Cercas

El lio empieza cuando algún avivato decide correr la cerca, ya sea física o metafísica, y nadie le dice: ¡pare ahí!

Piénsese en la cantidad de cosas que no están efectivamente prohibidas en este país: aquí se puede secuestrar y asesinar al secuestrado o montar un show para devolverlo a sus familiares, se puede exigir dinero por la entrega de un cadáver, se puede matar a un desempleado y luego hacerlo pasar por una baja en combate, se puede ganar una elección regional con ayuda de asesinos, se puede financiar a un grupo armado ilegal con dinero del erario, se puede grabar un teléfono sin orden judicial, se puede violar el secreto de cualquier sumario, se puede financiar una campaña presidencial con plata del narcotráfico, se puede comprar contrabando, se puede ensuciar un río, se puede capar impuestos, se puede pasar cualquier semáforo en rojo, y paro la enumeración porque me deprimo. Todo lo que en Colombia está, de facto, permitido se castiga con severidad variable en un lugar civilizado. Entre nosotros aplica el viejo dictum colonial según el cual las normas se obedecen pero no se cumplen.

El mal está tan arraigado que ahora lo vivimos como una nefasta esquizofrenia, pues cuando la cerca la corre un amigo nuestro o alguien con quien tenemos afinidad política, lo defendemos con ferocidad, mientras que si la corre un enemigo decretamos que ojalá lo pasen por las armas o lo echen a la cárcel y boten la llave al mar. Existe, además, otro corolario pernicioso: nos encanta negociar lo que en otras partes no se negocia.

Los pesimistas dicen que siempre ha sido así, pero yo discrepo: la situación sufrió un deterioro dramático en el último cuarto del siglo XX, hasta el punto de que en la mayoría de los casos es posible establecer cuándo fue la primera vez en que la sociedad no reaccionó ante un abuso o un absurdo y éste pasó a obtener patente de corso.

Surge en este punto un grave peligro: un presidente popular y paternalista quiere cargarse la precaria Constitución que nos rige (la cual, todo hay que decirlo, nació con un pecado mortal: prohibió la extradición por dictado de un genocida). La razón que el Presidente esboza —porque nunca habla claro— es que nos tiene profunda desconfianza a sus “hijitos”. Hacemos entonces sonar la alarma, y casi no se oye. Debo repetir la famosa cita de Yeats que traje a cuento hace unos meses: hay tiempos sombríos en que “los mejores han perdido toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.

No existen, una vez más, soluciones fáciles. Sí, es necesaria la movilización cívica y es necesario volver a poner las cercas donde éstas debían de estar, o sea, volver a prohibir lo que nunca debió estar permitido.

Pero eso se hace cerca por cerca, y la única manera de acelerar el proceso es cuando existen instrumentos adecuados.

No obstante, quienes deberían estar dedicados a la construcción de estos instrumentos andan en otra cosa. ¿O acaso no es raro que los independientes de centro, en vez de debatir sobre un acuerdo programático serio, se limiten a debatir el problema del umbral? Ah, pero es que es más fácil lanzar cada cual su movimiento personal, más fácil y muchísimo más inútil. Mientras nadie lo impida, todo el mundo seguirá corriendo la cerca que le conviene, sin percatarse de que por la retaguardia otros están haciendo lo propio. Así, lo que ganan por acá lo pierden por allá. Lástima.

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