¿De qué te vas a morir?

La verdadera plaga planetaria somos nosotros, los seres humanos. Somos demasiados.

Y cargamos con enfermedades y virus que van pasando a los animales domésticos (vivimos hacinados con ellos), en ellos mutan y luego nos los devuelven fortalecidos. Algunas personas son más resistentes: tosen dos veces, sienten un dolor de cabeza o de huesos pasajero, y el virus pasa. Otras se enferman en serio; otras se mueren. No podemos saber de cuáles somos: de los que se enferman y sobreviven, de los asintomáticos o de los que se mueren. Una lotería mortal, un dado de tres números apenas.

La gripe aviar es mucho más mortífera que la nueva influenza: cuando ha infectado a los humanos, ha sido terrible. En China se infectaron solamente 421 personas, de gripe aviar, y se murieron más de la mitad, 257: una mortalidad del 61%. Si esto pasara a nivel global, la catástrofe tendría dimensiones peores que una guerra nuclear. De un brochazo pasaríamos de tener siete mil millones de almitas a tres mil quinientas. El mundo entero tendría olor a muerte. Los colombianos, después de pocos meses, seríamos 20 millones. Europa y Estados Unidos quedarían tan despoblados que ya no exigirían visa para ir allá. Y aquí no habría ya problemas de vivienda, sino problema de brazos para mover la máquina diaria de la producción y los servicios. Quién limpia el agua, quién recoge la basura, quién arregla las cañerías, quién ordeña las vacas y recolecta las papas de la tierra.

Durante milenios el ser humano estuvo expuesto a terribles pestilencias que diezmaban la población. En esas epidemias intervenían también los animales: las pulgas, las ratas, los murciélagos. La peste bubónica, la viruela, el cólera, la peste negra. Los libros que cuentan historias sobre estas terribles mortandades son de gran belleza, porque las tragedias avivan la sensibilidad: El Decamerón, algún cuento de Poe, poemas medievales, invitaciones a vivir el día antes de morir contagiados. El gran desarrollo de la medicina en el último siglo nos dio la ilusión de haber doblegado la enfermedad y las pestes. Pero los virus son listos, y mutan, y se fortalecen. Tienen el mismo programa genético nuestro: vive, reprodúcete, crece y multiplícate todo lo que puedas.

Me imagino un escenario apocalíptico, con Ébola, Sars, sida, nuevas cepas de influenza, bacterias resistentes a todos los antibióticos. Habrá histeria colectiva, buscaremos culpables imaginarios: los judíos, los árabes, los ateos, los herejes, los negros. Será terrible y seremos menos. Pero se restablecerá de nuevo un equilibrio. Bajarán los mares, la contaminación, el calentamiento global deshará los pasos y habrá un escalofrío planetario, se escribirán grandes libros de dolor para relatar la muerte de tantas personas amadas. Es un destino humano: presenciar impotentes la muerte de los que queremos. No hemos sido capaces de controlar la población. El hacinamiento, la vida en común con los animales necesarios para alimentar tanta gente: ahí está el pecado y ahí estará el castigo. Los problemas que creamos, engendran ellos mismos la solución, así sea terrible.

Asistimos apenas a los primeros ensayos de lo que podría ser la gran tragedia planetaria: las pestes del siglo 21. Tanto dolor, tantos cerebros muertos. Y no habrá un solo sitio donde poder esconderse para estar a salvo. Es triste, es trágico, tal vez sea inevitable. Los dioses miran lejanos e indiferentes. Que les recen los que creen en ellos. No servirá de nada.