Cultivar nuestro jardín

Dicen que Stevenson dijo: “nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con entusiasmo y alegría”.

Pase lo que pase en las elecciones de este domingo nuestros proyectos personales o colectivos no se terminan hoy. Hay que aceptar el veredicto de las mayorías, pero mantener vivas las propias ilusiones. Al final de esa novela pesimista que nos vuelve optimistas, Cándido, Voltaire nos da la fórmula para no sucumbir: “Il faut cultiver notre jardin” (Hay que cultivar nuestro jardín).

Personalmente pienso trabajar desde mañana en un sueño postergado, que desde hace muchos años tenemos en Medellín: que nuestra ciudad cuente, al fin, con un parque verde, con un jardín, como quería Voltaire. En esta idea se combinan varias consideraciones. Primera: Medellín es un valle estrecho en cuya planeación no se pensó en espacios verdes y recreativos para todo el mundo.

Tenemos unos morros verdes muy escarpados para caminar; un jardín botánico bonito, pero muy pequeño; y unos cuantos parques —en realidad plazas— llenos de cemento. Nos quedan dos campos de golf de dos clubes privados: El Rodeo y El Campestre. Estos campos, al menos, están protegidos. No se puede construir en ellos y no pueden ser objeto, por lo tanto, de la voracidad de los urbanizadores.

La Alcaldía, ocupada en urgencias más inmediatas —educación, empleo, transporte, vivienda social— por mucho que ha querido no ha podido comprar estos predios. Segunda: hay que alentar la filantropía de los empresarios antioqueños. Deberían seguir el ejemplo del teatro recién inaugurado en Bogotá, donándole a su ciudad, no una biblioteca o un teatro (que ya tenemos) sino un parque verde, contemplativo, con senderos, bancas, árboles y poco más. Sin un solo metro de cemento. Lo ideal sería uno de estos campos de golf, o mejor aún, los dos.

Cualquier ciudad amable de este mundo (Berlín, París, Madrid, Buenos Aires, Nueva York) tiene en su corazón un parque verde, un bosque, un jardín. Medellín no. Y podemos tenerlo todavía. Sin furias revolucionarias (“¡hay que expropiar las canchas de la oligarquía explotadora!”), con serenidad civil y ciudadana: pagándoles a sus dueños lo que valen esos campos y entregándolos al disfrute de todos los ciudadanos. Los grandes parques europeos eran los cotos de caza o los jardines privados de los nobles. Los nuestros deben ser, sin estridencias ni revanchismo, los campos de golf de los burgueses. Tenemos espacio de sobra para que hagan nuevas canchas de golf en la zona rural, y a nadie les harán daño si los construyen.

Última consideración: en ese espacio verde urbano que vamos a tener y que podría llamarse “Parque de la Memoria”, usando la parte donde ya hay algunas edificaciones, podría haber un monumento a las víctimas de la violencia. De todas las violencias. Un monumento como el sendero que hay en Washington en el que serpentean 40 mil nombres de caídos en la guerra.

En el nuestro estarían los nombres de las víctimas de la violencia del último cuarto de siglo: los secuestrados y asesinados por la guerrilla; los desaparecidos; los asesinados por los paramilitares; los caídos por el terrorismo mafioso o guerrillero. Todas las víctimas juntas, sin distingos de partido o ideología, como un símbolo de rechazo a la violencia y de reconciliación entre los colombianos no violentos.

En este Parque de la Memoria, que no será un sitio para drogarse, ni un bailadero, ni una cancha de fútbol, sino un sitio silencioso para pasear o estar tranquilos, en este sitio estarían los nombres de todos los policías que mandó matar Pablo Escobar. Estarían los nombres de Gilberto Echeverri, de Guillermo Gaviria y de Alberto Uribe, asesinados por la guerrilla. De los jueces y magistrados asesinados por la mafia. De los campesinos y profesores asesinados por los paramilitares. Insisto: sin revanchismo, sin odio, sin ira: con la memoria serena de los que no queremos la venganza, pero tampoco el olvido.