hizo eclosión en cuestión de días. La gente, por lo visto, andaba saturada de la operación descaro que tenían montada desde Palacio y ahora está dispuesta a hacer locuras. De siete candidatos con opción teórica en enero, a estas alturas, quedan en pie dos, muy contrastados.

El primero es Juan Manuel Santos, un bogotano bastante experimentado (para bien y para mal). En honor a la verdad hay que decir que el Partido Liberal al que pertenecía por familia —es sobrino nieto de un Presidente liberal— tuvo a bien hacer un haraquiri colectivo en los años noventa, despistándolo al pobre. Santos optó entonces por el transfuguismo (aquí se usa una palabra graciosa, “voltearepismo”, que otro día te explico) y cambiaba de tolda según iban cambiando los vientos.

Las ráfagas, en efecto, no se hicieron esperar, pues de una permisividad extrema con la guerrilla bajo Andrés Pastrana, se pasó a una férrea escalada militar que halló a Santos de ministro de Defensa, o sea en el lugar adecuado. Dicen quienes lo defienden que, enfrentado a cualquier reto, Santos siempre hace la tarea. Sin embargo, hoy parece importar más su inautenticidad y el hecho de que su única fidelidad perdurable esté dirigida al cincuentón un tanto lúgubre que le sale al espejo todas las mañanas.

Santos es el candidato de Uribe, pese a que no son ni prójimos. Y hablando del Presidente, al margen de las opiniones muy polarizadas que despierta, uno lo creía el político más hábil del país. Pero, oh sorpresa, el hombre ha empezado a dar palos de ciego, lo que lo trae de malas pulgas. Tan dramática es la cosa, que al tratar de darle a Santos su aval, lo que quizá le esté dando sea el beso de la muerte.

El segundo que sigue en la pelea es Mockus, el candidato del momento. Su origen lituano hace que no tenga tocayos en el país, por lo que muchos lo llaman simplemente Antanas. Este profesor universitario de clase media terminó de rector de la Nacional, nuestra universidad pública más importante, hasta que fue expulsado por una causa célebre: un día unos "guardias rojos" (te los imaginas) lo estaban insultando, y él, hombre volátil, les mostró las nalgas. Los guardias rojos, pese a su cantaleta antisistema, mandaron la grabación a los medios, y Antanas fue destituido en el acto. Paradójicamente, en ese momento quedó ungido y fue elegido dos veces alcalde de Bogotá. Hace cuatro años, eso sí, las uvas no estaban ni verdes y sacó el 1,2% de los votos contra el 62% de Uribe.

Mockus y Santos representan dos países distintos, ahora que el tercero, el de los matones de la selva, anda en retirada. Los pronósticos cambian día a día, dado que dependen del estado de ánimo de una opinión pública en extremo excitada. En últimas, pienso yo, todo se resolverá en la segunda vuelta electoral cuando la gente de clase media y de provincia decida si Antanas es el presidente que el país necesita. ¿Mi opinión? Que sí lo es, siempre y cuando encuentre la clave de una solidez flexible. En esas está, buscándola.

Te mantendré informada.

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PS: Las estadísticas que menciono en mi columna anterior no las saqué de donde dice el senador Robledo, sino de la siguiente fuente: http://www.upme.gov.co/Docs/CADENA_PETROLEO_2009.pdf,   (páginas 93-96). Sugiero comparar. Más adelante, y para no cansar a los lectores, escribiré una última respuesta.