De vuelta a las pistas

Sin importar el estado marital, es obligatorio desempolvarle al cerebro el recuerdo de esos días salvajes cargados de despreocupación, con el rendimiento de cuentas en ceros que traen esos meses de volver al ruedo, a la calle, a la vida social, a las pistas.

Sobre todo porque hay que esquivar la rutina y la monotonía, y buscar otra rutina es encontrar otra aburrida monotonía. La solución a lo cotidiano es un baño de agua helada que se recibe cuando se regresa a las pistas con toda. Sin esperar nada pero encontrando hasta un posible amante. O un simple guayabo. Algo inmaculado aparece, porque todo el mundo está buscando algo: usar o ser usado. Es una pequeña despelucada que no le hace mal sino al que se queda en casa.

Volver a las pistas, a la calle, a la fiesta, al desfogue de alegría y rebelión, es parte de la rehabilitación de esa dependencia a la normalidad del día a día. Al diablo con el aplomo y la certidumbre, hay que irse de la mano de la locura, ya que la razón no pudo, y regalarse unos días, ojalá meses, de insaciable irresponsabilidad.

La primera aproximación al equilibrio demencial no es fácil, exige agallas, pero lentamente se va dando, se comienza con un pequeño salto, una botella extra, dos horas más de trasnocho y ahí, por el ladito, se van juntando los que también están urgidos por esos tres meses de delirio. ¡Ufff! Necesarios. Ojeras de trasnocho por pasarla bueno, en nada se parece a las ojeras de la amargura. Que quede claro.

Lo sano de volver a las pistas es contar con la experiencia del anterior estrellón, con la seguridad de que no importa qué tan fuerte haya sido. Todo estrellón se borra de la cabeza; qué maravilla esta memoria selectiva. Al día siguiente, en el trabajo, el túnel del carpio y el nudo de tanto teclado pasarán inadvertidos porque la mente estará enfocada en tratar de recopilar las horas de laguna. La meta es salir sin saber cuándo se va a volver a casa, coordinando miles de despertadores ubicados en sitios estratégicos alrededor de la cama para cumplir a toda costa con las obligaciones que pagan estos meses de desquite. Volver a las pistas no descarta seguir trabajando.

No hay que temer, eso viene en nuestros genes. Los griegos pasaban los días embelleciendo el cuerpo y el alma a punta de ejercicio y bacanales, y de algo estamos seguros: al alma hay que consentirla con mucha risa y despeluques esporádicos. Si vamos a tener arrugas que sean de la risa, eso es belleza.

El golpe al aterrizar es duro y más de uno querrá seguir revoloteando por las calles en plena madrugada, casi adicto a las pistas, pero siempre habrá un amigo con algo de cordura restante que lo encaminará al trecho sedentario; de la mano de la razón, lo encarrilará de regreso a su día a día, que ya para este momento lo estará necesitando: ver las noticias, acostarse temprano, hacer ejercicio, volver a ver a los amigos, saludar a los padres… sobre todo para cargarse de la energía que con facilidad esparció durante estos meses. El cuerpo indicará cuándo es el momento oportuno para regresar, de nuevo, a las nuevas pistas.

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