Las deliciosas blasfemias del vino

Las bebidas que se elaboran a partir del producto de la vid son tan antiguas como su materia prima.

Muchos amigos cercanos suelen declararse escandalizados ante la mera noción de mezclar el vino con otros ingredientes (líquidos o sólidos). Lo consideran un acto vil contra las buenas costumbres de un enófilo consumado, o, peor aún, una censurable blasfemia.

Pero vale la pena recordar que el consumo de vino puro lleva, relativamente hablando, poco tiempo entre nosotros. En tiempos griegos y romanos, y, más recientemente, en el Medioevo, el hábito de aromatizar el vino con hierbas y frutas no sólo era una costumbre enraizada y bien vista, sino que, muy al contrario de lo que hogaño ocurre, beberlo puro era mal visto, y hasta desagradable. La razón era bien sencilla: los métodos artesanales de elaboración producían brebajes turbios, alcohólicos y de difícil ingestión, lo que obligaba a mejorarlos con distintos tipo de mezclas. Los griegos, incluso, calificaban de impío al bebedor de vino simple.

Me incluyo entre los que veían, con cierto desdén, a quienes ingerían, por ejemplo, vino caliente. Pero sólo fue conocer la cultura de pueblos de climas extremos para entender que esa preparación es venerada por quienes soportan temperaturas bajo cero en los meses de invierno. El glögg, el mulled wine, el vin chaud, el bull shot y el vino caliente son preparaciones tradicionales en muchos países de los hemisferios norte y sur, donde la descarga calórica de una infusión caliente ayuda a apaciguar la sensación de congelamiento.

Ahora, si nos fijamos en el otro fiel de la balanza, aparece un abanico de bebidas frías, elaboradas con vino y desarrolladas para aplacar la sed producida por los calores estivales. Un ejemplo por todos conocido es la inigualable sangría (tinta o blanca), que, desde hace 200 años, ha sido la infusión de rigor de los pueblos ibéricos.

Ni qué hablar de los deliciosos cocteles, con sugestivos nombres, que se elaboran con vinos blancos y tintos en distintos rincones del planeta. O cómo criticar la muy argentina tradición de mezclar el vino con soda en un almuerzo de verano, donde una copa de vino tinto haría sudar hasta el más antitranspirante bebedor.

El listado de deliciosas blasfemias es largo y entretenido, y me gustaría compartir algunos hallazgos que valdría la pena probar en nuestras andanzas por climas fríos o calientes en estas vacaciones.

Debo reconocer, sin embargo (y a riesgo de enfurecer a los tradicionalistas), que comparto plenamente la visión del empresario argentino José Alberto Zuccardi, quien dice que no importa cómo se tome, si, al fin y al cabo, lo que bebemos es vino.

Bebidas frías con vino

Sangría: la clave está en los ingredientes. Sabe mejor si se utiliza un vino joven, de colores y aromas vivaces (yo dejaría los vinos envasados en Tetra Brick para otras ocasiones). Dependiendo del país y las costumbres, la preparación incluye cítricos (como naranja y/o limón), y frutas blancas, como peras, manzanas y duraznos. Hay sangrías blancas y tintas, y se sirven en jarras, con cuchara, para detener el paso de los sólidos, aunque muchos prefieren los trozos en sus vasos. Adicionalmente, se le puede añadir azúcar, así como varias especias dulces como canela, jengibre, clavo de olor y nuez moscada. Y nunca sobran unas dos copas generosas de algún destilado fuerte, como brandy, ron o algún aguardiente no anisado. Para lograr un efecto agradable, es importante que la fruta esté en el punto ideal de maduración. Y también es vital beber la sangría recién preparada para evitar que el alcohol y el azúcar fermenten la fruta fresca. Finalmente, para reducir densidad, es conveniente agregarle agua o soda, y —dependiendo del calor— algunos cubos de hielo.

Spritz: esta preparación se elabora solamente con vino blanco y soda (bien frías), aunque algunos prefieren añadirle algún tipo de licor amargo como Campari. Me lo imagino en una tarde de sol, bajo una palmera, o a la orilla de la piscina.

Vino con soda: los argentinos defienden a capa y espada esta combinación, y se niegan a servirla en copa. Prefieren un vaso alto, con mucho hielo, y una soda de sifón. Funciona mejor con vino tinto que con vino blanco, y es una alternativa ideal para quienes no quieren reemplazar el vino con cerveza o gaseosa.

Clericot: se prepara con vino blanco y la receta tradicional incluye almíbar (puede utilizarse azúcar, pero no es lo mismo). Otros ingredientes incluyen banana, durazno, fresa, manzana y rodajas y jugo de naranja. La chispa se la da un toque de Triple Sec. Se recomienda dejar pasar un período de 15 a 20 minutos antes de consumir para asegurar la mezcla adecuada de los componentes.

Bebidas calientes con vino

En su mayoría, los vinos calientes se parecen entre sí. Se les bebe en las frías noches de invierno y, en el caso de España, en la noche de Navidad.

Glögg: es un vino caliente y especiado. Los principales ingredientes son vino tinto, almíbar, canela, cardamomo, clavo de olor y, en algunas ocasiones, brandy o vodka. Se acompaña con galletas de jengibre y se ofrece para entrar en calor.

Mulled wine: es un ponche caliente con vino.

Vin chaud: en francés, significa ‘vino tinto caliente’, aromatizado con especias dulces, como clavo de olor y canela. Es típico de Alemania, norte de Francia, Suiza, Austria, Bélgica, Polonia, Luxemburgo y los Países Bajos.

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