Celebricosis

Michael Jackson era un bailarín de primera, un cantante de segunda y un ser humano de quinta categoría.

Murió de lo que me gustaría llamar “celebricosis”, la psicosis de la celebridad, una enfermedad que no distingue entre las razas, según acabamos de comprobarlo. A cada rato se carga a un actor, a un músico famoso, a un deportista, blanco, negro, amarillo, o gris, como Michael Jackson.

Vivir, que es duro para cualquier mortal, ha de tornarse casi imposible para una celebridad hecha a las malas por el estilo de Jackson. Las grietas vitales con las que todos nacemos y crecemos, y que en su caso más que grietas eran troneras profundas, son explotadas en forma despiadada por miles de fotógrafos y de reporteros de farándula. Sospecho, sin embargo, que hay algo aún más dañino: la adoración de la gente y el obvio poder que los fans otorgan a quien es apenas un enfermo.

Aparte del posible maltrato infantil que Michael parece haber sufrido a manos del hoy octogenario Joe Jackson –en su momento se hicieron denuncias nunca desmentidas con claridad–, aquí salta a la vista el síndrome del padre explotador, del padre que le roba a un niño su infancia para insertarlo, por ambición, en el mundo de la celebridad. Mr. Jackson no se ensañó sólo con Michael, lo hizo con casi todos sus hijos. Se dice que de niño Michael era una máquina de trabajar y que por eso sacaba discos muy acabados, pero lo que no se dice es que una vida puede malograrse del todo si a un niño lo ponen a trabajar como un esclavo en una edad en la que sus circuitos vitales no están listos para ello. Por algo el trabajo infantil está prohibido en el mundo y por algo los basureros de la historia están llenos de niños prodigio que terminaron mal.

El robo de la infancia fue seguramente un elemento crucial en la conformación de la sexualidad imposible del bailarín. De cualquier modo Jackson, pervertido o no, toda la vida quiso seguir siendo el niño que nunca fue y se rodeó de los amigos que nunca tuvo en el kínder. De ahí a los juicios por pedofilia no había más que un paso y éste, en efecto, fue dado y resultó devastador. Las acusaciones parecen basadas en hechos reales, si bien delatan por eso mismo el oportunismo de otros padres explotadores que pusieron a sus hijos en peligro al entregárselos a Jackson.

Es sabido que la sociedad del espectáculo de la que hablaba el filósofo situacionista Guy Debord es muy cruel. Debord veía en el mercadeo despiadado de un producto como Jackson la reencarnación de las viejas alienaciones religiosas. Se dirá que la sociedad del espectáculo la conformamos todos nosotros, los espectadores, y que nadie distinto de nosotros es quien fabrica a esta gentecita frágil y espantadiza. Puede ser, puede que los cirujanos de moda que los convierten en otros tantos Frankensteins estén realmente a nuestro servicio. Sea como fuere, el resultado en el caso de Jackson fue patético, al menos según el perfil que pinta para nosotros Grace Rwaramba, la niñera de sus hijos. Ella describe a un hombre básicamente despedazado en vida. Porque las fotos no mienten: en varias Jackson aparece con ojos de liebre acorralada. Neverland no era para nada un parque de diversiones infantiles; es obvio que el émulo de Peter Pan vivía en su tierra de ensueño una vida aterradora.

A veces uno siente ganas de excusar a Michael Jackson. Su muerte, más que rabia, produce lástima.

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